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martes, 29 de marzo de 2011

Desprenderse de toda esperanza

Su piel reducida al lánguido molde de un esqueleto que intenta escapar. Carne cetrina como un cirio consumido que anhelaba por fin la catarsis. Su cara, maquillada y arreglada, más propia de la calidez artificial de una tienda de cosméticos que del frío fertilizante de ultratumba. Como muertos de escaparate.
¿Qué se puede esperar del mundo?
Fíjate en las marcas y las cenizas de sus brazos, consecuencia de la aversión por uno mismo en lugar de un intento real de suicidio. En el calendario, Martes: entrevista de trabajo, tachado; Miércoles: morir por sobredosis. En su regazo, un bote de pastillas; en sus manos, una carta de despedida; y en su mirada, la muerte, profunda y espectral. Asómate al precipicio de su mirada y cae al abismo de su interior.
¿Qué era la esperanza?
Cubre el macilento cadáver con una toalla y prende su vela favorita. En el ocaso de la civilización, invéntate tus propios rituales e infúndeles vida. Así sea, tacha cuidadosamente del calendario sus últimos designios. Carga tu angustiada mente con el triste tormento de todas esas vacuas promesas. Y libérate, despréndete de todo optimismo.
¿De verdad se puede sobrevivir?
Con la cortina de tus entrañas rasgada y violada. La visión borrascosa, como el glaucoma frío que empaña el mundo. Dejaste que la carta se consumiera en el fuego. El terror que te inspiraban sus palabras aplastaría lo poco que quedaba de ti. Y la carta se consumió, rápidamente, como si de una vida se tratase.
¿Y qué otra cosa iba a hacer?
Por desidia continuaste con tu vida. Mero formalismo por tu parte. Ya no había nada con lo que continuar. Porque, aunque lo ignorases, lo sabías.
Ha muerto el último Dios.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Idílico

Un día entré a casa y Lilith me pidió el divorcio. Me dijo que no me aguantaba más, que mis problemas con la bebida y mi mal comportamiento habían superado ya todas sus fronteras. Habían conseguido más peso sentimental incluso que su juego de reminiscencias que tenía lugar en algún lugar de su cabeza justo cada vez que Lilith pensaba sobre ello, recordándole los buenos momentos que habíamos pasado juntos. El contrato estaba sobre la mesa, su abogado presente, y no había nada más que hacer; ya no había marcha atrás, ni catarsis, ni forma alguna de revivir el pasado, ni de cambiarlo, ni nada. La primero que aprendí es que una vez que las cosas se joden, ya no tienen arreglo.
El proceso de divorcio me pareció carente de sentido, porque, para empezar, nunca habíamos parecido un matrimonio; sólo era un convenio estipulado. Pero su abogado insistió. Lilith quería una ruptura total y que no quedara nada que nos relacionara nunca más salvo una cosa: una pensión alimenticia para nuestro hijo Kevin. Al principio me negué, pero se fueron sucediendo frases como "Joder, James, ¡es tu hijo!" o "Si no puedes ni ocuparte de él, por lo menos ayúdame para que lo haga yo" que convirtieron lo que a simple vista parecía un acuerdo en igualdad de condiciones en algo notablemente a su favor. No hizo falta tan siquiera hablar sobre la custodia, se sobreentendía que dadas las circunstancias era algo que le correspondía por derecho natural, y además, se me denegaba el derecho a visitarlo en vista de los posibles trastornos afectivos que podía sufrir: de acuerdo con su abogado, yo era ese Elemento Perturbador que revivía sus traumas infantiles, y él tenía suficientes pruebas para demostrarlo. "Si está usted en desacuerdo, acuda a los tribunales" comentó el abogado en más de una ocasión. Lo segundo de lo que me di cuenta es de que la eyaculación es el punto legal de no retorno.
Lo tercero de lo que me di cuenta es de que Lilith realmente había querido construir un largo futuro junto a mí. De verdad había intentado que las cosas fueran bien entre nosotros. Nunca antes había prestado atención, y justo ahí, en trámites de nuestra separación me di cuenta por sus ojos de que ella me había llegado a querer sinceramente. Pero debería haber sabido que soy transparente. Lilith debería haber sabido que la razón por la que yo estaba allí no tenía nada que ver con ella, sino que simplemente intentaba encontrar un lugar donde recuperar las ganas de vivir. No fue hasta que Lilith dijo "De verdad que te había querido" cuando empecé a llorar. Un silencio significativo se adueño de la sala tras su confesión. Quería decirle que todavía la amaba, pero no era lo que ella quería oír. Fui el primero en abandonar la habitación, y mientras bajaba las escaleras tuve que apretar con fuerza las mandíbulas para no derrumbarme por completo.
Ahora, cada vez que pienso en ello, me llevo la mano a la pistola cargada que llevo desde entonces siempre encima. Me hace recordar que no tengo porqué soportar, y que, cuando quiera, puedo abandonar.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Ya no quedan revolucionarios como los de antes

Ya no hay revolucionario que no esté criando malvas. Y si lo hay está jodido y aislado en una cárcel, con un cuchillo dentro del culo y una mano opresora que le asfixia desde el cuello, y le empuja la cabeza en un cubo de agua helada y le pregunta que si está en la ETA o en Septiembre Negro o por qué coño hacía lo que iba a hacer, mientras los medios aseguran que el tipo era un maltratador que sufría varios trastornos psicológicos graves y que menos mal que las fuerzas de seguridad, que velan por nuestras vidas, le han detenido a tiempo o podía haber ocurrido una catástrofe.
Todo queda muy bonito dicho desde esas altas esferas de control meticuloso con un camuflaje mediático que hace parecer que aún queda libertad o algún indicio de ella, y que hay opciones reales. Nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que el movimiento ha muerto, y de acción individual sólo quedan casos aislados. Pero no nos engañemos, la revolución es una batalla y la hemos perdido. La hemos perdido porque el contrincante se ha adaptado a nuestras exigencias, como un virus y las ha usado contra nosotros. Ahora se atiborra al individuo con productos y con distracciones para que no pueda pensar por sí mismo. Los derechos son inversiones para aumentar la productividad. Al igual que se engrasan las máquinas para que funcionen con suavidad, al trabajador se le tiene ahora contento con jornadas de ocho horas, con vacaciones pagadas y con seguridad social. Aparentemente hemos ganado, y eso es lo que ellos usan contra nosotros, pero no. La verdadera revolución, además del bienestar social, era librar a la sociedad de la tiranía de esos opresores, de las víboras chupasangre, de los que usan el sistema para seguir exprimiento al individuo. Ahora la opresión no es física, es... mediática. Publicitaria.
Incluso la revolución se ha convertido en un producto de mercado. Botas, chupas, estética, chapitas, canciones, películas, libros. Los revolucionarios de ahora sufren narcisismo situacional adquirido y se encierran en una habitación a esnifar heroína con un cubo para vomitar al lado de la cama. Compiten con la cocaína para estar a la moda. Llevan peinados supuestamente transgresores, y dedican canciones a las víctimas de la guerra de alguna república bananera. Los revolucionarios de ahora pecan de muchas cosas, pero especialmente de una: alimentan el sistema que quieren destruir. Camisetas del Che, de Sid Vicious, de Kurt Cobain... Sus muertes: estrategias comerciales. Su revolución: bienes de mercado. Y los que no, se catalogan, como si fueran de un modelo comercial.
Pero yo tengo algo mejor. La experiencia me dice que hay que volver al orígen, a la fórmula que dio sentido a las reivindicaciones: una bomba. Y cuando estalle, la falsa seguridad gubernamental se irá a pique. Lo demás, depende de vosotros.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Como abogado

Me convencí de que, en realidad, no sabía nada. Lo había hecho millones de veces con anterioridad y era un experto a la hora de borrar la realidad. Como abogado me resulta fácil imaginar una escena más plausible que la que en realidad se había presentado. Así que sustituí los treinta minutos en los que los hechos habían tenido lugar por otra cosa, y, puesto que la verdad de los hechos de la noche del 20 de Octubre es -¡oh!- irrelevante me sentí cómodo al inventar otra película.
Todo es cuestión de modificar los hechos. Para defender un caso tienes que creerte realmente lo que defiendes. Todo es cuestión de plantarse frente al espejo, y repetirse una y otra vez los hechos que deseas defender, hasta que tú mismo acabes creyéndotelos. Así de maleable es la memoria. El término médico es "aprendizaje por repetición", y de nuevo, en eso soy un experto; por algo me saqué la carrera de derecho. Sólo hay que releerse una vez tras otra todos esos galimatías sobre la ley y la justicia hasta que, por fin, los has memorizados.
Empiezas lleno de ilusión y optimismo, pero al final descubres con la sabiduría que te da experiencia que todo eso no son más que una mierda de idealismos románticos. Cualquier abogado que se precie debe desprenderse de los ideales. No se puede salvar el mundo, no se puede luchar en favor de la justicia y de la igualdad, porque, sencillamente nada de eso existe. La definición de esos términos se aleja mucho de la realidad, no existe justicia una, existe otra justicia, existen otras leyes: una doble moral. La voluntad de poder. Selección natural. La ley del más fuerte. Como abogado presentas tendenciosamente todas las pruebas en favor de las conclusiones que deseas alcanzar y rara vez te inclinas por la verdad. Todo se basa en darle la vuelta a los hechos, y, sobre todo, en la terminología.
Cuando la abogada de la señorita Delacroix calificó como "violación" los hechos sucedidos la pasada noche del 20 de Octubre, yo empleé el término "despecho". Cuando ella empleó el término "violencia", yo hablé de "malentendido". Ella habló de "indefensión", nosotros de "inocencia fingida". Empleé el término "lujuria" en más de una ocasión. Gracias a la idealista e inexperta abogada de la señorita Delacroix, la imagen que el juez se llevó de la propia señorita Delacroix no pudo ser más negativa. La de una lasciva oportunista que decidió utilizar una caída por las escaleras como prueba para lanzar una falsa acusación contra un hombre al que acababa de seducir, con el objetivo de sacarle dinero. Sus ojos eran de derrota total cuando el martillo del juez nos dió la razón. Algo se había roto en ella, lánguidamente salió de la sala, y se perdió en la calle.
Mi cliente -un italiano con una extraña cicatriz en la cara- me invitó a unas cervezas para celebrarlo. En el bar él comentó, literalmente, que "cuando es forzado es más placentero", lo cual jodió mi propia versión de la historia. Me puso de bruces contra la verdad. Al principio no le dí importancia, pero desde entonces, no me creo nada de lo que digo frente al espejo. Mis discursos han pasado de "gestas" a "peroratas". Ya no ganaba casos por "unanimidad" sino por "una nimiedad" -¿qué nimiedad? la verdad puede ser muy insignificante-.
Seguía defendiendo casos de violación; y los ganaba; pero no lograba creerme la película y eso hizo que esa incómoda sensación de disconformidad cada vez ganase más peso hasta que finalmente se apagase la chispa que solía animarme.
Una tarde me desperté y caí en la cuenta de que ya no sabía cómo funcionaba nada. ¿Qué botón encendía la cafetera? ¿Quién pagaba la hipoteca? ¿De dónde venían las estrellas? ¿Qué hacía saliendo por ahí con ladrones de diamantes? Con el tiempo aprendes que todo se acaba. Ya no deseaba formar parte de nada. La psicóloga lo tachó de "sentimiento de culpabilidad". Cuando le repliqué que no era así, añadió "necesitas tocar fondo". Pero, como abogado, cuesta tocar fondo porque ganas cerca de trescientos mil al año.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Descongestión mental

En el inicial subidón de cocaína se abre paso una descongestión mental que finalmente se va apaciguando y dejando paso a un estado de melancolía y desesperación. Los pensamientos suicidas, que deben ser fugaces, se atascan en tu abarrotado cerebro.
Por un momento piensas: joder, meterme coca es como mear en la bañera para que no se vacíe. Pero poco después llegas a la conclusión: venga, coño, que si meo lo suficientemente rápido la bañera no se vacía. Y te metes una raya tras otra sintiéndote libre, con el cerebro descongestionado, frío, excitado. La cosa sigue así hasta que finalmente la coca se acaba, y vas viendo como el agua, ahora enmierdada, baja el nivel poco a poco hasta que finalmente tienes que salir de la bañera y resbalarte en la realidad.
El tiempo que tarda este proceso responde a una sencilla operación matemática. Teniendo en cuenta que un gramo de cocaína cuesta 60 euros, y que con un gramo te da para 10 rayas, y que cada raya te mantiene con vida aproximadamente media hora, con 30 euros te da para aguantar 2 horas y media. Suponiendo, además, que sólo me pueda gastar 30 euros al día en cocaína, significa que tengo que aguantar otras 21 horas y media diarias de sufrimiento. Sé que 30 euros al día es un precio que realmente no me puedo permitir, pero eso carece de relevancia cuando estás sinceramente enganchado a la cocaína.
Acabas olvidando, incluso, que ese anillo tan valioso que acabas de vender por 120 euros es una herencia familiar de un valor incalculable. Te olvidas además de las facturas, el trabajo, esa cosa insulsa a la que solías llamar amor, y en definitiva, al resto de la gente. Acabas tú, nervioso y violento, convertido en el centro de ese curioso universo que has creado. Acabas olvidando la civilización: la cocaína se convierte en tu único alimento, y el dinero, el único medio para cazarla.
Pero los pensamientos suicidas, oh, esos sí que no los olvidas. Acaban convirtiéndose en un elemento de supervivencia, algo con lo que pasar el día a día. Puede que el valium te haga olvidarte de los efectos físicos, pero ni siquiera él puede diluir tu congestionada mente.

martes, 16 de noviembre de 2010

La sangre tiene un sabor especial

Aunque la cena no es especialmente romántica -quiero decir, no está mal, pero tampoco está de puta madre- algo me ronda la cabeza. Y es que, mientras ella habla y habla sobre el trabajo, los amigos, y la madre que la parió, yo no puedo dejar de pensar en el aspecto, la forma en que brotaría su sangre en el caso de inflingirle un tajo en el cuello con el cuchillo de 20 centímetros que guardo en mi maletín. ¿Saldría en un chorro con presión, o fluiría pegada a la piel, empapándole la ropa? ¿Saldría de manera limpia y lisa, o burbujeando? ¿De color claro o de color oscuro? ¿Qué contenido proteínico tiene su sangre? ¿Qué sabor tendrá, a cobre? Me evado pensando en quemarle los globos oculares con un encendedor hasta que le estallasen, fantaseo con la idea arrancarle una pierna, meterla al horno, y comérmela, e incluso me descubro a mí mismo con una erección cuando intento imaginar qué aspecto tendrá su cabeza sobre el recipiente de porcelana china del recibidor.
Lo cierto es que incluso mi lujuria desenfrenada de sangre tiene sus límites, y decido que ella está a salvo. Decido que no voy a llevarla a mi apartamento, a sacar un cuchillo en el momento menos inesperado, a darle un tajo en la barriga, a sacarle los intestinos y asfixiarle con ellos mientras le meto el fémur de la prostituta que maté la semana pasada por el culo por el simple hecho de que me excite hacerlo. No. Me decido en contra. Pero me apetece. Al fin y al cabo, ¿qué son las apetencias? Nada tangible, desde luego.
Temo que hoy me tendré que conformar con el convencional sexo. O ni eso. Puede que llegue solo a casa, y decida ponerme el collar que me hice con los huesos de aquella cajera del supermercado, me meta en la bañera, y me la casque como un mono. Aunque no me apetezca.
Sólo para demostrarme que yo me puedo imponer a mis propias apetencias. Y que lo que hago se debe únicamente a mi voluntad.

jueves, 11 de noviembre de 2010

Desaparece

Su boca se abre, se cierra, y se vuelve a abrir; sonríe, me atrae como un imán pintado con lápiz de labios rojo. La toco, le cojo la mano por encima de la mesa, y se la sostengo un buen rato. Ella se estremece, hace un ademán de apartarla, pero finalmente se decide en contra y la deja donde está. Se ruboriza, gesticula pero no habla, sonríe. El sol sale de Indochine, el restaurante se vacía, nos quedamos solos, son cerca de las dos de la mañana. Los latidos del corazón se me disparan y detienen, se estabilizan momentáneamente, pero después vuelven a dispararse. Escucho con cuidado. Posibilidades alguna vez imaginadas se precipitan. Ella entrecierra los ojos y cuando vuelve a mirarme, yo entrecierro los míos. Pero entonces pasa algo. Lo que empieza como leve se desarrolla sin esfuerzo en una sensación de disconformidad inaguantable, una sensación de vacío interior que amenaza con secarme por completo. Me hace levantarme, decir "Lo siento", e irme corriendo.
Ella sale detrás de mí, yo soy más rápido, pero los músculos se me deshacen, los huesos me crujen, desfallezco, y finalmente me alcanza en la salida del restaurante.
Un telón de miles de estrellas brilla en el cielo, y me humilla lo muchas que son. Es algo que me cuesta bastante soportar. Una sensación de derrota se apodera de mí. Sudor frío. Náusea.
Pregunta "¿Qué pasa?". Pienso en otras cosas mientras intento evitar su mirada: aire, agua, cielo, tiempo, un momento, un punto en que quise enseñarle todas las cosas hermonsas del mundo. Vuelve a preguntar "¿Qué te ocurre?". Pero, sencillamente, no tengo tiempo ni paciencia para hacer revelaciones, para empezar de nuevo, para acontecimientos que tienen lugar más allá del dominio de mi visión inmediata.
Yo intento decir algo, pero es como si a mi mente le costara comunicarse con la boca, ella me mira como si tratara de realizar un análisis racional de quién soy, lo que es, por supuesto, imposible: no existe una clave.
Entonces me abraza, y emana un calor al que no estoy acostumbrado. Estoy tan acostumbrado a imaginar que todo sucede del modo en que pasa en las películas, a visualizar las cosas del modo en que suceden los acontecimientos en la pantalla, que casi puedo oír el sonido de la orquesta, casi puedo alucinar que la cámara toma una vista panorámica de nosotros y la imagen en setenta milímetros de sus labios que se abren, murmuran "Te quiero" y se acercan a los míos a cámara lenta. Pero mi abrazo es frío, helado, y lo noto; me doy cuenta; al principio borrosamente y luego con mayor claridad, de que mi desolación interior se encuentra gradualmente cada vez más avanzada, y de que ella me besa en la boca y eso me lleva de vuelta a la realidad y la aparto.
Le digo que lo siento, que me tengo que ir. Ella me mira desilusionada, pero dice "Te llamaré". Asiento, y me voy.
Una vez, hace cinco años, conocí a una chica que me dijo "La vida está llena de posibilidades sin límite". Se acababa de graduar en tercero de Medicina, pero no vivió para llegar a cuarto. Y esta noche, la chica que ha estado sentada delante de mí no es en absoluto ella, por mucho que mi mente intente revivirla en otras personas.
De vuelta en mi apartamento, recuerdo aquella vez que fui con ella al zoo, y compramos globos, y luego los soltamos para ver cómo se alejaban volando. Intento recordar su cara, su rostro, pero es esquivo a mis pensamientos, se emborrona, y finalmente desaparece.

domingo, 17 de octubre de 2010

Apología a la autodestrucción

Por el momento, los enfermeros se llevan el cadáver, tapado con una sábana blanca, en una camilla. Y mientras Ramón y yo le damos a la fregona para quitar la orina, las heces, la sangre, y el resto de serosidades repugnantes que el vejete ha ido dejando en el suelo de linóleo durante todo el fin de semana.
Ya desde esta mañana se olía; y no me refiero a la orina del vejete -bueno, al menos no sólo a la orina del vejete-; un efluvio extraño en la residencia. Era como si la muerte estuviera en la misma puerta. Uno sentía más frío aquí dentro, el humor de los pacientes era más tosco -a pesar de que aún no sabían nada de la muerte de su compañero-, y parecía como si la luz no entrase por las ventanas. En definitiva, uno sentía que algo malo se había estado gestando aquí dentro. Los vejetes lo temían, lo sabían; no era la primera vez; hace ya mucho tiempo que la dignidad y la vitalidad abandonaron este lugar.
Lo primero que me dijeron cuando entré en la residencia esta mañana fue:
-El viejo Eugenio no ha salido de su habitación desde el viernes. Mire usted a ver qué pasa. Las enfermeras dicen que no pueden entrar, que no tienen derecho a violar la intimidad de un paciente.
-¿Y yo sí?
-A usted no le pueden despedir.
Y cuando abrimos la puerta de su habitación, allí estaba él. Tirado en el suelo, con la cabeza abierta, y el suelo lleno de su sangre, mocos, baba, orina y heces. Ya os podéis imaginar cómo olía de mal, pero por encima de todo, se podía detectar el olor a muerte. Tras detectar ese olor a epinefrina, sigue un escalofrío sobrecogedor que te congela desde la piel hasta las mismas entrañas, atravesándote los huesos con un férreo pinchazo agudo. Lo siguiente que te pasa por la cabeza es "¿Y no será un muñeco, una broma de mal gusto?". Pues su tez, ahora descolorida, había perdido ya toda humanidad y se antojaba bien parecida a la de un muñeco gigante y arrugado. El grifo de la ducha desbordaba ya la bañera y el agua cubría ya prácticamente toda la habitación, y uno sentía pánico, pánico y asco, cuando comprendía que tenía que entrar ahí y limpiarlo todo.
Mientras Ramón le da a la fregona para desincrustar la sangre del suelo, y yo recogo los pedazos de mierda del vejete, le comento: "Uno acaba por comprender que la muerte es un proceso más que un suceso. Uno se va pudriendo poco a poco en lugares como este. La vida hace ya tiempo que escapó del cuerpo de este pobre hombre."
-Un suceso... O un deceso. -comenta burlonamente Ramón.
Lo que me jode de este diablo es la poca esperanza que alberga. Su nihilismo le impide ver cualquier cosa positiva, le impide hacer cualquier bien por la humanidad.
-¿Ramón, tú, por qué coño estás aquí? No trabajas aquí, y ni de coña me puedo seguir tragando que vienes de voluntario como yo y el resto de los chicos.
-Estoy aquí por pura y simple obligación. Trabajos sociales forzados... Caridad por obligación, y no por devoción. Muy propio de una sociedad que le da un pedazo de pan podrido a un niño enfermo y se siente con eso satisfecha.
Ya en la cantina, mientras saboreaba un tercio, medité sobre la afirmación de Ramón. En el mundo habrá unas seis mil cuatrocientas millones de personas. Que no son pocas. El mundo se estaba pudriendo, y ellos en cambio disfrutaban evadiéndose en su propia realidad, en su propio mundo imaginario. Con sus coches, sus televisores, sus mujeres y sus pastillas, habían hecho del mundo un asunto menos del que preocuparse; la mancha que escondes bajo la alfombra. Estaban conduciéndose por la senda de la destrucción hacia el exterminio, hacia el sufrimiento y el olvido. Pronto ellos envejecerían, enmudecerían, y tendrían que ir a los mataderos que han diseñado para gente como ellos. "No obstante, todo ello es mejor que la ayuda y el socorro a los más favorecidos. Esto último no cambiaría una mierda; moriríamos sólos igualmente, sin recibir nada a cambio. El que se muere de hambre no ayudaría a nadie aunque no se muriese de hambre. Es un signo de debilidad tener cualquier esperanza en el ser humano", me imaginé que Ramón diría.
Los enfermos se morían, los viejos se pudrían, y las familias hambrientas desaparecían, ¿a quién le importaba? "¿Y por qué habría de importarnos?", me imaginé que Ramón preguntaría.
Pensé sobre ello hasta que sonó el timbre anunciando el final del descanso. Y cuando me disponía a volverme a poner manos a la obra, di media vuelta y pensé "Al carajo, que se pudra el mundo, yo me tomo otra cerveza".

miércoles, 13 de octubre de 2010

Aburridas historias de ordinariez cotidiana II

-Es la teoría restrictiva de las acciones, y se estudia en primero de derecho. Para que me entiendas, si digo que las tetas no, se sobreentiende que el coño tampoco. Pero si el coño sí, entonces las tetas también, ¿lo has entendido?
El tío arruga la cara en señal de ignorancia y vuelve a tocarme las tetas, por lo que decido que la opción más recomendable es darle un sonoro bofetón en su fea cara, y alejarme de él antes de que reaccione. Así que lo hago, y el tío ni se inmuta. Como si fuese lo más normal del mundo.
Es normal aquí, pienso. De cualquier manera, así es como funcionan estos sitios. Vístete como un gilipollas, paga un dineral para entrar a la discoteca, y ponte a tocar tetas a diestro y siniestro hasta que alguna se halague en lugar de darte un guantazo, llévatela entonces a algún callejón y fóllatela. Esa es la norma. Está impresa en las actitudes de todos, está incluso en la música machista que suena de fondo. Está en las luces, y está en el baile propio. Ligoteo fácil para mentes tontas.
Ya no hay seducción, ni palabrería, ni tan siquiera una mínima atracción mental. Ni siquiera hay seducción física. Es todo mucho más sencillo, una simple comuna de intercambio de fluídos y enfermedades de transmisión sexual.
Montones de chicas vienen aquí; ni siquiera tienen que pagar entrada; como reclamo, y tras ellas toda una marabunta de depredadores cabríos de escasa capacidad mental.
Ni siquiera sé qué hago aquí. No sé en qué parte de la noche abandoné el calor que me daba una botella de tequila para venir a uno de estos antros discotequeros sucios. Pero fue, sin duda, después de que la noche debiera haber terminado. Porque siempre se alargan más de lo que deberían, y con ella los cubatas, las drogas y las equivocaciones.
En este Imperio Español no sale el sol.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Aburridas historias de ordinariez cotidiana

La sombra de Diego, quiero decir, la otra sombra de diego, aquella que se deja ver, retrocede losa a losa, volviendo al origen mientas el sol está más alto. Perpendicular, me corregiría él. Me está hablando del corporativismo alemán, y de otras miles de cosas que en realidad no escucho. Tras cada afirmación, asiento pesadamente con la cabeza mientras él se lanza a la carga de otra alegoría que justifique su teoría. Y cuando ha acabado, vuelvo a asentir con la cabeza. Pero en realidad no le escucho. Su voz no supone más que ruido de fondo, un panfleto vacío. Estoy más atento de ese escote, de esas dos piernas aderezadas con una corta minifalta, de esos rojos labios carnosos y esa mirada viciosa de ojos azules... Y, cuando salgo de mi ensimismamiento, me sonríe. Juro que me sonríe. Noto la colleja de Diego, y juro que me sonríe.
-¿Pero me estás escuchando, joder?
-Me ha sonreído...
-Joder, esto es serio, te decía que la naturaleza de la política de la educación actual no es sino...
-¡Te digo que me ha sonreído!
-Pero... ¿quién?
-¡Ésa! -señalo, pero ya no está.
La veo andando hacia el horizonte, meneando sus dulces piernas, y la vuelvo a señalar. Cuando está a punto de desaparecer tras la vuelta de una esquina, nos mira, nos lanza un beso invisible, y entonces sí, desaparece.
-¡Joder! Menuda guarra -exclama Diego.
A esto que, otra sombra, el doble que la de Diego, avanza sobre nosotros y se nos echa encima, y su figura, desde lo alto, exclama:
-Esa a quién llamáis guarra es mi hija, y ese gesto iba dirigo hacia mí.
Noto que el odio y la frustración del hombre se van centrando sobre Diego mientras éste esboza una sonrisa cruel e intimidadora. Lo que debía haber sido un intercambio rápido de palabras, se prolonga en una incómoda batalla de miradas hasta que Diego vuelve a decir:
-Da igual, sigue siendo una puta cerda.
Y el hombre, abandonando su actitud agresiva y dibujando en su cara otra sonrisa despiadada, responde:
-Ya lo sé, a mi ex-mujer ha salido.
Y los dos rompen a reír como hienas.
Eran las 2 del medio día, y el sol había sido tapado por una nube. Y daba igual, no había salvación entre caníbales.

viernes, 14 de mayo de 2010

El señor O'Hagan

Los enfermeros sudando; los costados de la camisa del uniforme blanco, desde la manga al cinturón, lleno de manchas de sudor y de sangre. Golpean con sus guantes de látex el pecho del señor O’Hagan, adhieréndose al sudor y la sangre que baña todo su pecho.

Pongámonos in situ, son las tres de la mañana y en el Hospital General de Portland se recibe una llamada de socorro de una esposa conmocionada quien cuenta que el señor O’Hagan, sí, el Señor O’Hagan, el magnate más importante de la industria del petróleo, sufrió una sobredosis de morfina y cayó por las escaleras haciéndose una herida en la cabeza.

Con la piel prácticamente azul; después de toda una movilización médica y periodística hacia la casa victoriana situada en las afueras de la ciudad; en el cuerpo del señor O’Hagan se desinfla la poca vida que le quedaba. El fotógrafo encargado del New Yorker disparando su cámara, flash tras flash desde todos los ángulos, bañándolo todo en estallidos estroboscópicos que nos dejan ciegos; parpadeando.

Respirando el aire caliente, cargado de olor a sudor y perfume, la señora O’Hagan contempla el cuerpo casi vacío de su marido. Inerte. Frío a pesar de los cristales empañados por la respiración humana. Ella ahí, con el corazón envasado al vacío, con los ojos chorreando lágrimas por las dos mejillas, el corrimiento del lápiz de ojos y la sombra de ojo resiguiendo las arrugas parecidas a telarañas que le van desde los ojos a la barbilla; su cara hecha trizas por el entramado de grietas negras ramificadas mientras su mente rememora cada uno de los segundos que pasaron juntos.

Un enfermero estruja un tubo de gelatina transparente y unta de gelatina las palas cardíacas. Luego frota una pala con otra, extendiendo la gelatina transparente entre las dos. Un millón de voltios de electricidad, listos para dar un shock que devuelva a la vida al señor O’Hagan.

Los enfermeros le plantan las dos palas cardíacas en el pecho caído y sudoroso, y el espinazo de O’Hagan se arquea bajo la descarga que le entra. Los músculos de los brazos y las piernas se le hinchan, bien definidos, grabados y tallados, la piel dura y tensa. Durante esa descarga, O’Hagan parece joven otra vez, esbelto y bronceado, liso y sonriente. Los ojos muy abiertos por el shock. El flash del fotógrafo y la chispa de la centella de los enfermeros convierten a O’Hagan en una persona viva; viva y brillante, y luminosa.

Y durante ese destello, su mujer le mira, y lo ve devuelto a la flor de la vida, joven como cuando los dos eran jóvenes.

Los desfibriladores cardíacos puestos a más de 450 julios dejan quemaduras por contacto. Las palas pueden chamuscarle el pecho al paciente. Cualquier joya metálica puede doblarse al rojo vivo, pendientes o collares. En los pectorales caídos del señor O’Hagan, el relicario con forma de corazón se ha calentado tanto que se le ha incrustado en el pecho, marcándose en él de por vida; o mejor dicho de por muerte. El relicario se ha abierto, el oro de ha puesto negro, y la foto del bebé que había dentro se ha enroscado y se ha chamuscado en medio de una nubecilla de humo.

Y los enfermeros se apartan del cuerpo muerto, y le dicen a su mujer que no han podido salvarle, mientras montones de periodistas se abren paso a golpes sólo para poder conseguir una foto del cadáver. Y, puede que sea un gesto de voluntad, o puede que le fallen las piernas, pero su esposa se derrumba sobre O’Hagan, con el relicario todavía al rojo vivo entre ellos dos.

domingo, 11 de abril de 2010

National Geographic

El joven taciturno y espinoso andaba paulatinamente con el pilóto automático de vuelta a su vivienda cuando un tipo, demasiado arrugado y canoso para su temprana edad, le sorprendió. Fue un intercambio rápido y sencillo de palabras; su palabrería arrogante y su chulería innata le servían igual que al ciervo macho le sirven sus cuernos: para jactarse ante la hembra y defender el territorio, siendo ello una hembra perteneciente a la especie homo habilis. En este caso, un especímen con singularidad propia: sus rasgos faciales delataban un probable empleo en un supermercado, e iba cargada con un carricoche en las manos y un bombo bajo el chándal azul. Así, mientras sus ojos reflejaban la completa ignorancia y su semblante la agresividad, su boca se tornaba en una mueca de desprecio burlón, y profería una serie de sonidos y fonemas, cuyo significado en castellano; por analogía ante el conocimiento de la lengua de otros especímenes de características muy similares; sería:
-Primo, ¿me das un euro?
El joven, con cierta ingenuidad y completa inocencia, se rascó los bolsillos, y, ante la negativa de la petición -en el límite con la exigencia- de aquel tipo, dijo:
-Sólo llevo una moneda de dos euros, ¿tienes cambio?
Sacando pecho y cruzando los brazos para reafirmar su postura, el tipo contestó:
-No, no tengo, primo.
La amabilidad natural del joven, perteneciente a una raza superior del homo sapiens, le llevo a, en un principio, darle la moneda. Pero, antes de que extendiese la mano con la moneda, el otro especímen cometió el error de, torpemente, meterse la mano al bolsillo derecho, y el tintineo del bronce replicó desde el fondo de éste. Entonces el joven cayó en la cuenta, ¿por qué habría de dar él algo por ese tipo que ni siquiera facilitaba tal ayuda? Y, con tal efervescencia que se sorprendió a sí mismo, espetó:
-Entonces jódete. Que te den por culo.
Para aquel tipo, aquella muestra de agresividad ponía en grave peligro su estatus de macho alfa, y con ello, el control absoluto sobre el especímen hembra, que miraba con sorpresa y desdén al joven. Así, intentó golpear al joven con su extremidad superior derecha.
La subordinación del cuerpo a la mente es algo común a todos los mamíferos, pero en él era algo diferente. Puesto que carecía de cerebro, sus brazos se agitaban desorganizados intentando golpear a su presa, la cual, con unas pocas fintas y unos cuantos golpes bien dirigidos, logró reducir a cero la resistencia e imposición que en un principio presentaba aquel tipo.
Mientras y desde el suelo, aquel tipo observaba, tras su pantalla de idiocia, al joven marcharse. El hecho de olvidar su cara para una posible revancha suponía anotar una derrota, lo cual en la escala de orgullo de su clan era algo inaceptable. Además, puede que luego fuese a cazarlo a su propio hábitat con los demás especímenes de su tribu. Y, puede también que intentasen asaltar a algún otro homo sapiens, pues cuando atacan en manada es cuando mejores resultados suelen obtener.

martes, 22 de diciembre de 2009

Esperando al comprador

Cuando llego a la aparcamiento acordado como lugar donde se llevará la transacción, veo que no hay nadie. Está literalmente vacío. Se me pasa por la cabeza la idea de que sea una trampa: un comprador de armas medianamente inteligente no llegaría tarde jamás a su trabajo. Desecho la idea al poco rato, ni Dios ni la ley saldrían de su agujero en una noche como esta. Todos prefieren apilarse junto a sus mujeres en sus casas, con sus trabajos para toda la vida, esperando a que el frío se vaya y el día caiga en lugar de hacer algo.
Veo a las ratas apilarse junto al cálido vapor de agua que despiden las alcantarillas de Nueva York. Da gusto ver cómo todo ese entramado, todo ese subsuelo lleno de agua caliente que caracteriza esta ciudad sirve para algo. Para calentar ratas.
Así que me saco la pipa y me pongo a esperar al jodido comprador. Me tiemblan las manos del frío al encenderla, y pienso que no es mala la vida de una rata, pero luego caigo, ¿y qué cojones nos diferencia? Yo también voy de aquí para allá, para donde vaya la basura, al fondo, hacia la alcantarilla, buscando algún tipo de calor que de alguna forma nada puede ofrecerme. Quizá ese tipo de calor que espero también se evapore.
Pero de una cosa estoy seguro, las ratas de verdad se libran de esperar. Y yo aquí, con el culo helado y tiritando esperando al jodido comprador. La gente dice que hay que hacer algo, que el tiempo se nos va y la vida se acaba. Y yo pienso que no, que siempre hay que esperar. Te pasas media vida esperando a terminar tus estudios, y luego esperando a terminar de pagar la hipoteca. Y para cuando has terminado, eres tan viejo que no puedes hacer otra cosa que esperar la muerte. La vida es así, tan seguro que aunque quieras perritos calientes y los tengas, siempre desearás estar haciendo justo lo que no estás haciendo.
Esa sensación de que hay algo más, de que la vida es más que lo que se percibe con los sentidos físicos te deja desconcertado, como las páginas arrancadas de un cuento para niños. Y te pasas la vida buscando, esperando una respuesta, y entonces, simplemente la diñas.
Yo, simplemente, no espero una respuesta, tan sólo espero al jodido comprador. Fumando con la pipa espero al comprador, y a la muerte. ¿Porque qué mejor manera de esperar hay? Lo único razonable es sentarse a fumar, y dejar que todo te lo hagan, y que el tiempo traiga al comprador y a la muerte.
Sólo me falta el calor de las ratas, eso seguro.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Mi ración individual de amigo

Es cierto eso que dicen que el tiempo no quiere decir nada, que no es lineal, y que el inifino es buen momento para comenzar. Yo podía estar bajando las escaleras hacia el andén, pero también estaba en el dentista el día que me pusieron aparato. Mi mente hacía que estuviese en todas partes a la vez. Pero había algunas de ellas en las que estaba especialmente. Y podría algún día dejar de estar en el dentista, o en el tren, o en clase, pero nunca abandonaría esos lugares. Aún muerto y enterrado seguiría en aquella cama, en aquel banco, en aquella palmera. En aquellos labios. De hecho, mientras escribo esto, sigo en aquel lugar.
Esos agujeros de gusano temporales; la memoria. Tienes que cuidarla bien, porque cuando lo has perdido todo es lo único que te queda.
Sentía como si todo el mundo me adelantase, pero la cola se convertía en caravana y avanzaba con pesadez. Decidí apartarme, apoyarme junto a una columna del andén y dejar que el tráfico fluyese sin mí. Un joven hizo lo mismo que yo. Se apoyó a mi lado y, olvidando la obviada ley de Renfe de prohibido fumar, encendió un cigarrillo. Me miró. Le miré. Le miré a los ojos, pero no vi nada. Sólo mi reflejo.
El tráfico de personas era lento pero fluído, recordaba a una cadena de montaje. Me imaginé al ser humano montado a piezas tal como se montaría un coche o una lavadora. Me imaginé grandes filas de clones humanos en formol alimentados como por una cadena de montaje y siendo preparados para el mundo laboral. Y me reí de mi ironía; justo tal como es ahora.
El chaval pareció comprenderlo. Él también miró aquel rebaño y se rió.
Supuse que en un mundo donde a los humanos se nos criase como a robots, se nos fabricase como a lavadoras, matar a un ser humano tendría un valor ético obsoleto, sería como matar un ordenador, o como matar una televisión. Y supuse que el amor, el odio, la alegría, o la tristeza no serían más que aspectos equiparables al de una computadora: rendimiento gráfico, procesaje de datos, cálculo líneal, etcétera. Tal vez incluso esos sentimientos estuviesen digitalizados. Y me volví a reír de mi ironía; justo tal como es ahora.
Pero él no se rió. Me miró.
Intenté explicarle "En el siglo XVIII, La Revolución Francesa mató al rey. En el siglo XIX, Nietzsche mató a Dios. Y bueno, en el siglo XX, la industria mató la esencia humana".
Y él contestó "Deberíamos subir ya. Vamos a perder el tren". El tren se había tragado la cola.
"¿A quién coño le importa?"
"A mí."
Y subió. Después subí yo. Pero antes fui al aseo procurando tardar lo máximo posible. No quería que supuese que me dejé influenciar por él.
Cuando me senté, sabía que iba en mi vagón; lo había visto entrar; lo que no sabía es que se sentaba justo a mi lado. Cuando me senté, él estaba leyendo un periódico. Me miró; lloraba; le miré, sonreía. Volvió la vista al periódico y dijo "Mi novia vive a trescientos kilómetros de mí". Me miró, le miré, y dije "La mía a setecientos". Volvió la vista al periódico.
Él se bajó en Valencia. Yo en Murcia.
No volvimos a hablar en todo el trayecto.
Pero no me importó. Yo todavía no estaba allí; estaba en otro lugar.

lunes, 26 de octubre de 2009

Retazos de mi memoria

Yo tenía 5 y tú 6

Y saltaba en los charcos y llenaba botes de mermelada con agua de playa mientras me alimentaba de cuentos y castillos de arena mojada.
Tú me decías que el mundo se acababa en la línea del horizonte, donde los barcos desaparecían y las gaviotas volaban y, claro está, yo te creía, te miraba embobada, pues adoraba tu risa y tu mirada serena
Siempre me decías, que al morir, viviríamos en una estrella.
Llegaste en enero, te fuiste en abril.

Habrían de pasar siete años más para saber de ti.


Yo tenía 12 y tu 13

Yo seguía viendo duendes y hadas tras los recodos, pero tú me mirabas ausente, con expresión de incordio.
Si me besaste, si te besé, si deseaste hacerlo o reprimiste un “tal vez”, no me di cuenta. No más de cien.
Sufría la intensidad del amor, como solo la sufren los adolescentes, lleno de pasión y vacío de mente.
Anhelante como el hambre pero tenso como la cuerda de un violín.

Habrían de pasar otros siete años para volver a saber de ti.



Yo tenía 19 y tú 20

Fui a esperar tu tren y creo que entonces me viste por primera vez. Como si antes no hubiera existido, como si hubieras olvidado los juegos compartidos. Pero tus ojos eran de gato, de soldado experimentado, me dijiste que no me recordabas, pero sentí que tus manos temblorosas te habían delatado. Si me besaste, si te besé, no recuerdo cuántas fueron, quizás más de cien.
Te sentí con la misma intensidad que el viento del sur. Ese que llegaba cargado de canciones extrañas, de aromas exóticos, que venía de improviso para dejarte olor a mar, pero desaparece empujado por el frío invernal.
Me quisiste o tal vez no. Me extrañaste o tal vez no. Me encadené a mi corazón como la flor a su jardín.

Pero habrían de pasar diez años más para volver a saber de ti.



Yo tenía 30, tú 31.


Te casaste, me casé y me recordaste aquella estrofa que alguna vez te canté: ¿Qué será de nosotros, cuando nos vayamos y otros ocupen nuestro lugar?
No entendías que todavía creyera en la magia, en los bosques encantados, que creyera que tú y yo nos habíamos estado esperando.
Con la traición de los amantes condenados, con el sigilo del ladrón escarmentado, nos unimos en un temor a despertar sin haber soñado. Con el reloj de nuestras horas miserablemente hibernado.
Si te supliqué, si me suplicaste por última vez, no lo recuerdo. No más de cien.
Seguiste tu camino hacia la rutina, hacia la última página del libro, la que dice FIN.

Habrían de pasar otros diez años, para volver a saber de ti.



Yo tenía 40 y tú 41

Soñamos nuestros sueños a través de nuestros hijos. Los amamos, los quisimos con la esperanza de pervivir en ellos. La cautela reemplazó nuestra pasión inicial, la que nos decía que todavía había marcha atrás, la que susurraba todavía hay tiempo, y con la mirada resabida de los que se creen perfectos, mitigamos nuestro dolor en la alegría del reencuentro.
Si te acordaste de mí, si me acordé de ti, no lo recordé bien.
No más de cien.
Con la angustia del desertor, o el miedo del vencido, nos separamos de nuevo, con nuestro orgullo herido.
Usamos la sonrisa forzada de comodín.

Y dejé transcurrir 20 años más para volver a saber de ti.



Yo tenía 60 y tú 61


Nos pesaba la vida cargada de sueños incumplidos, de deseos frustrados y un amor prohibido. Me reí, te reíste, lloré, lloraste.
Nos mirábamos sin entender los límites de nuestro abandono, el que nos hizo amarnos sin comprometernos a fondo sin entender que nuestro amor no fue una casualidad, que nos dejamos vencer por la desidia y la comodidad. Que dejamos un barco a la deriva, que ya nunca llegará a puerto, pues se perdió entre la bruma del mediodía, cansado y hambriento.
Nos miramos con la pena de quién pierde un ser querido, sin haberse despedido, sin haberse confesado. Con el ancla como un lastre a mis pies anudado.
No sé si te convencí.

Pero habrían de pasar otros 20 años para volver a saber de ti.



Yo tenía 80 y tu 81

Fue por una carta, una que me mandaste. Te lamentabas de lo pasado y lo que no me contaste. Que fue el miedo a tener lo que se pudiera perder, la debilidad de querer lo que puede desaparecer. Y ahora que parece que el tiempo se ha perdido, lloras por las lágrimas que debiste haber vertido.
Pero antes de que no puedas leer lo que te he escrito, me estoy riendo por la evidencia de lo que tú nunca has visto.
Tan simple es la realidad, que solo los niños la pueden contemplar. Los que llenan botes de mermelada con agua del mar y mojan su botas en los charcos recién formados.
Los que sueñan con vivir en estrellas y viajar sin descansar.
¿Es que no lo ves?

Ahora tenemos toda la eternidad…




Escrito por mi compañera Mallory Knox.

sábado, 17 de octubre de 2009

Conversation with mrs. Seussicide

Cuando entré, me limité a sentarme frente a ella. Esa terrible dualidad, estoy sentado frente a ella, pero en realidad no estoy aquí en absoluto.
Lo primero, las típicas preguntas rutinarias:
-¿Crees en el amor, Andrés?
El amor es para la gente real.
-Tú pareces real.
Odio a la gente real.
En realidad he venido por esto, le digo. Y me destapo el pecho y la barriga, dejando ver las largas cicatrices y las heridas a medio curar.
-¿Y por qué lo haces?
La automutilación libera endorfinas. Las endorfinas calman el dolor; es como un orgasmo. Me hago daño para olvidar que me estoy haciendo daño, le digo. Ya sabe, esa terrible dualidad.
-El sexo y la masturbación también liberan endorfinas.
Y yo me bajo los pantalones y le enseño lo que no tengo. Me lo corté a los quince años, le digo. Pero seguimos siendo hombres.
-¿Seguimos?
Sí, ya sabe. Esa terrible dualidad.
Sigue apuntando cosas en su libretita y veo que subraya algo. Luego pregunta:
-¿De qué trabajas?
No trabajo. Y dejé los estudios a los quince años.
-¿Para qué?
Para reírme de mí mismo, supongo.
-¿De ti mismo?
Sí, ya sabe. Esa terrible dualidad. Además, prefiero no tener nada.
-¿Por qué?
Por miedo a perderlo, supongo.
-Oh, vaya...
Y entonces me doy cuenta de que esta tía es una principiante sin idea de nada. Ni siquiera puede entender que yo y yo mismo seamos personas distintas.
-¿Y su familia?
Pienso en el viejo muerto, y en la vieja, que ahora está con ese tal sr. X. Sí, mucha preocupación por mí, pero bien sabe que cuando yo falte -y no es que me quede mucho- ella podrá fornicar a gusto con el sr. X. Ya le he dicho que papá no se merece esto, pero ella ni caso.
Incluso el día de mi entierro echarían un casquete de celebración. Al llegar de mi entierro, se sentarían en el sofá del salón y mirarían las fotos que hay en la estantería junto a él.
Ella le diría, con lágrimas en la cara: "Mira, en esta foto sale con su padre pescando".
Y él le tocaría las tetas.
Ella le diría, ya dejando de llorar: "Mira, en esta tenía seis años, y estaba aprendiendo a montar en bici con su padre".
Y él le tocaría el coño.
Ella le diría, algo ruborizada: "En esta cumplió los dieciséis, y vino a su cumpleaños su primera novia".
Y él le metería el dedo en el coño.
Y entonces mi espíritu y el de papá caerían al suelo, rompiéndonos en trozos de cristal, mientras ellos dos dan vueltas en el sofá y la habitación se llena de gemidos.
Por supuesto eso no se lo digo.
Le digo, la familia bien.
Y ella me dice que ya se nos ha acabado el tiempo.
Me extiende una receta médica y me dice que eso me ayudará a descubrirme a mí mismo.
Salgo de la habitación, decepcionado, pues no me ha ayudado en nada, y miro la hoja y veo que pone Dietilamina de ácido lisérgico 350 µg.
Y pienso, así de fácil es la psicología.

lunes, 12 de octubre de 2009

La historia de la foto

Esta es la historia de una foto.
Porque, cada uno de las cosas de este mundo, puede contarnos una historia, si es que la sabemos escuchar. Como el peluche abandonado por el niño el día de los Reyes porque tiene juguetes mejores. Si lo miramos muy de cerca, se nos antoja parecido a ese animal herido que se esconde entre nieblas de alcohol porque su mujer lo ha abandonado por su mejor amigo. Por analogía, incluso podríamos decir que ese peluche, ahora destartalado y roto, tiene la mirada de un perro abandonado. Esa mirada desarraigada y vacía que parece preguntar por qué, una y otra vez, como si la respuesta se le escapase. Quedaos bien con la imagen, porque siempre es la misma. Sólo hay que saber aplicar la perspectiva.
Bien. Imaginemos ahora una casa victoriana en las afueras de la ciudad de Londres. Imaginemos un porche de madera, mojado cuando llueve, y adornado con un árbol, luces, y adornos en Navidad. Imaginemos el coche aparcado en el garage, y la forma en la que se dislumbra la hogera desde fuera de la casa, y la sombra de sus habitantes salpicada sobre la ventana. Todo tiene buen aspecto. Cálido, familiar, afable, cariñoso, feliz. Una casa agradable con una familia feliz; quedaos bien con la imagen, porque siempre es la misma.
Imaginémonos ahora a un chaval con muletas, al que su jefe le está preguntándo cómo ha sido capaz de darle ese aspecto tan atrozmente real a la imagen CasaRota.jpg. Porque todas las cosas importantes tienen nombre en esta vida. Imaginémonos al jefe preguntándo qué ha usado cómo sangre para darle ese efecto realista. Imaginémonos al chaval con una sonrisa sarcástica preguntando ¿efecto realista?
Imaginémonos al chaval con la misma sonrisa cruel y burlona, ahora salpicada de sangre, huyendo de su casa con un ojo morado, la nariz rota, y unos cuantos efectos personales: algo de dinero, algo de ropa, y una cámara de fotos; mientras su padre corre detrás gritando que vuelva, que aún no ha acabado con él. Imaginémonos la misma casa, de aspecto majestuoso, contento e inmune, mientras el mundo se derrumba a su alrededor. Porque siempre es lo mismo; lo llevemos donde lo llevemos, siempre es la misma imagen: la casa cálida y acogedora por fuera, pero deprimida y destrozada por dentro. E imaginémonos ahora al chaval, respondiendo a las preguntas de su jefe que el truco para saber aplicar la perspectiva consiste en mirar más allá de la fachada de las cosas.
Demos un salto en el tiempo e imaginémos al chaval, viviendo en una pensión de alquiler de Londres. Le llevó una hora conseguir subir hasta el piso catorce, y aldededor de quince minutos para echar abajo la puerta. Imaginémonos un colchón sucio y apestoso al lado de un charco de pis, por donde pululan un montón de moscas. Imaginémonos el olor de la habitación; como si alguien hubiese muerto; y al chaval instalándose en ella.
Imaginemos el hobby del chaval. Imaginémoslo llevándolo a cabo cada vez que el pie se le curaba lo bastante. No es lo que un psicólogo aconseja, pero funciona. Porque la mejor forma de olvidar es sepultarte a ti mismo en los detalles.
Imaginemos al chaval pegando las puertas a las paredes. Pegando las paredes a los cimientos, y juntanto los pedacitos de la chimenea. Colgando los canalones. Hasta el más mínimo detalle con una exactitud y precisión matemática. Colgando las persianas, colocando las buhardillas. Pegando una enredadera de hiedra en un costado de la chimenea con las manos y las manos de los dedos pegados entre hilos de pegamento. Pegando la diminuta esterilla de la entrada. Colgando las lucecitas fuera, poniendo el buzón al lado de la puerta, y las diminutas botellitas de leche minúsculas en el porche. Mientras inhala el olor a pegamento, está terminado el jardín; sembrando la hierba, plantando árboles y poniendo el periodiquito doblado justo en la entrada.
Imaginémonos al chaval poniéndo las pilas en su sitio, y observando como las ventanas se iluminaban. Dejando la casa en el suelo de su desnuda habitación, apagando la luz y cerrando las ventanas. Y vista así, la casa, tiene un aspecto perfecto. Perfecto, seguro y feliz. Una bonita casa victoriana, con su familia en su interior. La luz sale por las ventanitas iluminando la hierba y los árboles, y las cortillas brillan, amarillas, en el cuarto del niño. Azules en el dormitorio de los padres. Imaginad todo lo que se puede hacer limitándose a juntar las piezas: los ladrillos rojos, la madera, el plástico y el cristal.
Imaginémonos al chaval llorando frente a la casa. Luego se quita el zapato y da un fuerte pisotón con el pie descalzo. Da un pisotón bien fuerte y luego otro. Sin importar cuándo le duelan el cristal, la madera y el plástico duro. Sigue y sigue pisando aunque la vista se le nuble y la mente se le desvanezca. Sigue y sigue pisando aunque el charco de su sangre se junte con el de orina. Y entonces, agarra las muletas, y va a por la cámara. A partir de ahí, sólo es cuestión de aplicar la perspectiva.
Imaginad, imaginad; y aplicad la perspectiva de la historia de la foto en otros objetos. Porque cada objeto en esta vida, hasta el más nimio, puede contar sus historias: desgarradoras, felices, asfixiantes y enfurecedoras. Y yo sólo os doy las piezas, vosotros tenéis que montar el puzzle. Imaginad todo lo que podéis conseguir.

domingo, 4 de octubre de 2009

Rebelión no es la palabra adecuada

Ese maldito disléxico de Einstein tenía toda la razón cuando afirmaba que el tiempo es relativo al observador. Cuando miras de frente el cañon de la pistola que sostiene la persona que te ama, el tiempo se comprime y tu vida pasa ante tus ojos. Justo en ese instante puedes meter tu vida en un segundo. Cuando uno oye hablar de un segundo puede imaginar algo fugaz, nunca nada eterno como el horizonte.
Es entonces cuando hago inventario de mi vida. Tu pasado suele tener la fea costumbre de sorprenderte cuando menos te lo esperas. Oyes ecos perdidos por todas partes como en una cinta estropeada. Un destello de ojos y ella aprieta la pistola contra tu mentón. Y mientras tu primer beso pasa ante tus ojos, sólo eres capaz de balbucear que qué hace. Qué haces, le dices.
O al menos eso es lo que yo imagino. Yo estoy en el otro lado de sus ojos y empuño el arma contra su barbilla. El cañón le oprime con la suficiente fuerza como para que se la zona de alrededor se le ponga rojiza.
Le digo que el cuento de la bella durmiente lleva toda la vida siendo malinterpretado, el príncipe no la besó para despertarla; alguien que ya lleva durmiendo cien años no puede despertar. Fue al revés: el príncipe la besó para despertarse de la pesadilla que le había llevado hasta ella.
-¿Y eso qué significa?, dice él.
Significa que yo soy tu bella durmiente, y que, de una manera u otra, estoy aquí para despertarte de tu pesadilla.
-Pero si disparas me matarás, dice él, entre casi sollozos. Sus ojos profundos reducidos a un espejo opaco que refleja parte de su incredulidad y desconcierto.
Yo le sigo que sí, que tal vez. Pero que a las personas a las que amas se les pueden hacer cosas peores que matarlas. Puedes dejar que que los maten ellos. Lo normal es quedarse sentado esperando a que el mundo lo haga por ti. Solamente tienes que leer el periódico. Aún así matar es sólo una palabra. Como amor. Amor es sólo una palabra; lo que importa es la conexión que implica. Así pues, tal vez no te mate. Tal vez te libere.
Él me dice que no, que me equivoco. Que las pistolas matan.
Y yo le contesto que las armas sólo limitan el disparo en una sola dirección. Que las personas disparan; matan, no las pistolas.
-En realidad en dos direcciones. Al igual que la bala atraviesa la carne de la víctima, hace añicos igualmente la imagen de la persona que aprieta el gatillo. Te has quedado fuera, cariño. No lo hagas, podemos hablar, me dice, en un tono lastimero más propio de un fantasma que de un hombre.
No lo entiendes, le digo. Nadie lo entiende. Hasta el viejo Orwell lo entendió todo del revés. El Gran Hermano no te está mirando, está ocupado en reclamar tu atención en cada momento que pasas despierto. En asegurarse de que siempre estás distraido. En asegurarse de que se marchite tu imaginación. Porque, es más fácil atiborrar a un pueblo de cosas que no necesitan que dominarlo físicamente. Ya nadie es dueño de su mente. Concentrarse y pensar es imposible. Somos esclavos, cariño. Esclavos en una prisión que no podemos saborear, ver, oler, tocar ni oír. Somos esclavos de nuestra mente.
Y él nada. Sólo sollozos. Como si un acto de servidumbre pudiese compensar todos estos años de despotismo. Porque sí, también lo hago por mí. El amor tiene un límite, un límite que a veces es superado por la forma de control masculina. Te odio porque te quiero.
La pistola ahora le comprime desde la frente. El círculo de la barbilla está morado, pero la zona de alrededor va recobrando el color natural.
Y él nada. Sólo sollozos.
Imagina que la persona a la que quieres va por la noche, cuando todos han salido, a tu oficina y te apunta con un arma a la cabeza. Imagina que la persona que se supone que vive para servirte amenaza con volarte la cabeza. Así se debió de sentir Dios con Nietzsche. Dominio no es la palabra adecuada, pero es la primera que se me viene a la cabeza.
Pero no nos engañemos. Le amo. Pero quiero ser libre. De él y de la sociedad.
Y él nada. Sólo sollozos.
Esa forma de ser alimentado es peor que ser observado, continuo. Las drogas, el divorcio, la televisión, la música, los libros, las enfermedades, el conformismo. Todas esas bonitas distracciones. Hay cosas peores que matar a las personas que amas. Puedes ver cómo los mata el mundo. Puedes ver cómo tu mujer envejece y se aburre. Puedes ver a tus hijos crecer y descubrir todas esas cosas de las que intentabas salvarlos, le digo.
Le pregunto si es esto lo que él esperaba tener como prototipo de vida perfecta.
No lo sé, me dice.
Le digo que debió haber supuesto que algún día moriría y que entonces todo su esfuerzo valdría cero. Toda esa esclavitud laboral para comprar cosas materiales que no necesitábamos se va por el retrete cuando mueres. Porque, ¿qué te queda? El residuo de una buena conciencia por haber sido un buen ciudadano, ya está. He muerto, pensarías, pero me queda la conciencia de saber que compré una casa y dos coches.
Vaya estupidez.
Y él nada. Sólo sollozos.
Así que disparo. Cierro los ojos y disparo. El retroceso del arma me hace daño en la muñeca.
Y él nada. Sólo cae por la ventana.
La paz de todos esos esclavos laborales que deberían estar volviendo a casa para continuar con su rutina con la tranquilidad de las vacas indias se ve turbada cuando choca contra el suelo. Supón que la vida pasada es algo así como un espejo que se ha roto. Intentas reconstruirla y llevar a cabo tus ilusiones, pero te cortas, y entonces ves reflejado en lo que te has convertido. Recuerdas todos aquellos sueños de tu infancia de ser astronauta, o estrella del rock, o futbolista deplazados por un oficinista rutinario y aburrido de traje y corbata a cuadros. Y, sencillamente, te hundes. Así es como se deben de sentir ellos. Así es como me sentí yo.
Porque, hay un momento que el futuro deja de ser alentador para convertirse en desmoralizador. Someterse no es la palabra adecuada, pero es la primera que me viene a la mente.
Y él, ese cuerpo ahí abajo, es lo que más quería en el mundo. No nos engañemos, lo quería y lo sigo queriendo. Pero su cuerpo muerto, tirado entre la multitud que forma un círculo a su alrededor, ha perdido toda humanidad. Ahora sólo es un cuerpo con traje y corbata.
Muy apropiado, porque alrededor sólo hay cuerpos con trajes y corbatas. No hay personas vivas en sus interiores. De hecho, cuando se paren sus corazones sólo será un mero formalismo, pues murieron hace ya tiempo junto con sus futuros.
Pero él ya es libre. La persona que quiero ya es libre. Ahora me toca a mí.
Cuando Dios creó el mundo, lo creó redondo para que no pudiesemos ver el final de nuestro camino. Pero yo sí puedo ver el final de mi camino, está ahí, contra el pavimento; mi mundo ahora es vertical.
Durante un instante, perdida en el aire frío, sentí la libertad y la perfección en cada uno de mis poros. Después se acabó, en el borde del final de mi camino.
Pero por ese instante de perfección y liberación todo había merecido la pena.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Venta de almas

18:29 PM. Grandes almacenes, sección de almas.

-Hola, señorita, ¿puede atenderme?
-Claro, ¿qué desea?
-Pues mira, estoy buscando un alma nueva, que por lo que parece la mía antigua se ha evacuado de mi cuerpo. Ha desaparecido completamente.
-Oiga, pues es raro, ¿cómo se dio cuenta de que ya no tenía alma?
-Pues hace unos días, que estaba tumbado en la cama. Y ya sabe, estamos en Septiembre y aún no hace frío, pero yo estaba helado. Me tapé con dos mantas y puse la calefacción a tope y aún seguía congelado. Además sentía como si algo se hubiese quebrado en mi interior, como si me faltase un pedazo o algo. Comprobé que tenía todos los dedos de las manos y de los pies, y entonces caí, y me dije "Oye, pues va a ser el alma".
-Es extraño, caballero. Normalmente las almas no se van así porque sí, algo muy malo habrá pasado. Normalmente se rompen y se quiebran, pero luego se pegan con el tiempo con el pegamento de la insensibilización. ¿Cuándo empezó usted a sentirse roto por dentro?
-Pues mira, fue el pasado domingo. Lo que pasa es que maté a hostias a mi mujer, ¿sabe? Le empecé a golpear con el puño en la cara hasta reducirla a una masa sanguinolenta, y creo que por eso se ha ido. Porque mi alma era de esas antiguas, ¿sabe?, no es de última generación, así que creo que no pudo soportarlo.
-Oh, vaya. Es lo que pasa, que los asesinatos pasionales van muy mal para las almas antiguas. ¿Me deja ver el hueco que ha dejado su alma, señor? Necesito examinarlo para ver qué almas irían bien con usted.
-Ah, claro, sí. Mire, está aquí, ¿lo ve? Junto al corazón.
-Vaya, vaya. Lamento comunicarle que está usted condenado, así que le tendré que dar almas que también que estén condenadas. Y es una pena, porque el pasado domingo nos llegó el alma de una señora, que era una bellísima persona, que murió a manos de su marido. Pero ya le digo, completamente incompatibles. También, eso que se ahorra, porque las almas que deben ir al cielo son mucho más caras que las condenadas.
-Joder... Oiga, ¿y de dónde sacan ustedes las almas? Curiosidad sólo, ya sabe.
-Ah, pues es sencillo. Verás, las cogemos de las personas que mueren antes de tiempo. Cuando una persona muere prematuramente, el alma aún no se ha preparado para evacuar el cuerpo, porque le pilla de imprevisto y tal, así que se quedan en el cuerpo. Nosotros las cogemos, y se las vendemos a otras personas, para que cuando mueran, las almas puedan alcanzar el cielo o el infierno.
-Bueno, ¿y qué almas cree usted que me vendrían bien?
-Pues mira, tenemos el alma de un joven que se murió hace poco. Uno de sus hobbies era tirarse a la vía del metro poco antes de que pasase para que la gente que había se tirase a salvarlo. Es un alma bastante depresiva, no creo que le dé mucho calor por las noches, pero supongo que si toma antidepresivos puede solucionarlo. Como parte buena, es un alma con la que no tendrá usted remordimientos, pues no sabe distinguir el bien del mal.
-Oh, ¿y cómo murió el chico?
-Pues... puso en práctica su hobby en una parada vacía, así que el tren le pasó por encima.
-¿No tiene otro alma mejor?
-Bueno, nos llegó una hace unas horas de un hombre de cuarenta y tres años. Era un hombre bastante egocéntrico y narcisista, así que gracias a ello, era feliz. Se creía perfecto; no le faltará autoestima ni calor nocturno con este alma. Además, tampoco tendrá usted remordimientos, pues es un alma fría, cruel y calculadora. Lo malo es que es bastante más cara que la del chaval.
-Hum, ¿y cómo murió el hombre?
-Pues se le cruzaron los cables, y salió a la calle armado con un fusil a disparar a todo el que se le cruzase por en medio. Montó una buena, mató a cincuenca y siete personas, de entre ellas, veintitrés policías. Al final un agente de policía logró reducirle de un disparo en la cabeza.
-Me gusta, me gusta. Se la compro.
-¿Para tomar aquí, o para llevar, señor?
-Para llevar, para llevar. Envuélvemela.
-Aquí tiene.
-Gracias... ¡Oiga, pero este alma tiene una mancha negra en el fondo! Y es bastante grande.
-Oh, no se preocupe. Dada su nula capacidad de culpabilidad, no le molestará en absoluto. Incluso puede quitarla, salta con facilidad si la ablanda usted rezando todas las noches, y luego frota con un poco de bondad.
-Hum, demasiado trabajo, ¿sabe? Pero bueno, si usted dice que no la notaré, me la llevo. Por curiosidad, ¿a qué se deben las manchas? ¿No tiene ninguna sin manchas?
-Oh, sin manchas hay muy pocas. Sin manchas sólo están las almas puras, las que aún no están ni condenadas ni salvadas; las almas de bebé. Sólo nos quedan tres almas de bebé que murieron por la muerte súbita, y ninguna de las tres es de su talla. Y, las manchas, pues se deben a toda una vida de maldad y pecados, por eso todas las almas de adulto tienen manchas. Tarde o temprano, todo el mundo comete pecados.
-Vaya... Pues muchas gracias, señora. Intentaré cuidar de este alma lo mejor que pueda. Adiós.
-Disfrute de su compra, señor. ¡Adiós!

lunes, 21 de septiembre de 2009

Hartos de todo (II)

La insípida pero sórdida naturaleza de la realidad me produce desasosiego, pero sólo sucede porque, según mi raciocinio, es el bajón post-cocaína quién hace que esas feas reflexiones que deberían ser fugaces perduren, atasquen las cañerías de mi sistema y le obliguen a uno lidiar con ellas. Voy con el pilóto automático encendido, pero me doy cuenta de que ahora me dirijo hacia la guarida de Carlos.
Su rostro consumido está pálido como la ceniza, pero se le iluminan los ojos al reconocerme. Cuando intento pasar, el astuto cabrón arquea el cuerpo sobre la puerta y me lo impide. Está de un espitoso que te cagas; esa masa negra dorada de cadenas, anillos y dientes raperos.
Noto el olor a amoníaco, y veo que tiene una pipa preparada. Me ofrece una calada. Una sola calada. Le pego una chupada larga y profunda mientras sus maníacos ojos me animan y su mechero quema las piedras. Al retener y aspirar lentamente, noto ese ardor sucio y ahumado en el pecho y una flojera en las piernas, pero me aferro al pecho de Carlos y disfruto del cuelgue frío y revoltoso. Observo cada anillo, cada grano negro, cada cadena y cada mancha del techo con una minuciosidad repulsiva, lo cual debería repugnarme, pero no lo hace, porque esa parte de mi psique se encuentra estremecido en el lado frío de la habitación.
Carlos no pierde el tiempo, ya prepara otra dosis en esa oxidada cuchara y extiende el lecho de cenizas sobre el papel con una delicadeza violenta que me deja asombrado. Primero mira la cuchara, después la parafernalia, y después pregunta algo.
¿Que si tengo la pasta? No, musito, no la tengo. Pero tú vas a darme otra calada de esa pipa. Pasará algún tiempo hasta que pueda permitirme siquiera un gramo de coca. Pero qué cojones, eso carece de relevancia cuando estás realmente enganchado.
Oh-oh, mala respuesta. ¡Vaya negocio! Ahora en lugar de sostenerme en el cuerpo de Carlos, lucho condecoradamente aunque sin esfuerzo por tratar de no cagar mis dientes mientras él me golpea frenéticamente, y yo busco mi navaja. Entonces una lluvia de su egagrópila sangre tiñe de rojo las proximidades, y el sentimiento de desprecio por mí mismo acaba jugando al parchís con el resto de mi psique en el lado frío de la habitación.