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lunes, 14 de diciembre de 2009

Sufrimiento y Arte

Algo que nunca te enseñan en la facultad de buenas artes es que, de acuerdo con el escritor Thomas Mann, para hacer buen arte hay que sufrir.
Ningún libro de arte hablaría sobre Nietzsche y su sífilis terciaria. Sobre Mozart y su uremia. Sobre Paul Klee y el escleroderma que le encogió los músculos y las articulaciones hasta la muerte. Sobre Frida Kahlo y la espina bífida que le llenaba las piernas de llagas sangrantes. Sobre lord Byron y su pie deforme. Sobre las hermanas Brontë y su tuberculosis. Sobre el suicidio de Mark Rothko y Hemimngway. Sobre Flannery O'Connor y su lupus.
Algunas pinturas al óleo están llenas de plomo, cobre u óxido de hierro. Grandes artistas como Vinvent van Goght o Toulouse-Lautrec se intoxicaron con ellas al retorcer el pincel con la boca para darle más punta.
Pinturas tóxicas, absenta y sífilis. Venenos, drogas y enfermedad. Inspiración.
Todo arte es autorretrato. Quizá por eso la inspiración necesita enfermedad, heridas y locura. Quizá por eso el arte necesite, en cierto modo, autodestrucción.
Paganini, quizá el mejor violinista de todos los tiempos, sufría la tortura de la sífilis, la tuberculosis, la diarrea, la ostiomielitis en la mandíbula, las hemorroides y las piedras en el riñón. El mercurio que le hicieron tomar los médicos tomar para su sífilis lo envenenó hasta que se le cayeron los dientes, la piel se le volvió de color gris blanquecino, y perdió el pelo. Paganini tenía el aspecto de un cadáver, de algo putrefacto, de haber muerto, pero cuando tocaba el violín se convertía en inmortal.
También padecía el síndrome de Ehlers-Danlos, una enfermedad congénita que le dejó las articulaciones tan flexibles que era capaz de doblarse el pulgar hacia atrás y tocarse la muñeca. De acuerdo con Thomas Mann, justamente aquello que lo torturaba le convertía en un genio.
Todo es autorretrato.
Miguel Ángel era un maníaco-depresivo que se retrato a sí mismo como mártir flagelado en su cuadro. Henri Mattise dejó la abogacía por una apendicitis y comenzó a pintar. Robert Schumman solamente empezó a componer después de que la parálisis de su mano derecha terminara con su carrera de concertista de piano.
Tal vez la gente tiene que sufrir de verdad antes de poder arriesgarse a hacer lo que aman.

sábado, 28 de noviembre de 2009

No sé decir que no

Una vez conocí a una chica que se pasaba todo el tiempo escuchándote. Se podría decir que todo lo que sabía, lo había aprendido escuchando. Tanto al verbo como al escrito. Apilaba todos aquellos libros dentro de su cabeza; subrayándo, anotando, arrancando hojas. Filosofía, sobre todo. La poca gente que la conocía, adivinaba sus opiniones por la modulación de esa risa. A pesar de los cigarrillos, seguía siendo aterciopelada.
Así, una carcajada limpia y seca venía a significar que eras rematadamente tonto. Su variante, una sonrisa corta venía a significar "Eres sumamente tonto pero comparto tu opinión". Una risa suave y agradable significaba que le gustaba tu opinión; pero aún quedaba cierto brillo de astucia en sus ojos que revelaba algo que a la gente no le terminaba de gustar. Si algo podía confundir a la gente, era cuando se reía hacia dentro, discreta y poco sonorizada, pero aún así intensamente. Esa era la risa que usaba cuando no se reía de nada en concreto, sino de ti.
Solía decir que la humanidad no pensaba, y aún así existía. Solía decir que le gustaban los piercings porque era lo más cercano a la automutilación aceptada socialmente. Cierto día, le dije que era el día más largo del año, que si no le recordaba a algo. Era su cumpleaños. Ella me dijo que últimamente todos los días lo eran.
Los mejores momentos que pasé con ella era cuando no pasaba nada, y entonces la realidad se desplazaba a un segundo plano.
Un día, cuando empecé a redactar mis primeras gilipolleces, me dijo, a camino entre el bromeo y la seriedad, que a ver si un día escribía algo sobre ella.
Y aquí me tienen, nueve meses después de que desapareciera. No sé decir que no.

miércoles, 19 de agosto de 2009

Esos ruidoadictos... (II)

La gente desde lo alto del piso se ve muy pequeñita. Van de un lado a otro, con sus maletines en sus manos. O con sus hijos. O con las novias, o con bolsas de la compra. O con helados, o hablando por el móvil. Los que no, las llevan en los bolsillos. Así parecen parte de algo. Parece que forman parte de la multitud, de la sociedad. Quizá con las manos ocupadas, todo parezca tener mejor aspecto. Quizá, simplemente, no sean las manos: sea el tener algo, algo que hacer; y mantener las manos ocupadas sea el mero símbolo de que tienes algo. Pero parecen todos tan normales y felices. Nadie pensaría que entre esa multitud hubiese algún esquizofrénico capaz de secuestrar un autobus escolar y de estrellarlo contra un hospital, o que haya alguien tan deprimido como para estrangularse con sus propios intestinos.
Quizá sea la altura. La forma de ver la perfección es contemplándola muy de lejos. De cerca siempre se ven las imperfecciones. Desde lo alto, todo parece una sociedad perfecta. Quizá si nos acercamos y miramos en el interior de cada uno podemos ver lo mal que va la cosa.
Así nos debe de ver Dios. Pequeñitos y felices. Como si todo fuese bien. O quizá a Dios se la sople todo. Él nos creó a su imagen y semejanza; con toda seguridad que él también tiene sus problemas de los que ocuparse, y no de los problemas ajenos. Con toda seguridad que él no busca otra cosa que una solución para sus problemas.

Y tal vez la solución al ruido sea más ruido. Retransmitir mi dolor o mi alegría o mi enfado por todo el vecindario con el equipo de música puesto a tope. Tal vez la solución a mis problemas sean más problemas. Problemas más gordos de los que preocuparme.
Das un fuerte puñetazo a la pared, y luego otro. Después otro que precede al siguiente. Hasta que los puños te sangren y dejen su marca en la pared. Hasta que los dedos se te desarmen y te crujan.
El cuerpo humano tiene una capacidad limitada de sentir dolor y placer. Cuando se alcanza el límite, ya no se siente nada. Así que la respuesta al dolor puede ser más dolor. De cualquier manera, el dolor físico puede mitigar el dolor emocional.
Más sufrimiento para ahogar el sufrimiento. Dolor para ahogar el dolor. Ruido para ahogar el ruido.
Pastillas contra pastillas. Quizá la solución sea el exceso y no el defecto.

No sé de dónde he sacado esta idea.
Los expertos en la cultura de la Grecia antigua dicen que la gente de aquella época no creía que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando los griegos de la Antigüedad tenían una idea, creían que un dios o diosa les estaba dando una orden. Apolo les estaba diciendo que fueran valientes. Atenea les estaba diciendo que se enamoraran. Ares les decía que asesinaran a su vecino. Hefesto les decía cómo resolver una ecuación.
Ahora la gente oye un anuncio de un cosmético que te deja la piel tersa y elimina las arrugas y salen corriendo a comprarlas, pero a eso lo llaman libre albedrío. Por lo menos, los griegos de la Antigüedad eran sinceros.
Y sigo golpeando la pared hasta que el vecino de abajo empiece a dar puñetazos al techo. Y haga ruido. Su respuesta es más ruido para ahogar el ruido.
Porque una planta también puede morir por exceso de agua.

lunes, 17 de agosto de 2009

Esos ruidoadictos...

Alguien está viendo Siete Vidas a todo volumen. Su sonido se filtra por el techo. El estruendo de las risas de la televisión hace vibrar cada una de las células doloridas de mi cabeza. Todos esos sonidos de risas en la televisión se grabaron durante los cincuenta, lo que dicta que hoy día la mayoría de gente a la que se oye reír está muerta. Muerta y enterrada. Su estruendosa risa transformada en un silencio frío y fertilizante. Y este sonido, este estruendoso sonido es su legado. Un parásito, algo que sobrevive al ser humano. Algo que sobrevive al cuerpo y al alma.
Alguien está tocando un bajo a todo volumen. Su ruido atraviesa el patio interior y hace gemir cada uno de los papelitos que tengo encima de la mesa.
A mi derecha se oye un ruido de batalla. Se oyen disparos de M1 Garand y de MP40. Se escucha una MG-42 y una Thompson. Se escucha un rifle de francotirador Springfield, y ruido de bombardeo por artillería y aviación. O bien en la casa de al lado se está librando una batalla en la que un contingente alemán se defiende de la invasión norteamericana en las playas de Normandía o bien alguien tiene la televisión puesta demasiado alta.
Esta es la gente que necesita que su televisor esté encendido todo el día. Gente que llena sus vidas de ruidos y ruidos para no poder escuchar su propio silencio. Estos son mis vecinos. Estos son el mundo entero. Estos adictos al ruido, que tienen fobia al silencio.
Todos los sonidos se filtran por las paredes y se mezclan: la risa de los muertos con la grave vibración de un bajo con la batalla de la Segunda Guerra Mundial.
Y al día de hoy, esto te lo venden como "Hogar, dulce hogar". Este asedio de ruidos. Te lo venden como civilización y sociedad. Te lo venden como progreso.
Y se inventan pastillas y píldoras para las imperfecciónes que deja "el progreso" en ti. Pastillas para poder dormir, pastillas para el dolor de cabeza. Pastillas para las contracciones musculares, y pastillas para los que escuchan voces. Pastillas para el hipersomnio. Pastillas para la depresión. Pastillas con efectos secundarios.
Pastillas con efectos secundarios para arreglar los efectos secundarios de otras pastillas. El apaño que cubre el desperfecto que ha dejado otro apaño que cubría una imperfección que dejaba otro apaño y así sucesivamente.

Siempre he querido encontrar mi Nana. Encontrar un sonido, o imagen, que cuando sea escuchado o visto sea interpretado por el cerebro. Y le envíe un mensaje. El mensaje de morir, de ser desconectado. Cantar una palabra, enseñar una fotografía, y matar a una persona.
Y enviarlos a todos al espacio exterior, donde no hay aire, por lo que no se transmite el sonido. Convertir todo su ruido en un silencio frío y fertilizante.
Pero aún quedaría su legado. Todas las películas, y la música. Todos los documentales, informativos, reportajes y series de televisión. Todo el ruido grabado.
Matarlos sería el apaño que cubre un desperfecto pero deja otra imperfección.

¿Qué se puede hacer? ¿Toda solución a un problema causa otro problema? ¿Hay alguna solución definitiva? ¿O estamos condenados a vagar restaurando los problemas causados por soluciones anteriores?

domingo, 16 de agosto de 2009

El recordatorio

En mi peripecia para buscar cerveza a las 3 y pico de la madrugada me he dado cuenta de dos cosas.
La primera, es que el cartel de "Abierto las 24h" del chino de abajo miente.
La segunda se remonta bastante tiempo atrás. Por aquel entonces yo estaba bastante deprimido. Una amiga me dijo que todo era mental, pues no tenía razones reales para sentirme como me sentía. Que todo era sugestión. Que si no podía desde dentro que lo hiciese desde fuera. Que o eso o que me hinchase a pastillas y píldoras de fluoxetina. O de venlafaxina. O de bupropion. O de sertralina, o de citalopram o derivados.
Creí que lo conveniente era hacer lo primero. Con un permanente rojo, y un taco de post-it amarillos fui adornando mi vida. Dándole color; el color rojo que se supone que ha de tener la felicidad. Con el rotulador escribí en grande en un post-it HOY VOY A TENER UN BUEN DÍA, y lo pegué en la parte que daba para dentro de la puerta de mi habitación. Cada mañana lo leía y me lo repetía a mí mismo al levantarme hasta creérmelo. Me levantaba de buen humor, y todo parecía tener mejor aspecto. Las chicas eran más guapas. La comida sabía mejor. Me iban mejor los exámenes. No sabía cómo, pero la cosa funcionaba. Aún era insuficiente, me dejaba con ganas de más. Pronto la técnica hallanó otros espacios.
Pronto empecé a poner post-it en el frigorifico que decían VOY A DISFRUTAR DE UNA SALUDABLE COMIDA. O más en la ducha que decían VOY A QUEDARME LIMPITO Y FRESCO. Ponía más en los libros diciendo VOY A DISFRUTAR DE ESTE LIBRO. Y en las películas, y en los discos de música. Y en los videojuegos, y en el monitor del ordenador.
Llené el techo de mi habitación con post-it que decían HOY VOY A DORMIR BIEN. Cuando no HOY VOY A TENER DULCES SUEÑOS. En la puerta de la calle ME LO VOY A PASAR GENIAL FUERA. Y en las puertas y en las paredes. Y en las ventanas y en las persianas. Y en los altavoces del ordenador. Hasta en los lápices VOY A UTILIZAR BIEN ESTE LÁPIZ.
Y cuando más lo hacía, más quería. Me convertí en un adicto.
Si no seguía embadurnando mi vida de ese rojo sobre amarillo me volvía a deprimir lentamente. Necesitaba más y más, para mantener ese estado de felicidad.
Sobre el lavabo QUÉ AGRADABLE ES LAVARSE LAS MANOS. En las toallas GRACIAS POR SECARME. En los paraguas GRACIAS POR PROTEGERME DE LA LLUVIA.
Los mensajes ya no eran de autoayuda. Eran mensajes optimistas y ya está. Pronto comencé a repetir los mentajes. A poner varios post-it con el mismo mensaje en el mismo objeto. A darle a toda mi vida un plumaje de papel amarillo con los objetos de mi casa.
En los periódicos GRACIAS POR MANTENERME AL DÍA. En las gomas GRACIAS POR BORRAR MIS FALLOS.
Un día mi padre dijo que ya bastaba, que estaba hasta las pelotas de los post-it que había hasta en la sopa. Me dijo que los quitase todos. Y desaparecieron los post-it que había sobre las estanterías que decían GRACIAS POR SOSTENER MIS LIBROS. Y los que había en el horno y en el microondas que decían GRACIAS POR CALENTAR MI COMIDA. Y todos los demás.
Y la depresión volvió. No me sentía realizado, no sentía nada de nada. Sentía que mi vida era una absurda pérdida de tiempo. Que el tiempo se acababa, y que moriría sin haber hecho nada que mereciese la pena. Así que pinté en la calle un mensaje que leería cada vez que saliese, durante el resto de mi vida, que decía HOY ES EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE TU VIDA, para sentir que todavía tenía toda la vida por delante para hacer algo que mereciese la pena.
Y la segunda cosa de la que me he dado cuenta, es que alguien ha tachado con una cruz la palabra primer con un rotulador negro sustituyéndola por la palabra peor. De forma que queda HOY ES EL PEOR DÍA DEL RESTO DE TU VIDA.
Cogí el permanente y bajé para intentar corregirlo, pero ya no pintaba. Se había gastado. Y me di cuenta de que mi esperanza roja había desaparecido, se había gastado de la misma manera que lo hace un rotulador.
Así que cada vez que salgo me encuentro con ese mensaje, me mina de forma implacable. Deprimiéndome. Haciéndome sentir que cada día es el peor día de mi vida.
Y puede ser que tenga razón.




miércoles, 10 de junio de 2009

Declaración indecente

He estado unos días fuera, pero ya he vuelto. No sé si para bien o para mal, pero el vestigio escatológico este ha vuelto. Menos centrado y con la mente más obtusa que nunca, quizá debido a ese par de reflexiones que descentran mi mente. Así que mañana os prometo relatos, pero hoy tengo que escribir esta mierda. Simplemente tengo que escribirlo, creer que alguien lo ha leído, o simplemente que alguien lo puede leer. Es una tontería, pero no puedo guardármelo dentro. Simplemente no puedo. Simplemente, todo es así de simple. He de hacerlo.

¿Debo decírselo? Esa vaga sensación de disconformidad que compone una parte de mí me dice que sí; esa parte imposible de saciar, que nunca me abandona, sean o no momentos álgidos. Pero supongo que todo el resto de pruebas lo arrollan en sentido contrario: yo no estoy hecho para eso. No hay más que mirar atrás, ver mi largo historial de fracasos, y preguntarme si de verdad mereció la pena decírselo a ellas.
Porque todo acaba. Todo se termina, y todo se pierde. Lo que se debe determinar es si de verdad merece la pena lo que se ha perdido comparándolo con lo que se ha ganado, con lo que se ha aprendido. No importan todos esos minutos que se convierten en días, días que se convierten en meses; no importan todas las caricias, ni los besos, ni los abrazos; las palabras quedan lejos, las miradas parecen confusas; es entonces cuando ella se vuelve una extraña. Estaréis igual que al principio, como si os acabáseis de conocer. Ella es una extraña, y tú estás incómodo a su lado. Ella no es la misma persona que te besaba, ni que te decía que te quería, ahora es alguien muy diferente. Y cuando esa empalagosa sensación de nostalgia se te hunde en el estómago cuando intentas dormir, entonces te lo preguntas: si ha merecido la pena. Si sus palabras decían la verdad.
Con la perspectiva del tiempo todo parece un error, pero lo cierto es que sólo recuerdas lo malo. Hundidos entre las arenas de los recuerdos, también hay buenos recuerdos. Buenos recuerdos que siempre pesaron más en su momento, y se hundieron en los malos recuerdos, de menor consistencia. Pero por alguna razón, cuando escarbas en los recuerdos, sólo sopesas lo primero que te encuentras: los malos recuerdos. Así que todo se reduce a eso, si merece la pena...

Muchas veces, al conocer a alguien, suelo avisar "Soy despreciable", a medio camino entre la seriedad y la broma. Eso no es del todo cierto, creo yo. Pero siempre lo digo, siempre tengo que decirlo. Quizá sólo sea una forma de justificarme a mí mismo el dolor de algún tipo que pueda causarle a la persona avisada. Quizá sea lo contrario, una manera de levantarle el ánimo a esa persona, decirle que ella no hizo nada malo, y que la culpa es mía. Sé que eso no es cierto, y ellas también lo saben. Pero es mi perversidad natural, tengo que avisar.
Otra prueba de mi natural perversidad es esta entrada. Quizá una de las abrumadoras pruebas que me llevan a publicarla sea esa; el hecho de que ella pueda estar leyéndolo ahora. Sintiéndose identificada con esa personita que significa tanto para mí. Quizá a la misma vez que lo esté leyendo, estará pensando en si es ella. Si debe darse por aludida.
Más de una vez le he lanzado alguna indirecta que es prácticamente imposible que no haya atisbado. Más de una vez se me han quedado atrancadas las palabras en la boca cuando intentaba decírselo; y creo que ella se ha dado cuenta.
Así que, si lees esta absurda entrada, si te sientes identificada, si sabes con certeza que eres tú, si tienes más agallas que yo, y si piensas que puede merecer la pena: no dudes en decirmelo.