Yo tenía 5 y tú 6
Y saltaba en los charcos y llenaba botes de mermelada con agua de playa mientras me alimentaba de cuentos y castillos de arena mojada.
Tú me decías que el mundo se acababa en la línea del horizonte, donde los barcos desaparecían y las gaviotas volaban y, claro está, yo te creía, te miraba embobada, pues adoraba tu risa y tu mirada serena
Siempre me decías, que al morir, viviríamos en una estrella.
Llegaste en enero, te fuiste en abril.
Habrían de pasar siete años más para saber de ti.
Yo tenía 12 y tu 13
Yo seguía viendo duendes y hadas tras los recodos, pero tú me mirabas ausente, con expresión de incordio.
Si me besaste, si te besé, si deseaste hacerlo o reprimiste un “tal vez”, no me di cuenta. No más de cien.
Sufría la intensidad del amor, como solo la sufren los adolescentes, lleno de pasión y vacío de mente.
Anhelante como el hambre pero tenso como la cuerda de un violín.
Habrían de pasar otros siete años para volver a saber de ti.
Yo tenía 19 y tú 20
Fui a esperar tu tren y creo que entonces me viste por primera vez. Como si antes no hubiera existido, como si hubieras olvidado los juegos compartidos. Pero tus ojos eran de gato, de soldado experimentado, me dijiste que no me recordabas, pero sentí que tus manos temblorosas te habían delatado. Si me besaste, si te besé, no recuerdo cuántas fueron, quizás más de cien.
Te sentí con la misma intensidad que el viento del sur. Ese que llegaba cargado de canciones extrañas, de aromas exóticos, que venía de improviso para dejarte olor a mar, pero desaparece empujado por el frío invernal.
Me quisiste o tal vez no. Me extrañaste o tal vez no. Me encadené a mi corazón como la flor a su jardín.
Pero habrían de pasar diez años más para volver a saber de ti.
Yo tenía 30, tú 31.
Te casaste, me casé y me recordaste aquella estrofa que alguna vez te canté: ¿Qué será de nosotros, cuando nos vayamos y otros ocupen nuestro lugar?
No entendías que todavía creyera en la magia, en los bosques encantados, que creyera que tú y yo nos habíamos estado esperando.
Con la traición de los amantes condenados, con el sigilo del ladrón escarmentado, nos unimos en un temor a despertar sin haber soñado. Con el reloj de nuestras horas miserablemente hibernado.
Si te supliqué, si me suplicaste por última vez, no lo recuerdo. No más de cien.
Seguiste tu camino hacia la rutina, hacia la última página del libro, la que dice FIN.
Habrían de pasar otros diez años, para volver a saber de ti.
Yo tenía 40 y tú 41
Soñamos nuestros sueños a través de nuestros hijos. Los amamos, los quisimos con la esperanza de pervivir en ellos. La cautela reemplazó nuestra pasión inicial, la que nos decía que todavía había marcha atrás, la que susurraba todavía hay tiempo, y con la mirada resabida de los que se creen perfectos, mitigamos nuestro dolor en la alegría del reencuentro.
Si te acordaste de mí, si me acordé de ti, no lo recordé bien.
No más de cien.
Con la angustia del desertor, o el miedo del vencido, nos separamos de nuevo, con nuestro orgullo herido.
Usamos la sonrisa forzada de comodín.
Y dejé transcurrir 20 años más para volver a saber de ti.
Yo tenía 60 y tú 61
Nos pesaba la vida cargada de sueños incumplidos, de deseos frustrados y un amor prohibido. Me reí, te reíste, lloré, lloraste.
Nos mirábamos sin entender los límites de nuestro abandono, el que nos hizo amarnos sin comprometernos a fondo sin entender que nuestro amor no fue una casualidad, que nos dejamos vencer por la desidia y la comodidad. Que dejamos un barco a la deriva, que ya nunca llegará a puerto, pues se perdió entre la bruma del mediodía, cansado y hambriento.
Nos miramos con la pena de quién pierde un ser querido, sin haberse despedido, sin haberse confesado. Con el ancla como un lastre a mis pies anudado.
No sé si te convencí.
Pero habrían de pasar otros 20 años para volver a saber de ti.
Yo tenía 80 y tu 81
Fue por una carta, una que me mandaste. Te lamentabas de lo pasado y lo que no me contaste. Que fue el miedo a tener lo que se pudiera perder, la debilidad de querer lo que puede desaparecer. Y ahora que parece que el tiempo se ha perdido, lloras por las lágrimas que debiste haber vertido.
Pero antes de que no puedas leer lo que te he escrito, me estoy riendo por la evidencia de lo que tú nunca has visto.
Tan simple es la realidad, que solo los niños la pueden contemplar. Los que llenan botes de mermelada con agua del mar y mojan su botas en los charcos recién formados.
Los que sueñan con vivir en estrellas y viajar sin descansar.
¿Es que no lo ves?
Ahora tenemos toda la eternidad…
Escrito por mi compañera Mallory Knox.
lunes, 26 de octubre de 2009
sábado, 17 de octubre de 2009
Conversation with mrs. Seussicide
Cuando entré, me limité a sentarme frente a ella. Esa terrible dualidad, estoy sentado frente a ella, pero en realidad no estoy aquí en absoluto.
Lo primero, las típicas preguntas rutinarias:
-¿Crees en el amor, Andrés?
El amor es para la gente real.
-Tú pareces real.
Odio a la gente real.
En realidad he venido por esto, le digo. Y me destapo el pecho y la barriga, dejando ver las largas cicatrices y las heridas a medio curar.
-¿Y por qué lo haces?
La automutilación libera endorfinas. Las endorfinas calman el dolor; es como un orgasmo. Me hago daño para olvidar que me estoy haciendo daño, le digo. Ya sabe, esa terrible dualidad.
-El sexo y la masturbación también liberan endorfinas.
Y yo me bajo los pantalones y le enseño lo que no tengo. Me lo corté a los quince años, le digo. Pero seguimos siendo hombres.
-¿Seguimos?
Sí, ya sabe. Esa terrible dualidad.
Sigue apuntando cosas en su libretita y veo que subraya algo. Luego pregunta:
-¿De qué trabajas?
No trabajo. Y dejé los estudios a los quince años.
-¿Para qué?
Para reírme de mí mismo, supongo.
-¿De ti mismo?
Sí, ya sabe. Esa terrible dualidad. Además, prefiero no tener nada.
-¿Por qué?
Por miedo a perderlo, supongo.
-Oh, vaya...
Y entonces me doy cuenta de que esta tía es una principiante sin idea de nada. Ni siquiera puede entender que yo y yo mismo seamos personas distintas.
-¿Y su familia?
Pienso en el viejo muerto, y en la vieja, que ahora está con ese tal sr. X. Sí, mucha preocupación por mí, pero bien sabe que cuando yo falte -y no es que me quede mucho- ella podrá fornicar a gusto con el sr. X. Ya le he dicho que papá no se merece esto, pero ella ni caso.
Incluso el día de mi entierro echarían un casquete de celebración. Al llegar de mi entierro, se sentarían en el sofá del salón y mirarían las fotos que hay en la estantería junto a él.
Ella le diría, con lágrimas en la cara: "Mira, en esta foto sale con su padre pescando".
Y él le tocaría las tetas.
Ella le diría, ya dejando de llorar: "Mira, en esta tenía seis años, y estaba aprendiendo a montar en bici con su padre".
Y él le tocaría el coño.
Ella le diría, algo ruborizada: "En esta cumplió los dieciséis, y vino a su cumpleaños su primera novia".
Y él le metería el dedo en el coño.
Y entonces mi espíritu y el de papá caerían al suelo, rompiéndonos en trozos de cristal, mientras ellos dos dan vueltas en el sofá y la habitación se llena de gemidos.
Por supuesto eso no se lo digo.
Le digo, la familia bien.
Y ella me dice que ya se nos ha acabado el tiempo.
Me extiende una receta médica y me dice que eso me ayudará a descubrirme a mí mismo.
Salgo de la habitación, decepcionado, pues no me ha ayudado en nada, y miro la hoja y veo que pone Dietilamina de ácido lisérgico 350 µg.
Y pienso, así de fácil es la psicología.
Lo primero, las típicas preguntas rutinarias:
-¿Crees en el amor, Andrés?
El amor es para la gente real.
-Tú pareces real.
Odio a la gente real.
En realidad he venido por esto, le digo. Y me destapo el pecho y la barriga, dejando ver las largas cicatrices y las heridas a medio curar.
-¿Y por qué lo haces?
La automutilación libera endorfinas. Las endorfinas calman el dolor; es como un orgasmo. Me hago daño para olvidar que me estoy haciendo daño, le digo. Ya sabe, esa terrible dualidad.
-El sexo y la masturbación también liberan endorfinas.
Y yo me bajo los pantalones y le enseño lo que no tengo. Me lo corté a los quince años, le digo. Pero seguimos siendo hombres.
-¿Seguimos?
Sí, ya sabe. Esa terrible dualidad.
Sigue apuntando cosas en su libretita y veo que subraya algo. Luego pregunta:
-¿De qué trabajas?
No trabajo. Y dejé los estudios a los quince años.
-¿Para qué?
Para reírme de mí mismo, supongo.
-¿De ti mismo?
Sí, ya sabe. Esa terrible dualidad. Además, prefiero no tener nada.
-¿Por qué?
Por miedo a perderlo, supongo.
-Oh, vaya...
Y entonces me doy cuenta de que esta tía es una principiante sin idea de nada. Ni siquiera puede entender que yo y yo mismo seamos personas distintas.
-¿Y su familia?
Pienso en el viejo muerto, y en la vieja, que ahora está con ese tal sr. X. Sí, mucha preocupación por mí, pero bien sabe que cuando yo falte -y no es que me quede mucho- ella podrá fornicar a gusto con el sr. X. Ya le he dicho que papá no se merece esto, pero ella ni caso.
Incluso el día de mi entierro echarían un casquete de celebración. Al llegar de mi entierro, se sentarían en el sofá del salón y mirarían las fotos que hay en la estantería junto a él.
Ella le diría, con lágrimas en la cara: "Mira, en esta foto sale con su padre pescando".
Y él le tocaría las tetas.
Ella le diría, ya dejando de llorar: "Mira, en esta tenía seis años, y estaba aprendiendo a montar en bici con su padre".
Y él le tocaría el coño.
Ella le diría, algo ruborizada: "En esta cumplió los dieciséis, y vino a su cumpleaños su primera novia".
Y él le metería el dedo en el coño.
Y entonces mi espíritu y el de papá caerían al suelo, rompiéndonos en trozos de cristal, mientras ellos dos dan vueltas en el sofá y la habitación se llena de gemidos.
Por supuesto eso no se lo digo.
Le digo, la familia bien.
Y ella me dice que ya se nos ha acabado el tiempo.
Me extiende una receta médica y me dice que eso me ayudará a descubrirme a mí mismo.
Salgo de la habitación, decepcionado, pues no me ha ayudado en nada, y miro la hoja y veo que pone Dietilamina de ácido lisérgico 350 µg.
Y pienso, así de fácil es la psicología.
lunes, 12 de octubre de 2009
La historia de la foto
Esta es la historia de una foto.
Porque, cada uno de las cosas de este mundo, puede contarnos una historia, si es que la sabemos escuchar. Como el peluche abandonado por el niño el día de los Reyes porque tiene juguetes mejores. Si lo miramos muy de cerca, se nos antoja parecido a ese animal herido que se esconde entre nieblas de alcohol porque su mujer lo ha abandonado por su mejor amigo. Por analogía, incluso podríamos decir que ese peluche, ahora destartalado y roto, tiene la mirada de un perro abandonado. Esa mirada desarraigada y vacía que parece preguntar por qué, una y otra vez, como si la respuesta se le escapase. Quedaos bien con la imagen, porque siempre es la misma. Sólo hay que saber aplicar la perspectiva.
Bien. Imaginemos ahora una casa victoriana en las afueras de la ciudad de Londres. Imaginemos un porche de madera, mojado cuando llueve, y adornado con un árbol, luces, y adornos en Navidad. Imaginemos el coche aparcado en el garage, y la forma en la que se dislumbra la hogera desde fuera de la casa, y la sombra de sus habitantes salpicada sobre la ventana. Todo tiene buen aspecto. Cálido, familiar, afable, cariñoso, feliz. Una casa agradable con una familia feliz; quedaos bien con la imagen, porque siempre es la misma.
Imaginémonos ahora a un chaval con muletas, al que su jefe le está preguntándo cómo ha sido capaz de darle ese aspecto tan atrozmente real a la imagen CasaRota.jpg. Porque todas las cosas importantes tienen nombre en esta vida. Imaginémonos al jefe preguntándo qué ha usado cómo sangre para darle ese efecto realista. Imaginémonos al chaval con una sonrisa sarcástica preguntando ¿efecto realista?
Imaginémonos al chaval con la misma sonrisa cruel y burlona, ahora salpicada de sangre, huyendo de su casa con un ojo morado, la nariz rota, y unos cuantos efectos personales: algo de dinero, algo de ropa, y una cámara de fotos; mientras su padre corre detrás gritando que vuelva, que aún no ha acabado con él. Imaginémonos la misma casa, de aspecto majestuoso, contento e inmune, mientras el mundo se derrumba a su alrededor. Porque siempre es lo mismo; lo llevemos donde lo llevemos, siempre es la misma imagen: la casa cálida y acogedora por fuera, pero deprimida y destrozada por dentro. E imaginémonos ahora al chaval, respondiendo a las preguntas de su jefe que el truco para saber aplicar la perspectiva consiste en mirar más allá de la fachada de las cosas.
Demos un salto en el tiempo e imaginémos al chaval, viviendo en una pensión de alquiler de Londres. Le llevó una hora conseguir subir hasta el piso catorce, y aldededor de quince minutos para echar abajo la puerta. Imaginémonos un colchón sucio y apestoso al lado de un charco de pis, por donde pululan un montón de moscas. Imaginémonos el olor de la habitación; como si alguien hubiese muerto; y al chaval instalándose en ella.
Imaginemos el hobby del chaval. Imaginémoslo llevándolo a cabo cada vez que el pie se le curaba lo bastante. No es lo que un psicólogo aconseja, pero funciona. Porque la mejor forma de olvidar es sepultarte a ti mismo en los detalles.
Imaginemos al chaval pegando las puertas a las paredes. Pegando las paredes a los cimientos, y juntanto los pedacitos de la chimenea. Colgando los canalones. Hasta el más mínimo detalle con una exactitud y precisión matemática. Colgando las persianas, colocando las buhardillas. Pegando una enredadera de hiedra en un costado de la chimenea con las manos y las manos de los dedos pegados entre hilos de pegamento. Pegando la diminuta esterilla de la entrada. Colgando las lucecitas fuera, poniendo el buzón al lado de la puerta, y las diminutas botellitas de leche minúsculas en el porche. Mientras inhala el olor a pegamento, está terminado el jardín; sembrando la hierba, plantando árboles y poniendo el periodiquito doblado justo en la entrada.
Imaginémonos al chaval poniéndo las pilas en su sitio, y observando como las ventanas se iluminaban. Dejando la casa en el suelo de su desnuda habitación, apagando la luz y cerrando las ventanas. Y vista así, la casa, tiene un aspecto perfecto. Perfecto, seguro y feliz. Una bonita casa victoriana, con su familia en su interior. La luz sale por las ventanitas iluminando la hierba y los árboles, y las cortillas brillan, amarillas, en el cuarto del niño. Azules en el dormitorio de los padres. Imaginad todo lo que se puede hacer limitándose a juntar las piezas: los ladrillos rojos, la madera, el plástico y el cristal.
Imaginémonos al chaval llorando frente a la casa. Luego se quita el zapato y da un fuerte pisotón con el pie descalzo. Da un pisotón bien fuerte y luego otro. Sin importar cuándo le duelan el cristal, la madera y el plástico duro. Sigue y sigue pisando aunque la vista se le nuble y la mente se le desvanezca. Sigue y sigue pisando aunque el charco de su sangre se junte con el de orina. Y entonces, agarra las muletas, y va a por la cámara. A partir de ahí, sólo es cuestión de aplicar la perspectiva.
Imaginad, imaginad; y aplicad la perspectiva de la historia de la foto en otros objetos. Porque cada objeto en esta vida, hasta el más nimio, puede contar sus historias: desgarradoras, felices, asfixiantes y enfurecedoras. Y yo sólo os doy las piezas, vosotros tenéis que montar el puzzle. Imaginad todo lo que podéis conseguir.
Porque, cada uno de las cosas de este mundo, puede contarnos una historia, si es que la sabemos escuchar. Como el peluche abandonado por el niño el día de los Reyes porque tiene juguetes mejores. Si lo miramos muy de cerca, se nos antoja parecido a ese animal herido que se esconde entre nieblas de alcohol porque su mujer lo ha abandonado por su mejor amigo. Por analogía, incluso podríamos decir que ese peluche, ahora destartalado y roto, tiene la mirada de un perro abandonado. Esa mirada desarraigada y vacía que parece preguntar por qué, una y otra vez, como si la respuesta se le escapase. Quedaos bien con la imagen, porque siempre es la misma. Sólo hay que saber aplicar la perspectiva.
Bien. Imaginemos ahora una casa victoriana en las afueras de la ciudad de Londres. Imaginemos un porche de madera, mojado cuando llueve, y adornado con un árbol, luces, y adornos en Navidad. Imaginemos el coche aparcado en el garage, y la forma en la que se dislumbra la hogera desde fuera de la casa, y la sombra de sus habitantes salpicada sobre la ventana. Todo tiene buen aspecto. Cálido, familiar, afable, cariñoso, feliz. Una casa agradable con una familia feliz; quedaos bien con la imagen, porque siempre es la misma.
Imaginémonos ahora a un chaval con muletas, al que su jefe le está preguntándo cómo ha sido capaz de darle ese aspecto tan atrozmente real a la imagen CasaRota.jpg. Porque todas las cosas importantes tienen nombre en esta vida. Imaginémonos al jefe preguntándo qué ha usado cómo sangre para darle ese efecto realista. Imaginémonos al chaval con una sonrisa sarcástica preguntando ¿efecto realista?
Imaginémonos al chaval con la misma sonrisa cruel y burlona, ahora salpicada de sangre, huyendo de su casa con un ojo morado, la nariz rota, y unos cuantos efectos personales: algo de dinero, algo de ropa, y una cámara de fotos; mientras su padre corre detrás gritando que vuelva, que aún no ha acabado con él. Imaginémonos la misma casa, de aspecto majestuoso, contento e inmune, mientras el mundo se derrumba a su alrededor. Porque siempre es lo mismo; lo llevemos donde lo llevemos, siempre es la misma imagen: la casa cálida y acogedora por fuera, pero deprimida y destrozada por dentro. E imaginémonos ahora al chaval, respondiendo a las preguntas de su jefe que el truco para saber aplicar la perspectiva consiste en mirar más allá de la fachada de las cosas.
Demos un salto en el tiempo e imaginémos al chaval, viviendo en una pensión de alquiler de Londres. Le llevó una hora conseguir subir hasta el piso catorce, y aldededor de quince minutos para echar abajo la puerta. Imaginémonos un colchón sucio y apestoso al lado de un charco de pis, por donde pululan un montón de moscas. Imaginémonos el olor de la habitación; como si alguien hubiese muerto; y al chaval instalándose en ella.
Imaginemos el hobby del chaval. Imaginémoslo llevándolo a cabo cada vez que el pie se le curaba lo bastante. No es lo que un psicólogo aconseja, pero funciona. Porque la mejor forma de olvidar es sepultarte a ti mismo en los detalles.
Imaginemos al chaval pegando las puertas a las paredes. Pegando las paredes a los cimientos, y juntanto los pedacitos de la chimenea. Colgando los canalones. Hasta el más mínimo detalle con una exactitud y precisión matemática. Colgando las persianas, colocando las buhardillas. Pegando una enredadera de hiedra en un costado de la chimenea con las manos y las manos de los dedos pegados entre hilos de pegamento. Pegando la diminuta esterilla de la entrada. Colgando las lucecitas fuera, poniendo el buzón al lado de la puerta, y las diminutas botellitas de leche minúsculas en el porche. Mientras inhala el olor a pegamento, está terminado el jardín; sembrando la hierba, plantando árboles y poniendo el periodiquito doblado justo en la entrada.
Imaginémonos al chaval poniéndo las pilas en su sitio, y observando como las ventanas se iluminaban. Dejando la casa en el suelo de su desnuda habitación, apagando la luz y cerrando las ventanas. Y vista así, la casa, tiene un aspecto perfecto. Perfecto, seguro y feliz. Una bonita casa victoriana, con su familia en su interior. La luz sale por las ventanitas iluminando la hierba y los árboles, y las cortillas brillan, amarillas, en el cuarto del niño. Azules en el dormitorio de los padres. Imaginad todo lo que se puede hacer limitándose a juntar las piezas: los ladrillos rojos, la madera, el plástico y el cristal.
Imaginémonos al chaval llorando frente a la casa. Luego se quita el zapato y da un fuerte pisotón con el pie descalzo. Da un pisotón bien fuerte y luego otro. Sin importar cuándo le duelan el cristal, la madera y el plástico duro. Sigue y sigue pisando aunque la vista se le nuble y la mente se le desvanezca. Sigue y sigue pisando aunque el charco de su sangre se junte con el de orina. Y entonces, agarra las muletas, y va a por la cámara. A partir de ahí, sólo es cuestión de aplicar la perspectiva.
Imaginad, imaginad; y aplicad la perspectiva de la historia de la foto en otros objetos. Porque cada objeto en esta vida, hasta el más nimio, puede contar sus historias: desgarradoras, felices, asfixiantes y enfurecedoras. Y yo sólo os doy las piezas, vosotros tenéis que montar el puzzle. Imaginad todo lo que podéis conseguir.
domingo, 4 de octubre de 2009
Rebelión no es la palabra adecuada
Ese maldito disléxico de Einstein tenía toda la razón cuando afirmaba que el tiempo es relativo al observador. Cuando miras de frente el cañon de la pistola que sostiene la persona que te ama, el tiempo se comprime y tu vida pasa ante tus ojos. Justo en ese instante puedes meter tu vida en un segundo. Cuando uno oye hablar de un segundo puede imaginar algo fugaz, nunca nada eterno como el horizonte.
Es entonces cuando hago inventario de mi vida. Tu pasado suele tener la fea costumbre de sorprenderte cuando menos te lo esperas. Oyes ecos perdidos por todas partes como en una cinta estropeada. Un destello de ojos y ella aprieta la pistola contra tu mentón. Y mientras tu primer beso pasa ante tus ojos, sólo eres capaz de balbucear que qué hace. Qué haces, le dices.
O al menos eso es lo que yo imagino. Yo estoy en el otro lado de sus ojos y empuño el arma contra su barbilla. El cañón le oprime con la suficiente fuerza como para que se la zona de alrededor se le ponga rojiza.
Le digo que el cuento de la bella durmiente lleva toda la vida siendo malinterpretado, el príncipe no la besó para despertarla; alguien que ya lleva durmiendo cien años no puede despertar. Fue al revés: el príncipe la besó para despertarse de la pesadilla que le había llevado hasta ella.
-¿Y eso qué significa?, dice él.
Significa que yo soy tu bella durmiente, y que, de una manera u otra, estoy aquí para despertarte de tu pesadilla.
-Pero si disparas me matarás, dice él, entre casi sollozos. Sus ojos profundos reducidos a un espejo opaco que refleja parte de su incredulidad y desconcierto.
Yo le sigo que sí, que tal vez. Pero que a las personas a las que amas se les pueden hacer cosas peores que matarlas. Puedes dejar que que los maten ellos. Lo normal es quedarse sentado esperando a que el mundo lo haga por ti. Solamente tienes que leer el periódico. Aún así matar es sólo una palabra. Como amor. Amor es sólo una palabra; lo que importa es la conexión que implica. Así pues, tal vez no te mate. Tal vez te libere.
Él me dice que no, que me equivoco. Que las pistolas matan.
Y yo le contesto que las armas sólo limitan el disparo en una sola dirección. Que las personas disparan; matan, no las pistolas.
-En realidad en dos direcciones. Al igual que la bala atraviesa la carne de la víctima, hace añicos igualmente la imagen de la persona que aprieta el gatillo. Te has quedado fuera, cariño. No lo hagas, podemos hablar, me dice, en un tono lastimero más propio de un fantasma que de un hombre.
No lo entiendes, le digo. Nadie lo entiende. Hasta el viejo Orwell lo entendió todo del revés. El Gran Hermano no te está mirando, está ocupado en reclamar tu atención en cada momento que pasas despierto. En asegurarse de que siempre estás distraido. En asegurarse de que se marchite tu imaginación. Porque, es más fácil atiborrar a un pueblo de cosas que no necesitan que dominarlo físicamente. Ya nadie es dueño de su mente. Concentrarse y pensar es imposible. Somos esclavos, cariño. Esclavos en una prisión que no podemos saborear, ver, oler, tocar ni oír. Somos esclavos de nuestra mente.
Y él nada. Sólo sollozos. Como si un acto de servidumbre pudiese compensar todos estos años de despotismo. Porque sí, también lo hago por mí. El amor tiene un límite, un límite que a veces es superado por la forma de control masculina. Te odio porque te quiero.
La pistola ahora le comprime desde la frente. El círculo de la barbilla está morado, pero la zona de alrededor va recobrando el color natural.
Y él nada. Sólo sollozos.
Imagina que la persona a la que quieres va por la noche, cuando todos han salido, a tu oficina y te apunta con un arma a la cabeza. Imagina que la persona que se supone que vive para servirte amenaza con volarte la cabeza. Así se debió de sentir Dios con Nietzsche. Dominio no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la cabeza.
Pero no nos engañemos. Le amo. Pero quiero ser libre. De él y de la sociedad.
Y él nada. Sólo sollozos.
Esa forma de ser alimentado es peor que ser observado, continuo. Las drogas, el divorcio, la televisión, la música, los libros, las enfermedades, el conformismo. Todas esas bonitas distracciones. Hay cosas peores que matar a las personas que amas. Puedes ver cómo los mata el mundo. Puedes ver cómo tu mujer envejece y se aburre. Puedes ver a tus hijos crecer y descubrir todas esas cosas de las que intentabas salvarlos, le digo.
Le pregunto si es esto lo que él esperaba tener como prototipo de vida perfecta.
No lo sé, me dice.
Le digo que debió haber supuesto que algún día moriría y que entonces todo su esfuerzo valdría cero. Toda esa esclavitud laboral para comprar cosas materiales que no necesitábamos se va por el retrete cuando mueres. Porque, ¿qué te queda? El residuo de una buena conciencia por haber sido un buen ciudadano, ya está. He muerto, pensarías, pero me queda la conciencia de saber que compré una casa y dos coches.
Vaya estupidez.
Y él nada. Sólo sollozos.
Así que disparo. Cierro los ojos y disparo. El retroceso del arma me hace daño en la muñeca.
Y él nada. Sólo cae por la ventana.
La paz de todos esos esclavos laborales que deberían estar volviendo a casa para continuar con su rutina con la tranquilidad de las vacas indias se ve turbada cuando choca contra el suelo. Supón que la vida pasada es algo así como un espejo que se ha roto. Intentas reconstruirla y llevar a cabo tus ilusiones, pero te cortas, y entonces ves reflejado en lo que te has convertido. Recuerdas todos aquellos sueños de tu infancia de ser astronauta, o estrella del rock, o futbolista deplazados por un oficinista rutinario y aburrido de traje y corbata a cuadros. Y, sencillamente, te hundes. Así es como se deben de sentir ellos. Así es como me sentí yo.
Porque, hay un momento que el futuro deja de ser alentador para convertirse en desmoralizador. Someterse no es la palabra adecuada, pero es la primera que me viene a la mente.
Y él, ese cuerpo ahí abajo, es lo que más quería en el mundo. No nos engañemos, lo quería y lo sigo queriendo. Pero su cuerpo muerto, tirado entre la multitud que forma un círculo a su alrededor, ha perdido toda humanidad. Ahora sólo es un cuerpo con traje y corbata.
Muy apropiado, porque alrededor sólo hay cuerpos con trajes y corbatas. No hay personas vivas en sus interiores. De hecho, cuando se paren sus corazones sólo será un mero formalismo, pues murieron hace ya tiempo junto con sus futuros.
Pero él ya es libre. La persona que quiero ya es libre. Ahora me toca a mí.
Cuando Dios creó el mundo, lo creó redondo para que no pudiesemos ver el final de nuestro camino. Pero yo sí puedo ver el final de mi camino, está ahí, contra el pavimento; mi mundo ahora es vertical.
Durante un instante, perdida en el aire frío, sentí la libertad y la perfección en cada uno de mis poros. Después se acabó, en el borde del final de mi camino.
Pero por ese instante de perfección y liberación todo había merecido la pena.
Es entonces cuando hago inventario de mi vida. Tu pasado suele tener la fea costumbre de sorprenderte cuando menos te lo esperas. Oyes ecos perdidos por todas partes como en una cinta estropeada. Un destello de ojos y ella aprieta la pistola contra tu mentón. Y mientras tu primer beso pasa ante tus ojos, sólo eres capaz de balbucear que qué hace. Qué haces, le dices.
O al menos eso es lo que yo imagino. Yo estoy en el otro lado de sus ojos y empuño el arma contra su barbilla. El cañón le oprime con la suficiente fuerza como para que se la zona de alrededor se le ponga rojiza.
Le digo que el cuento de la bella durmiente lleva toda la vida siendo malinterpretado, el príncipe no la besó para despertarla; alguien que ya lleva durmiendo cien años no puede despertar. Fue al revés: el príncipe la besó para despertarse de la pesadilla que le había llevado hasta ella.
-¿Y eso qué significa?, dice él.
Significa que yo soy tu bella durmiente, y que, de una manera u otra, estoy aquí para despertarte de tu pesadilla.
-Pero si disparas me matarás, dice él, entre casi sollozos. Sus ojos profundos reducidos a un espejo opaco que refleja parte de su incredulidad y desconcierto.
Yo le sigo que sí, que tal vez. Pero que a las personas a las que amas se les pueden hacer cosas peores que matarlas. Puedes dejar que que los maten ellos. Lo normal es quedarse sentado esperando a que el mundo lo haga por ti. Solamente tienes que leer el periódico. Aún así matar es sólo una palabra. Como amor. Amor es sólo una palabra; lo que importa es la conexión que implica. Así pues, tal vez no te mate. Tal vez te libere.
Él me dice que no, que me equivoco. Que las pistolas matan.
Y yo le contesto que las armas sólo limitan el disparo en una sola dirección. Que las personas disparan; matan, no las pistolas.
-En realidad en dos direcciones. Al igual que la bala atraviesa la carne de la víctima, hace añicos igualmente la imagen de la persona que aprieta el gatillo. Te has quedado fuera, cariño. No lo hagas, podemos hablar, me dice, en un tono lastimero más propio de un fantasma que de un hombre.
No lo entiendes, le digo. Nadie lo entiende. Hasta el viejo Orwell lo entendió todo del revés. El Gran Hermano no te está mirando, está ocupado en reclamar tu atención en cada momento que pasas despierto. En asegurarse de que siempre estás distraido. En asegurarse de que se marchite tu imaginación. Porque, es más fácil atiborrar a un pueblo de cosas que no necesitan que dominarlo físicamente. Ya nadie es dueño de su mente. Concentrarse y pensar es imposible. Somos esclavos, cariño. Esclavos en una prisión que no podemos saborear, ver, oler, tocar ni oír. Somos esclavos de nuestra mente.
Y él nada. Sólo sollozos. Como si un acto de servidumbre pudiese compensar todos estos años de despotismo. Porque sí, también lo hago por mí. El amor tiene un límite, un límite que a veces es superado por la forma de control masculina. Te odio porque te quiero.
La pistola ahora le comprime desde la frente. El círculo de la barbilla está morado, pero la zona de alrededor va recobrando el color natural.
Y él nada. Sólo sollozos.
Imagina que la persona a la que quieres va por la noche, cuando todos han salido, a tu oficina y te apunta con un arma a la cabeza. Imagina que la persona que se supone que vive para servirte amenaza con volarte la cabeza. Así se debió de sentir Dios con Nietzsche. Dominio no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la cabeza.
Pero no nos engañemos. Le amo. Pero quiero ser libre. De él y de la sociedad.
Y él nada. Sólo sollozos.
Esa forma de ser alimentado es peor que ser observado, continuo. Las drogas, el divorcio, la televisión, la música, los libros, las enfermedades, el conformismo. Todas esas bonitas distracciones. Hay cosas peores que matar a las personas que amas. Puedes ver cómo los mata el mundo. Puedes ver cómo tu mujer envejece y se aburre. Puedes ver a tus hijos crecer y descubrir todas esas cosas de las que intentabas salvarlos, le digo.
Le pregunto si es esto lo que él esperaba tener como prototipo de vida perfecta.
No lo sé, me dice.
Le digo que debió haber supuesto que algún día moriría y que entonces todo su esfuerzo valdría cero. Toda esa esclavitud laboral para comprar cosas materiales que no necesitábamos se va por el retrete cuando mueres. Porque, ¿qué te queda? El residuo de una buena conciencia por haber sido un buen ciudadano, ya está. He muerto, pensarías, pero me queda la conciencia de saber que compré una casa y dos coches.
Vaya estupidez.
Y él nada. Sólo sollozos.
Así que disparo. Cierro los ojos y disparo. El retroceso del arma me hace daño en la muñeca.
Y él nada. Sólo cae por la ventana.
La paz de todos esos esclavos laborales que deberían estar volviendo a casa para continuar con su rutina con la tranquilidad de las vacas indias se ve turbada cuando choca contra el suelo. Supón que la vida pasada es algo así como un espejo que se ha roto. Intentas reconstruirla y llevar a cabo tus ilusiones, pero te cortas, y entonces ves reflejado en lo que te has convertido. Recuerdas todos aquellos sueños de tu infancia de ser astronauta, o estrella del rock, o futbolista deplazados por un oficinista rutinario y aburrido de traje y corbata a cuadros. Y, sencillamente, te hundes. Así es como se deben de sentir ellos. Así es como me sentí yo.
Porque, hay un momento que el futuro deja de ser alentador para convertirse en desmoralizador. Someterse no es la palabra adecuada, pero es la primera que me viene a la mente.
Y él, ese cuerpo ahí abajo, es lo que más quería en el mundo. No nos engañemos, lo quería y lo sigo queriendo. Pero su cuerpo muerto, tirado entre la multitud que forma un círculo a su alrededor, ha perdido toda humanidad. Ahora sólo es un cuerpo con traje y corbata.
Muy apropiado, porque alrededor sólo hay cuerpos con trajes y corbatas. No hay personas vivas en sus interiores. De hecho, cuando se paren sus corazones sólo será un mero formalismo, pues murieron hace ya tiempo junto con sus futuros.
Pero él ya es libre. La persona que quiero ya es libre. Ahora me toca a mí.
Cuando Dios creó el mundo, lo creó redondo para que no pudiesemos ver el final de nuestro camino. Pero yo sí puedo ver el final de mi camino, está ahí, contra el pavimento; mi mundo ahora es vertical.
Durante un instante, perdida en el aire frío, sentí la libertad y la perfección en cada uno de mis poros. Después se acabó, en el borde del final de mi camino.
Pero por ese instante de perfección y liberación todo había merecido la pena.
sábado, 26 de septiembre de 2009
Venta de almas
18:29 PM. Grandes almacenes, sección de almas.
-Hola, señorita, ¿puede atenderme?
-Claro, ¿qué desea?
-Pues mira, estoy buscando un alma nueva, que por lo que parece la mía antigua se ha evacuado de mi cuerpo. Ha desaparecido completamente.
-Oiga, pues es raro, ¿cómo se dio cuenta de que ya no tenía alma?
-Pues hace unos días, que estaba tumbado en la cama. Y ya sabe, estamos en Septiembre y aún no hace frío, pero yo estaba helado. Me tapé con dos mantas y puse la calefacción a tope y aún seguía congelado. Además sentía como si algo se hubiese quebrado en mi interior, como si me faltase un pedazo o algo. Comprobé que tenía todos los dedos de las manos y de los pies, y entonces caí, y me dije "Oye, pues va a ser el alma".
-Es extraño, caballero. Normalmente las almas no se van así porque sí, algo muy malo habrá pasado. Normalmente se rompen y se quiebran, pero luego se pegan con el tiempo con el pegamento de la insensibilización. ¿Cuándo empezó usted a sentirse roto por dentro?
-Pues mira, fue el pasado domingo. Lo que pasa es que maté a hostias a mi mujer, ¿sabe? Le empecé a golpear con el puño en la cara hasta reducirla a una masa sanguinolenta, y creo que por eso se ha ido. Porque mi alma era de esas antiguas, ¿sabe?, no es de última generación, así que creo que no pudo soportarlo.
-Oh, vaya. Es lo que pasa, que los asesinatos pasionales van muy mal para las almas antiguas. ¿Me deja ver el hueco que ha dejado su alma, señor? Necesito examinarlo para ver qué almas irían bien con usted.
-Ah, claro, sí. Mire, está aquí, ¿lo ve? Junto al corazón.
-Vaya, vaya. Lamento comunicarle que está usted condenado, así que le tendré que dar almas que también que estén condenadas. Y es una pena, porque el pasado domingo nos llegó el alma de una señora, que era una bellísima persona, que murió a manos de su marido. Pero ya le digo, completamente incompatibles. También, eso que se ahorra, porque las almas que deben ir al cielo son mucho más caras que las condenadas.
-Joder... Oiga, ¿y de dónde sacan ustedes las almas? Curiosidad sólo, ya sabe.
-Ah, pues es sencillo. Verás, las cogemos de las personas que mueren antes de tiempo. Cuando una persona muere prematuramente, el alma aún no se ha preparado para evacuar el cuerpo, porque le pilla de imprevisto y tal, así que se quedan en el cuerpo. Nosotros las cogemos, y se las vendemos a otras personas, para que cuando mueran, las almas puedan alcanzar el cielo o el infierno.
-Bueno, ¿y qué almas cree usted que me vendrían bien?
-Pues mira, tenemos el alma de un joven que se murió hace poco. Uno de sus hobbies era tirarse a la vía del metro poco antes de que pasase para que la gente que había se tirase a salvarlo. Es un alma bastante depresiva, no creo que le dé mucho calor por las noches, pero supongo que si toma antidepresivos puede solucionarlo. Como parte buena, es un alma con la que no tendrá usted remordimientos, pues no sabe distinguir el bien del mal.
-Oh, ¿y cómo murió el chico?
-Pues... puso en práctica su hobby en una parada vacía, así que el tren le pasó por encima.
-¿No tiene otro alma mejor?
-Bueno, nos llegó una hace unas horas de un hombre de cuarenta y tres años. Era un hombre bastante egocéntrico y narcisista, así que gracias a ello, era feliz. Se creía perfecto; no le faltará autoestima ni calor nocturno con este alma. Además, tampoco tendrá usted remordimientos, pues es un alma fría, cruel y calculadora. Lo malo es que es bastante más cara que la del chaval.
-Hum, ¿y cómo murió el hombre?
-Pues se le cruzaron los cables, y salió a la calle armado con un fusil a disparar a todo el que se le cruzase por en medio. Montó una buena, mató a cincuenca y siete personas, de entre ellas, veintitrés policías. Al final un agente de policía logró reducirle de un disparo en la cabeza.
-Me gusta, me gusta. Se la compro.
-¿Para tomar aquí, o para llevar, señor?
-Para llevar, para llevar. Envuélvemela.
-Aquí tiene.
-Gracias... ¡Oiga, pero este alma tiene una mancha negra en el fondo! Y es bastante grande.
-Oh, no se preocupe. Dada su nula capacidad de culpabilidad, no le molestará en absoluto. Incluso puede quitarla, salta con facilidad si la ablanda usted rezando todas las noches, y luego frota con un poco de bondad.
-Hum, demasiado trabajo, ¿sabe? Pero bueno, si usted dice que no la notaré, me la llevo. Por curiosidad, ¿a qué se deben las manchas? ¿No tiene ninguna sin manchas?
-Oh, sin manchas hay muy pocas. Sin manchas sólo están las almas puras, las que aún no están ni condenadas ni salvadas; las almas de bebé. Sólo nos quedan tres almas de bebé que murieron por la muerte súbita, y ninguna de las tres es de su talla. Y, las manchas, pues se deben a toda una vida de maldad y pecados, por eso todas las almas de adulto tienen manchas. Tarde o temprano, todo el mundo comete pecados.
-Vaya... Pues muchas gracias, señora. Intentaré cuidar de este alma lo mejor que pueda. Adiós.
-Disfrute de su compra, señor. ¡Adiós!
-Hola, señorita, ¿puede atenderme?
-Claro, ¿qué desea?
-Pues mira, estoy buscando un alma nueva, que por lo que parece la mía antigua se ha evacuado de mi cuerpo. Ha desaparecido completamente.
-Oiga, pues es raro, ¿cómo se dio cuenta de que ya no tenía alma?
-Pues hace unos días, que estaba tumbado en la cama. Y ya sabe, estamos en Septiembre y aún no hace frío, pero yo estaba helado. Me tapé con dos mantas y puse la calefacción a tope y aún seguía congelado. Además sentía como si algo se hubiese quebrado en mi interior, como si me faltase un pedazo o algo. Comprobé que tenía todos los dedos de las manos y de los pies, y entonces caí, y me dije "Oye, pues va a ser el alma".
-Es extraño, caballero. Normalmente las almas no se van así porque sí, algo muy malo habrá pasado. Normalmente se rompen y se quiebran, pero luego se pegan con el tiempo con el pegamento de la insensibilización. ¿Cuándo empezó usted a sentirse roto por dentro?
-Pues mira, fue el pasado domingo. Lo que pasa es que maté a hostias a mi mujer, ¿sabe? Le empecé a golpear con el puño en la cara hasta reducirla a una masa sanguinolenta, y creo que por eso se ha ido. Porque mi alma era de esas antiguas, ¿sabe?, no es de última generación, así que creo que no pudo soportarlo.
-Oh, vaya. Es lo que pasa, que los asesinatos pasionales van muy mal para las almas antiguas. ¿Me deja ver el hueco que ha dejado su alma, señor? Necesito examinarlo para ver qué almas irían bien con usted.
-Ah, claro, sí. Mire, está aquí, ¿lo ve? Junto al corazón.
-Vaya, vaya. Lamento comunicarle que está usted condenado, así que le tendré que dar almas que también que estén condenadas. Y es una pena, porque el pasado domingo nos llegó el alma de una señora, que era una bellísima persona, que murió a manos de su marido. Pero ya le digo, completamente incompatibles. También, eso que se ahorra, porque las almas que deben ir al cielo son mucho más caras que las condenadas.
-Joder... Oiga, ¿y de dónde sacan ustedes las almas? Curiosidad sólo, ya sabe.
-Ah, pues es sencillo. Verás, las cogemos de las personas que mueren antes de tiempo. Cuando una persona muere prematuramente, el alma aún no se ha preparado para evacuar el cuerpo, porque le pilla de imprevisto y tal, así que se quedan en el cuerpo. Nosotros las cogemos, y se las vendemos a otras personas, para que cuando mueran, las almas puedan alcanzar el cielo o el infierno.
-Bueno, ¿y qué almas cree usted que me vendrían bien?
-Pues mira, tenemos el alma de un joven que se murió hace poco. Uno de sus hobbies era tirarse a la vía del metro poco antes de que pasase para que la gente que había se tirase a salvarlo. Es un alma bastante depresiva, no creo que le dé mucho calor por las noches, pero supongo que si toma antidepresivos puede solucionarlo. Como parte buena, es un alma con la que no tendrá usted remordimientos, pues no sabe distinguir el bien del mal.
-Oh, ¿y cómo murió el chico?
-Pues... puso en práctica su hobby en una parada vacía, así que el tren le pasó por encima.
-¿No tiene otro alma mejor?
-Bueno, nos llegó una hace unas horas de un hombre de cuarenta y tres años. Era un hombre bastante egocéntrico y narcisista, así que gracias a ello, era feliz. Se creía perfecto; no le faltará autoestima ni calor nocturno con este alma. Además, tampoco tendrá usted remordimientos, pues es un alma fría, cruel y calculadora. Lo malo es que es bastante más cara que la del chaval.
-Hum, ¿y cómo murió el hombre?
-Pues se le cruzaron los cables, y salió a la calle armado con un fusil a disparar a todo el que se le cruzase por en medio. Montó una buena, mató a cincuenca y siete personas, de entre ellas, veintitrés policías. Al final un agente de policía logró reducirle de un disparo en la cabeza.
-Me gusta, me gusta. Se la compro.
-¿Para tomar aquí, o para llevar, señor?
-Para llevar, para llevar. Envuélvemela.
-Aquí tiene.
-Gracias... ¡Oiga, pero este alma tiene una mancha negra en el fondo! Y es bastante grande.
-Oh, no se preocupe. Dada su nula capacidad de culpabilidad, no le molestará en absoluto. Incluso puede quitarla, salta con facilidad si la ablanda usted rezando todas las noches, y luego frota con un poco de bondad.
-Hum, demasiado trabajo, ¿sabe? Pero bueno, si usted dice que no la notaré, me la llevo. Por curiosidad, ¿a qué se deben las manchas? ¿No tiene ninguna sin manchas?
-Oh, sin manchas hay muy pocas. Sin manchas sólo están las almas puras, las que aún no están ni condenadas ni salvadas; las almas de bebé. Sólo nos quedan tres almas de bebé que murieron por la muerte súbita, y ninguna de las tres es de su talla. Y, las manchas, pues se deben a toda una vida de maldad y pecados, por eso todas las almas de adulto tienen manchas. Tarde o temprano, todo el mundo comete pecados.
-Vaya... Pues muchas gracias, señora. Intentaré cuidar de este alma lo mejor que pueda. Adiós.
-Disfrute de su compra, señor. ¡Adiós!
lunes, 21 de septiembre de 2009
Hartos de todo (II)
La insípida pero sórdida naturaleza de la realidad me produce desasosiego, pero sólo sucede porque, según mi raciocinio, es el bajón post-cocaína quién hace que esas feas reflexiones que deberían ser fugaces perduren, atasquen las cañerías de mi sistema y le obliguen a uno lidiar con ellas. Voy con el pilóto automático encendido, pero me doy cuenta de que ahora me dirijo hacia la guarida de Carlos.
Su rostro consumido está pálido como la ceniza, pero se le iluminan los ojos al reconocerme. Cuando intento pasar, el astuto cabrón arquea el cuerpo sobre la puerta y me lo impide. Está de un espitoso que te cagas; esa masa negra dorada de cadenas, anillos y dientes raperos.
Noto el olor a amoníaco, y veo que tiene una pipa preparada. Me ofrece una calada. Una sola calada. Le pego una chupada larga y profunda mientras sus maníacos ojos me animan y su mechero quema las piedras. Al retener y aspirar lentamente, noto ese ardor sucio y ahumado en el pecho y una flojera en las piernas, pero me aferro al pecho de Carlos y disfruto del cuelgue frío y revoltoso. Observo cada anillo, cada grano negro, cada cadena y cada mancha del techo con una minuciosidad repulsiva, lo cual debería repugnarme, pero no lo hace, porque esa parte de mi psique se encuentra estremecido en el lado frío de la habitación.
Carlos no pierde el tiempo, ya prepara otra dosis en esa oxidada cuchara y extiende el lecho de cenizas sobre el papel con una delicadeza violenta que me deja asombrado. Primero mira la cuchara, después la parafernalia, y después pregunta algo.
¿Que si tengo la pasta? No, musito, no la tengo. Pero tú vas a darme otra calada de esa pipa. Pasará algún tiempo hasta que pueda permitirme siquiera un gramo de coca. Pero qué cojones, eso carece de relevancia cuando estás realmente enganchado.
Oh-oh, mala respuesta. ¡Vaya negocio! Ahora en lugar de sostenerme en el cuerpo de Carlos, lucho condecoradamente aunque sin esfuerzo por tratar de no cagar mis dientes mientras él me golpea frenéticamente, y yo busco mi navaja. Entonces una lluvia de su egagrópila sangre tiñe de rojo las proximidades, y el sentimiento de desprecio por mí mismo acaba jugando al parchís con el resto de mi psique en el lado frío de la habitación.
Su rostro consumido está pálido como la ceniza, pero se le iluminan los ojos al reconocerme. Cuando intento pasar, el astuto cabrón arquea el cuerpo sobre la puerta y me lo impide. Está de un espitoso que te cagas; esa masa negra dorada de cadenas, anillos y dientes raperos.
Noto el olor a amoníaco, y veo que tiene una pipa preparada. Me ofrece una calada. Una sola calada. Le pego una chupada larga y profunda mientras sus maníacos ojos me animan y su mechero quema las piedras. Al retener y aspirar lentamente, noto ese ardor sucio y ahumado en el pecho y una flojera en las piernas, pero me aferro al pecho de Carlos y disfruto del cuelgue frío y revoltoso. Observo cada anillo, cada grano negro, cada cadena y cada mancha del techo con una minuciosidad repulsiva, lo cual debería repugnarme, pero no lo hace, porque esa parte de mi psique se encuentra estremecido en el lado frío de la habitación.
Carlos no pierde el tiempo, ya prepara otra dosis en esa oxidada cuchara y extiende el lecho de cenizas sobre el papel con una delicadeza violenta que me deja asombrado. Primero mira la cuchara, después la parafernalia, y después pregunta algo.
¿Que si tengo la pasta? No, musito, no la tengo. Pero tú vas a darme otra calada de esa pipa. Pasará algún tiempo hasta que pueda permitirme siquiera un gramo de coca. Pero qué cojones, eso carece de relevancia cuando estás realmente enganchado.
Oh-oh, mala respuesta. ¡Vaya negocio! Ahora en lugar de sostenerme en el cuerpo de Carlos, lucho condecoradamente aunque sin esfuerzo por tratar de no cagar mis dientes mientras él me golpea frenéticamente, y yo busco mi navaja. Entonces una lluvia de su egagrópila sangre tiñe de rojo las proximidades, y el sentimiento de desprecio por mí mismo acaba jugando al parchís con el resto de mi psique en el lado frío de la habitación.
jueves, 3 de septiembre de 2009
Hartos de todo (I)
Mi enjuto rostro se contrae desde el otro lado del espejo y deja paso a una media sonrisa nerviosa, mientras me mira con esos enormes ojos glaciales. Exactamente, efectúo ocasionales visitas a los lavabos, aunque siempre para ingerir en lugar de excretar. Pero incluso mientras me meto por la tocha media economía colombiana, la cara hundida y mortífera del otro lado del espejo me evidencia la triste realidad: la coca me aburre. Nos abure a todos. Somos unos capullos apáticos hartos de todo, en un lugar que odiamos, destrozándonos con drogas de mierda para hacer frente a la sensación de que la verdadera vida transcurre en otra parte. Conscientes de que lo único que hacemos es alimentar la paranoia y el desencanto, pero pese a ello, siendo demasiado apáticos para dejarlo. Porque, por desgracia -o no-, no hay nada que tenga el sucifiente interés para dejarlo.
En cosa de diapositivas han pasado tres días y estamos en un piso para pegarle al crack mientras un capullo habla sobre todo lo que le costó conseguir el material y que más vale que lo paguemos o nos vayamos a tomar por culo. Los billetes arrugados aparecen a regañadientes mientras el tufo a amoníaco inunda el ambiente. Siempre que esa horrible pipa toca mis labios, haciéndome ampollas, me entra una sensación de derrota y de náusea hasta que la calada me envía al otro extremo de la habitación: frío, helado, contento, pagado de mí mismo, diciendo chorradas y tramando planes para dominar el planeta.
En cosa de diapositivas han pasado tres días y estamos en un piso para pegarle al crack mientras un capullo habla sobre todo lo que le costó conseguir el material y que más vale que lo paguemos o nos vayamos a tomar por culo. Los billetes arrugados aparecen a regañadientes mientras el tufo a amoníaco inunda el ambiente. Siempre que esa horrible pipa toca mis labios, haciéndome ampollas, me entra una sensación de derrota y de náusea hasta que la calada me envía al otro extremo de la habitación: frío, helado, contento, pagado de mí mismo, diciendo chorradas y tramando planes para dominar el planeta.
En relación a:
Hartos de todo,
Realismo sucio,
Relatos
viernes, 28 de agosto de 2009
Confesiones a un psicólogo
Tenía cerca de un año y medio cuando se llevaron a mi padre y nos echaron de casa. Es increíble que lo recuerde todo con tal nitidez, pero lo recuerdo.
Mi padre diciendo: "Hijo mío, tengo que irme a ayudar a estos policías. Tú obedece a todo lo que te diga tu madre y sé fuerte. Recuerda, ahora eres el hombre de la casa."
Y mamá llorando y abrazándome.
Y mi padre siendo arrastrado escaleras abajo gritándome: "No llores, hijo mío, no llores. Recuerda que ahora eres el hombre de la casa. Los hombres de las casas son valientes."
Y no lloré. Recuerdo que esa misma tarde nos fuimos a vivir con mi abuela.
Todo lo que recuerdo es una mesa; el límite divisorio entre mi recuerdo y mi imaginación era el trapo que caía de ella en forma de cortina, y las sombras que podía vislumbrar en ella cada vez que pasaba alguien. El mundo fuera del cobijo subterráneo de la mesa era aburrido y hostil.
El resto de la gente era aburrido. El resto de los niños eran aburridos. Sólo éramos yo y la mesa. Y papá. Échaba de menos a papá, y quería verle pronto para decirle que había sido valiente y no había llorado.
Recuerdo que la razón por la que me escondía bajo la mesa eran los gritos. Los gritos, las discusiones y los llantos de mi alrededor. Yo no lograba entender nada, sólo percibía el dolor. Y quería que parasen.
Conocía bien el dolor. Y recuerdo bien como percibía ese dolor. No era como cuando te rasgabas las rodillas al caerte, no; era algo más profundo. Era como un dolor interno, un dolor desesperado. Como los gritos de mi madre cuando se llevaron a mi padre.
Me daba miedo. Los gritos, las discusiones. La rabia, y los golpes. Mi abuelo borracho lanzándole un jarrón a mi madre. Mi abuela amenazándole con un cuchillo de cocina. Y golpes, y más golpes.
Sabía que cuando me caía, me cagaba, o me meaba me prestaban atención. Y sabía que el llanto era el símbolo de que algo iba mal. Así que, con un trozo del jarrón roto, me hice un corte bastante grande en la mano.
Salí corriendo, llorando, con la sangre resbalándome por el codo, hacia mi madr, diciendo "¡Me he caído!". Y mi abuelo se sentó, mi abuela dejó el cuchillo, y mi madre corrió con los brazos abiertos hacia mi.
Y los gritos cesaron, y la gente se preocupó por mí.
Así es cómo comencé a autolesionarme.
Mi padre diciendo: "Hijo mío, tengo que irme a ayudar a estos policías. Tú obedece a todo lo que te diga tu madre y sé fuerte. Recuerda, ahora eres el hombre de la casa."
Y mamá llorando y abrazándome.
Y mi padre siendo arrastrado escaleras abajo gritándome: "No llores, hijo mío, no llores. Recuerda que ahora eres el hombre de la casa. Los hombres de las casas son valientes."
Y no lloré. Recuerdo que esa misma tarde nos fuimos a vivir con mi abuela.
Todo lo que recuerdo es una mesa; el límite divisorio entre mi recuerdo y mi imaginación era el trapo que caía de ella en forma de cortina, y las sombras que podía vislumbrar en ella cada vez que pasaba alguien. El mundo fuera del cobijo subterráneo de la mesa era aburrido y hostil.
El resto de la gente era aburrido. El resto de los niños eran aburridos. Sólo éramos yo y la mesa. Y papá. Échaba de menos a papá, y quería verle pronto para decirle que había sido valiente y no había llorado.
Recuerdo que la razón por la que me escondía bajo la mesa eran los gritos. Los gritos, las discusiones y los llantos de mi alrededor. Yo no lograba entender nada, sólo percibía el dolor. Y quería que parasen.
Conocía bien el dolor. Y recuerdo bien como percibía ese dolor. No era como cuando te rasgabas las rodillas al caerte, no; era algo más profundo. Era como un dolor interno, un dolor desesperado. Como los gritos de mi madre cuando se llevaron a mi padre.
Me daba miedo. Los gritos, las discusiones. La rabia, y los golpes. Mi abuelo borracho lanzándole un jarrón a mi madre. Mi abuela amenazándole con un cuchillo de cocina. Y golpes, y más golpes.
Sabía que cuando me caía, me cagaba, o me meaba me prestaban atención. Y sabía que el llanto era el símbolo de que algo iba mal. Así que, con un trozo del jarrón roto, me hice un corte bastante grande en la mano.
Salí corriendo, llorando, con la sangre resbalándome por el codo, hacia mi madr, diciendo "¡Me he caído!". Y mi abuelo se sentó, mi abuela dejó el cuchillo, y mi madre corrió con los brazos abiertos hacia mi.
Y los gritos cesaron, y la gente se preocupó por mí.
Así es cómo comencé a autolesionarme.
martes, 25 de agosto de 2009
Primer día en boxeo ilegal
Uno suele tardar en darse cuenta de que se ha metido en un edificio en el cual todo el mundo tiene las orejas deformes. Una vez te has dado cuenta, ya no ves nada más; ni siquiera todas las narices torcidas, ni los labios partidos, ni las cejas rotas.
En el mundo del boxeo ilegal se aceptan apuestas, y las orejas rotas, aplastadas, derretidas o encogidas son contempladas con orgullo. Quieren decir que uno le ha dedicado tiempo y esfuerzo. Forman parte del juego. Es la naturaleza del deporte, como cicatrices, como heridas de guerra. Como emblemas de pelea.
Crac. Así suena su mandíbula al partirse. William golpea a Petersen desde la izquierda, y su mandíbula queda colgando con los dientes columpiándose en ella. El árbitro toca el silbato. William gana.
William pelea ahora contra Harrington.
En el mundo del boxeo ilegal si te niegas a combatir por cualquier razón, sea la que sea, te cortan un dedo del pie y te lo hacen llevar colgado al cuello durante tu próximo combate. Dicen que da mala suerte.
Harrington es un hombre de unos noventa kilos y William de unos ciento veinte. Dice que no lo considera un combate justo, están a categorías diferentes.
Mientras la sangre cae de mi nariz tiñendo de rojo la vestimenta de la doctora del ring y salpicando sus Doctor Martens, Harrington es subido a empujones al cuadrilátero.
La doctora, señalado una oreja deforme, dice: "Te pasa cuando peleas y te golpean las orejas. De los golpes, de la abrasión, el cartílago se separa de la piel, y, al separarse, la oreja se llena de sangre y fluídos. Al cabo de un tiempo se vacía, pero el calcio queda solidificado sobre el cartílago."
Harrington golpea con la izquierda sobre la boca de Peterson, la cual se parte longitudinalmente. Harrington tiene un corte transversal en la mejilla derecha, debido a los derechazos de Peterson. La sangre brota por sus caras.
La doctora dice: "La sangre se va filtrando lentamente en la oreja y se apelmaza, porque el calcio se solidifica sobre el cartílago. Luego se hace otra herida y más sangre se filtra y se apelmaza, y poco a poco la oreja se queda irreconocible".
El boxeo ilegal es un deporte en el que todo va al revés. Si quieres ir hacia la derecha, tendrás que apoyarte en el pie izquierdo. Si quieres ir hacia la izquierda, tendrás que apoyarte en el derecho. Si quieres avanzar, tendrás que retroceder. En un deporte en el que todo va al revés, las heridas y la sangre no son una muestra de debilidad; al contrario. Cuanto más sufras para derrotar a tu adversario, siempre y cuando lo derrotes, más mérito tendrá.
Motas de sangre alcanzan al público mientras las pequeñas gotitas forman charcos dentro del ring.
La doctora dice: "Cuando las orejas se llenan de sangre, tienes que vaciártelas. Para ello tendrás que usar jeringuillas. Y mientras las vayas vaciando antes de que la sangre se endurezca, se puede ir evitando, más o menos."
Mientras el cuerpo de Petersen se desploma sobre el ensangrentado suelo, Harrington escupe sangre y levanta el brazo en señal de victoria.
La doctora extrae sangre de mi oreja izquierda y me recoloca la nariz. Suena otro crac y empieza a salir sangre de nuevo. Expulsa la sangre de la jeringuilla y la deja sobre un recipiente metálico. Entonces vuelve a clavar y sigue extrayendo sangre.
Me mira y dice: "Sé que tú no quieres tener las orejas deformes".
En el mundo del boxeo ilegal se aceptan apuestas, y las orejas rotas, aplastadas, derretidas o encogidas son contempladas con orgullo. Quieren decir que uno le ha dedicado tiempo y esfuerzo. Forman parte del juego. Es la naturaleza del deporte, como cicatrices, como heridas de guerra. Como emblemas de pelea.
Crac. Así suena su mandíbula al partirse. William golpea a Petersen desde la izquierda, y su mandíbula queda colgando con los dientes columpiándose en ella. El árbitro toca el silbato. William gana.
William pelea ahora contra Harrington.
En el mundo del boxeo ilegal si te niegas a combatir por cualquier razón, sea la que sea, te cortan un dedo del pie y te lo hacen llevar colgado al cuello durante tu próximo combate. Dicen que da mala suerte.
Harrington es un hombre de unos noventa kilos y William de unos ciento veinte. Dice que no lo considera un combate justo, están a categorías diferentes.
Mientras la sangre cae de mi nariz tiñendo de rojo la vestimenta de la doctora del ring y salpicando sus Doctor Martens, Harrington es subido a empujones al cuadrilátero.
La doctora, señalado una oreja deforme, dice: "Te pasa cuando peleas y te golpean las orejas. De los golpes, de la abrasión, el cartílago se separa de la piel, y, al separarse, la oreja se llena de sangre y fluídos. Al cabo de un tiempo se vacía, pero el calcio queda solidificado sobre el cartílago."
Harrington golpea con la izquierda sobre la boca de Peterson, la cual se parte longitudinalmente. Harrington tiene un corte transversal en la mejilla derecha, debido a los derechazos de Peterson. La sangre brota por sus caras.
La doctora dice: "La sangre se va filtrando lentamente en la oreja y se apelmaza, porque el calcio se solidifica sobre el cartílago. Luego se hace otra herida y más sangre se filtra y se apelmaza, y poco a poco la oreja se queda irreconocible".
El boxeo ilegal es un deporte en el que todo va al revés. Si quieres ir hacia la derecha, tendrás que apoyarte en el pie izquierdo. Si quieres ir hacia la izquierda, tendrás que apoyarte en el derecho. Si quieres avanzar, tendrás que retroceder. En un deporte en el que todo va al revés, las heridas y la sangre no son una muestra de debilidad; al contrario. Cuanto más sufras para derrotar a tu adversario, siempre y cuando lo derrotes, más mérito tendrá.
Motas de sangre alcanzan al público mientras las pequeñas gotitas forman charcos dentro del ring.
La doctora dice: "Cuando las orejas se llenan de sangre, tienes que vaciártelas. Para ello tendrás que usar jeringuillas. Y mientras las vayas vaciando antes de que la sangre se endurezca, se puede ir evitando, más o menos."
Mientras el cuerpo de Petersen se desploma sobre el ensangrentado suelo, Harrington escupe sangre y levanta el brazo en señal de victoria.
La doctora extrae sangre de mi oreja izquierda y me recoloca la nariz. Suena otro crac y empieza a salir sangre de nuevo. Expulsa la sangre de la jeringuilla y la deja sobre un recipiente metálico. Entonces vuelve a clavar y sigue extrayendo sangre.
Me mira y dice: "Sé que tú no quieres tener las orejas deformes".
miércoles, 19 de agosto de 2009
Esos ruidoadictos... (II)
La gente desde lo alto del piso se ve muy pequeñita. Van de un lado a otro, con sus maletines en sus manos. O con sus hijos. O con las novias, o con bolsas de la compra. O con helados, o hablando por el móvil. Los que no, las llevan en los bolsillos. Así parecen parte de algo. Parece que forman parte de la multitud, de la sociedad. Quizá con las manos ocupadas, todo parezca tener mejor aspecto. Quizá, simplemente, no sean las manos: sea el tener algo, algo que hacer; y mantener las manos ocupadas sea el mero símbolo de que tienes algo. Pero parecen todos tan normales y felices. Nadie pensaría que entre esa multitud hubiese algún esquizofrénico capaz de secuestrar un autobus escolar y de estrellarlo contra un hospital, o que haya alguien tan deprimido como para estrangularse con sus propios intestinos.
Quizá sea la altura. La forma de ver la perfección es contemplándola muy de lejos. De cerca siempre se ven las imperfecciones. Desde lo alto, todo parece una sociedad perfecta. Quizá si nos acercamos y miramos en el interior de cada uno podemos ver lo mal que va la cosa.
Así nos debe de ver Dios. Pequeñitos y felices. Como si todo fuese bien. O quizá a Dios se la sople todo. Él nos creó a su imagen y semejanza; con toda seguridad que él también tiene sus problemas de los que ocuparse, y no de los problemas ajenos. Con toda seguridad que él no busca otra cosa que una solución para sus problemas.
Y tal vez la solución al ruido sea más ruido. Retransmitir mi dolor o mi alegría o mi enfado por todo el vecindario con el equipo de música puesto a tope. Tal vez la solución a mis problemas sean más problemas. Problemas más gordos de los que preocuparme.
Das un fuerte puñetazo a la pared, y luego otro. Después otro que precede al siguiente. Hasta que los puños te sangren y dejen su marca en la pared. Hasta que los dedos se te desarmen y te crujan.
El cuerpo humano tiene una capacidad limitada de sentir dolor y placer. Cuando se alcanza el límite, ya no se siente nada. Así que la respuesta al dolor puede ser más dolor. De cualquier manera, el dolor físico puede mitigar el dolor emocional.
Más sufrimiento para ahogar el sufrimiento. Dolor para ahogar el dolor. Ruido para ahogar el ruido.
Pastillas contra pastillas. Quizá la solución sea el exceso y no el defecto.
No sé de dónde he sacado esta idea.
Los expertos en la cultura de la Grecia antigua dicen que la gente de aquella época no creía que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando los griegos de la Antigüedad tenían una idea, creían que un dios o diosa les estaba dando una orden. Apolo les estaba diciendo que fueran valientes. Atenea les estaba diciendo que se enamoraran. Ares les decía que asesinaran a su vecino. Hefesto les decía cómo resolver una ecuación.
Ahora la gente oye un anuncio de un cosmético que te deja la piel tersa y elimina las arrugas y salen corriendo a comprarlas, pero a eso lo llaman libre albedrío. Por lo menos, los griegos de la Antigüedad eran sinceros.
Y sigo golpeando la pared hasta que el vecino de abajo empiece a dar puñetazos al techo. Y haga ruido. Su respuesta es más ruido para ahogar el ruido.
Porque una planta también puede morir por exceso de agua.
Quizá sea la altura. La forma de ver la perfección es contemplándola muy de lejos. De cerca siempre se ven las imperfecciones. Desde lo alto, todo parece una sociedad perfecta. Quizá si nos acercamos y miramos en el interior de cada uno podemos ver lo mal que va la cosa.
Así nos debe de ver Dios. Pequeñitos y felices. Como si todo fuese bien. O quizá a Dios se la sople todo. Él nos creó a su imagen y semejanza; con toda seguridad que él también tiene sus problemas de los que ocuparse, y no de los problemas ajenos. Con toda seguridad que él no busca otra cosa que una solución para sus problemas.
Y tal vez la solución al ruido sea más ruido. Retransmitir mi dolor o mi alegría o mi enfado por todo el vecindario con el equipo de música puesto a tope. Tal vez la solución a mis problemas sean más problemas. Problemas más gordos de los que preocuparme.
Das un fuerte puñetazo a la pared, y luego otro. Después otro que precede al siguiente. Hasta que los puños te sangren y dejen su marca en la pared. Hasta que los dedos se te desarmen y te crujan.
El cuerpo humano tiene una capacidad limitada de sentir dolor y placer. Cuando se alcanza el límite, ya no se siente nada. Así que la respuesta al dolor puede ser más dolor. De cualquier manera, el dolor físico puede mitigar el dolor emocional.
Más sufrimiento para ahogar el sufrimiento. Dolor para ahogar el dolor. Ruido para ahogar el ruido.
Pastillas contra pastillas. Quizá la solución sea el exceso y no el defecto.
No sé de dónde he sacado esta idea.
Los expertos en la cultura de la Grecia antigua dicen que la gente de aquella época no creía que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando los griegos de la Antigüedad tenían una idea, creían que un dios o diosa les estaba dando una orden. Apolo les estaba diciendo que fueran valientes. Atenea les estaba diciendo que se enamoraran. Ares les decía que asesinaran a su vecino. Hefesto les decía cómo resolver una ecuación.
Ahora la gente oye un anuncio de un cosmético que te deja la piel tersa y elimina las arrugas y salen corriendo a comprarlas, pero a eso lo llaman libre albedrío. Por lo menos, los griegos de la Antigüedad eran sinceros.
Y sigo golpeando la pared hasta que el vecino de abajo empiece a dar puñetazos al techo. Y haga ruido. Su respuesta es más ruido para ahogar el ruido.
Porque una planta también puede morir por exceso de agua.
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