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lunes, 21 de septiembre de 2009

Hartos de todo (II)

La insípida pero sórdida naturaleza de la realidad me produce desasosiego, pero sólo sucede porque, según mi raciocinio, es el bajón post-cocaína quién hace que esas feas reflexiones que deberían ser fugaces perduren, atasquen las cañerías de mi sistema y le obliguen a uno lidiar con ellas. Voy con el pilóto automático encendido, pero me doy cuenta de que ahora me dirijo hacia la guarida de Carlos.
Su rostro consumido está pálido como la ceniza, pero se le iluminan los ojos al reconocerme. Cuando intento pasar, el astuto cabrón arquea el cuerpo sobre la puerta y me lo impide. Está de un espitoso que te cagas; esa masa negra dorada de cadenas, anillos y dientes raperos.
Noto el olor a amoníaco, y veo que tiene una pipa preparada. Me ofrece una calada. Una sola calada. Le pego una chupada larga y profunda mientras sus maníacos ojos me animan y su mechero quema las piedras. Al retener y aspirar lentamente, noto ese ardor sucio y ahumado en el pecho y una flojera en las piernas, pero me aferro al pecho de Carlos y disfruto del cuelgue frío y revoltoso. Observo cada anillo, cada grano negro, cada cadena y cada mancha del techo con una minuciosidad repulsiva, lo cual debería repugnarme, pero no lo hace, porque esa parte de mi psique se encuentra estremecido en el lado frío de la habitación.
Carlos no pierde el tiempo, ya prepara otra dosis en esa oxidada cuchara y extiende el lecho de cenizas sobre el papel con una delicadeza violenta que me deja asombrado. Primero mira la cuchara, después la parafernalia, y después pregunta algo.
¿Que si tengo la pasta? No, musito, no la tengo. Pero tú vas a darme otra calada de esa pipa. Pasará algún tiempo hasta que pueda permitirme siquiera un gramo de coca. Pero qué cojones, eso carece de relevancia cuando estás realmente enganchado.
Oh-oh, mala respuesta. ¡Vaya negocio! Ahora en lugar de sostenerme en el cuerpo de Carlos, lucho condecoradamente aunque sin esfuerzo por tratar de no cagar mis dientes mientras él me golpea frenéticamente, y yo busco mi navaja. Entonces una lluvia de su egagrópila sangre tiñe de rojo las proximidades, y el sentimiento de desprecio por mí mismo acaba jugando al parchís con el resto de mi psique en el lado frío de la habitación.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Hartos de todo (I)

Mi enjuto rostro se contrae desde el otro lado del espejo y deja paso a una media sonrisa nerviosa, mientras me mira con esos enormes ojos glaciales. Exactamente, efectúo ocasionales visitas a los lavabos, aunque siempre para ingerir en lugar de excretar. Pero incluso mientras me meto por la tocha media economía colombiana, la cara hundida y mortífera del otro lado del espejo me evidencia la triste realidad: la coca me aburre. Nos abure a todos. Somos unos capullos apáticos hartos de todo, en un lugar que odiamos, destrozándonos con drogas de mierda para hacer frente a la sensación de que la verdadera vida transcurre en otra parte. Conscientes de que lo único que hacemos es alimentar la paranoia y el desencanto, pero pese a ello, siendo demasiado apáticos para dejarlo. Porque, por desgracia -o no-, no hay nada que tenga el sucifiente interés para dejarlo.
En cosa de diapositivas han pasado tres días y estamos en un piso para pegarle al crack mientras un capullo habla sobre todo lo que le costó conseguir el material y que más vale que lo paguemos o nos vayamos a tomar por culo. Los billetes arrugados aparecen a regañadientes mientras el tufo a amoníaco inunda el ambiente. Siempre que esa horrible pipa toca mis labios, haciéndome ampollas, me entra una sensación de derrota y de náusea hasta que la calada me envía al otro extremo de la habitación: frío, helado, contento, pagado de mí mismo, diciendo chorradas y tramando planes para dominar el planeta.

martes, 21 de julio de 2009

Fiesta en casa Roy

"Detesto esa puta mierda, joder" declaró Rant, "¿qué tiene de fuste follar con un durex puesto? Puto sexo seguro, puta muerte segura. Si no hay riesgo ni incertidumbre no se disfruta, joder."
"Que te jodan, Rant. Es mi polla y hago con ella lo que me salga de los cojones", contestó Victor, a medio camino entre la risa y el enfado.
"Vale, pues que te den por el culo".

Las discusiones de borrachines eran un problema secundario, nada comparado con Roy. Roy era el problema principal. Este es su piso, es su reino, y parece haberse propuesto que todos lo pasemos bien. En lo que a mi experiencia se refiere, ese es el "nos" mayestático de Roy, pues el único que lo pasa bien es él. Pasarlo bien según su criterio es tener que aguantar su mierda de discos de Simply Red, U2, y demás grupos de rock comprometido toda la noche, mientras nos cuenta sus batallitas sexuales.
De eso tratan, más o menos, las relaciones públicas de Roy. La gente trata de aguantarlo y aumentarle el ego mediante comentarios halagadores a las mismas historietas que ya ha repetido hasta la saciedad, poniéndo gran esfuerzo en parecer que es la primera vez que las escuchan. A cambio Roy no te partirá la cara, y si algún otro cabrón pretende hacerlo ya se ocupará él de hacer que se arrepienta.

Ahora Roy le está dando la barrila a Adam. Adam asiente ecuánimamente mientras le temblequea la mandíbula por el ácido en el que está colgado. El muy capullo lleva encima cuatro pastis de ketamina. Se apostó conmigo a que se colocaría más que yo; que sólo voy de dos secantes de LSD; con esas cuatro. Y por ahora parece estar ganando, pues la charla que le está dando Roy sería difícilmente soportable si no fuese de ácido.
Adam es bajista en un grupo de punk mugriento. Había un gran proverbio que decía que si no tenías ni zorra de música, pero aún así querías crearla te dedicases al punk. Lo difícil sería clasificar al punk más como música que como una serie de ruidos grotescos canalizados estruendosamente por los altavoces. Pero de acuerdo con esa teoría, Adam sería un perfecto punk. Imaginad a un drogata pasado de ácidos con un viejo Sojing de cuerdas de niquel de 0.45 que suena a cascajo. Imagináoslo, y subidlo a un escenario dándo gritos. Fatal, ¿eh?
Ahora, en realidad Adam me ha contado que está tan colgado en los conciertos que apenas puede actuar. Así que se dedica a dar saltos y aporrear ese cascajo que tiene por instrumento, mientras hay un CD con las pistas de bajo grabadas en playback.

Todo en el piso, en la fiesta, va según tendría que ir.
Una furcia con unas Doctor Martens está ligando con un chaval. Se da la vuelta, y puedo ver las letras , poco sugerentes ellas, impresas sobre su camiseta que dicen INSERTE POLLA AQUÍ, y una flecha que señala el trasero.
Mientras Tommy está metiendose rayas de coca en la mesa de la cocina. Después estornuda, y un enorme moco blanco sale disparado, quedándose pegado en el suelo. Al ver que está lleno de polvo blanco, Tommy se agacha, lo lame, y lo lleva de vuelta a su interior.
Jane y Aston están teniendo una fuerte discusión sobre quien tiene más derecho a chuparle la polla a Richy, que está tirado en el sofá, totalmente ido por las gelatinas de metadona.
Marc está bailando en calconcillos delante de la televisión. Su novia se va del piso, como protesta por su comportamiento. Para empezar, Marc está tan borracho que ni siquiera había reparado en su presencia.
Unos yoncarras con arpones hacen trainspotting sobre sus siniestros, mientras un oso blanco pasa entre ellos dejando una estela rosa allá por donde anda.
"Hostia puta, Adam, ¿has visto el oso?"
"Nah, tío, en realidad es un perro-oso, sabes."
Y así es. Así es todos los jodidos fines de semana.
Para muchos, esta forma de vida parece aterradora y deprimente, y en cierto modo lo es, si no estás demasiado pasado como para no sentir nada. Para otros, es una forma de vida que les ayuda a superar todos sus errores; una vía de escape a la depresión y el aburrimiento.
Para mí, no podría ser más aburrida. Pero así es la vida, escoges y andas un camino. Y siempre es tarde para volver atrás y escoger otro.

miércoles, 15 de julio de 2009

London Crawling (III)

Convierto la carta de Gemma en una pelotita y la tiro a la basura. La dura vida del apático emocional; la dura vida de un autista emocional.
Pero lo daría todo, lo daría todo sólo por ver en su cara reflejado el momento en el que tiro su carta a la basura. Lo daría todo sólo por tener uno de esos teléfonos en los que se oye todo para que, cuando me llamase, escuchase la cadena del retrete. O para que escuchase el sonido de un huevo friéndose. Y entonces sabría que me la suda.
Un espasmo de bienestar recorre mi cuerpo justo cuando veo cómo el papel arrugado se cuela en la papelera. Oh, qué bonito es dejar a alguien cuando aún quiere verte. Porque indudablemente tendrás que dejarla cuando no quiera volver a verte.

Hecho esto, bajo a comprar el periódico para ver las necrológicas. La muerte, la única prueba de que no todo es verdadero, auténtico e invariable. Todo se acaba, todo se pudre, todo se marchita, todo cambia.
Llega un momento en el que puedes medir tu propia muerte en función de las muertes ajenas. Cuando compras bombillas no sabes que estás limitando tu vida al registro de luz. No sabes que cada bombilla de esas dura unos cinco años aproximadamente. Entonces caes, cuando ya has cambiado unas siete bombillas, te das cuenta de que probablemente no vayas a poder cambiar otras siete.
Terminas el instituto, ¿y ahora qué? Universidad. ¿Y ahora qué? Te casas, compras una casa, crías una familia. ¿Y ahora qué? Terminas de pagar la hipoteca. ¿Y ahora qué? Y entonces te mueres.
Y te das cuenta de que no hay nada que haya justificado tu existencia. Has hecho todo lo que se supone que hay que hacer. Has sido obediente. Has criado una familia, y te has aburrido trabajando todos los días de tu vida. Has sido un buen ciudadano. Has cumplido tu papel en el ciclo vital de la vida dejando descendiencia. ¿Pero qué ha sido de ti? Has sido ciudadano, has sido padre, has sido contribuyente, has sido marido, has sido comprador, has sido mecánico. Has sido todo lo que se supone que hay que ser, pero no has sido .
¿Qué desearías haber hecho antes de morir? Escribe un libro, construye una casa, esculpe una estatua, pinta un cuadro, compón una canción. El arte es la única manera de inmortalizar. Convierte tu vida en una obra de arte. Inmortalízate.
Por eso miro las necrológicas, es la única manera de sentirme vivo. Treinta y dos años y no he vivido. Sigo siendo un niño de treinta y dos años. Por eso visito las tumbas todos los días.
Las juergas con alcohol y drogas tenían su gracia al principio. Pero dejan una cuenta de linfocitos espantosamente baja. Casi puedo sentir la tuberculosis incubándose en el interior de mis pulmones. Meciéndome suavemente con cada inspiración y espiración.
Me voy a morir y este no puede ser el final. Tiene que haber algo más. Necesito que lo haya.
Por eso siempre pego el oído a las criptas, intentando escuchar una respiración agitada y el sonido de los arañazos. Por eso siempre que veo a alguien saliendo de Bunhill Fields pienso que, por favor, que esté muerto.
Incluso yo acorralado por una horda sedienta de sangre de zombis sería feliz. Incluso si me matasen y me eviscerasen sería feliz. Porque sabría que hay algo más. Que no es el final.

martes, 7 de julio de 2009

London Crawling (II)

Algunos se creen es quedar con una tía, y ya se baja ella las bragas. Pero no... Primero toca aguantar sus pajas mentales en la cena de rigor -la cual por supuesto tendrás que pagar tú- sus comentarios y su insulsa y aburrida charla hasta bien entrada la madrugada. Y si después de semejante lobotomía y de un riguroso asalto a la cartera has sobrevivido, entonces a lo mejor, pero sólo a lo mejor, habrá sexo.
Demasiado rollo para echar un clavo, preferiría irme de putas: mucho más barato incluso con las mejores, además de que puedes escoger tú y no te dan la brasa.
Pero ya basta de aborrecerme a mí mismo y a la humanidad; hoy quedé con una chica que conocí en mi anterior trabajo como maquinista. Ella era mi superiora, la manda-más. Desde una oficina en lo alto de la entrada oeste de la fábrica dirigía todo el cotarro. Ocurre que quedamos a cenar una noche para hablar sobre lo de mi indemnización. La velada fue bien; tan bien que hoy, dos meses y seis días después, me ha vuelto a llamar.
Gemma, se llama; trajeada, entusiasta y bonita.

Cuando la cena acaba, no queda más remedio que ir a mi casa, a mi destartalada casa en Hackney. Mientras vamos en taxi adentrándonos en las miserias del barrio, las ladinas miradas de soslayo de Gemma, discretas y furtivas, me indican que sus expectativas se reducen con cada semáforo que dejamos atrás.
Cuando entramos, noto su decepción en estado de crispación, mientras hecha un vistazo y yo me disculpo por el desorden de la casa. Cuando en realidad creo que está a punto de lanzar el último pílum del rechazo, ahoga su crispación en un vaso de amabilidad, respira hondo y dice: "¿Podemos sentarnos a hablar un poco?".
Y así es todo, el conejo se ha metido en la madriguera del lobo. Nos sentamos en la cama y empezamos a hablar sobre trivialidades, mientras a mí se me hace todo más difícil, pues sólo encuentro ganas de decir: cierra la puta boca y bájate las bragas, nunca más volveremos a vernos y si nuestros caminos se cruzan disimularemos nuestro bochorno con estoicismo y fingida indiferencia.
Lo más difícil es escuchar, pero también es lo más importante. La charla de antes del polvo. Todo es un ritual. El ritual a partir del polvo se vuelve de lo más deprimente.
Intento evitar el silencio, aunque me es difícil, y algunas de sus miradas -demasiado autocensuradoras como para resultar coquetas- lanzadas durante los lapsos de la conversación me indican que tiene algo importante que decirme.
Y entonces lo dice. Dice: "Te quiero". Mientras yo, de repente, me doy cuenta de su elegancia, su piel impecable, y esa sonrisa generosa.
Mientras noto esa sacudida de bienestar que va de la espalda a la cabeza, mientras ella se me acerca para besarme, yo pienso: ahora. Ahora es el momento de enamorarse. Sólo tienes que subirte al barco del amor, dejar que la entraña del amor os envuelva en un turbio embeleso. Y entonces mirarse estúpidamente a los ojos, jurar amor eterno.
Pero no. Hago lo de siempre y utilizo el sexo como medio de socavar el amor. Me abalanzo sobre ella, nos desnudamos, nos morreamos y lo hacemos.
Hago esperar el clímax hasta que pasa el expreso de las 01:32 de Liverpool Street, que lo hace retumbar todo, y entonces llegamos; llegamos los dos; y ella me declara su amor imperecedero a gritos.

Cuando se va a ir, no soy capaz de decirle nada. No soy capaz de sacar nada bonito de mi boca. Se queda en la puerta esperando algo, algo que se supone que debería decir yo. Tiene en los ojos ese aspecto culplable y dolorido de los rechazados. Mientras sale por la puerta, se me humedecen los ojos al pensar en su hermoso rostro. Fantaseo con bajar las escaleras gritando su nombre con un ramo de flores, abrirle mi corazón, jurarle amor eterno. Hacer de su vida algo especial, ser ese príncipe azul montado en un corcel blanco.
Esa fantasía... Pero no es más que eso.
Una asquerosa sensación de desamparo se apodera de mí cuando la veo alejándose por la calle. Decididamente sí, el ritual se vuelve sombrío y deprimente después del polvo.
Pero esa maldita fantasía: es fácil amar a alguien ausente, imaginárnoslo a nuestra medida; es fácil querer a quien no conocemos en realidad.
Y en eso soy un maestro.

viernes, 3 de julio de 2009

Sin sentir nada

Quería morir. Y pensé que lo haría, podía sentir que lo estaba haciendo. Desde luego, no era una muerte física; sentía que algo dentro de mí se había podrido. Como unos pensamientos cancerígenos que se extienden intoxicando al resto de sentimientos. Hacía tiempo que ya no sentía nada.
Ya parecía haber llegado el momento. En cierto modo, hacía ya algún tiempo que sentía que había llegado el momento, pero siempre procuraba ocultármelo a mí mismo.
Y ella me estaba haciendo sentir. Sentir de la misma manera que yo la hice sentir a ella. Me daba patadas con fuerza mientras me apunta con ese enorme rifle.
Me miró a los ojos, y yo le intenté sonreir. Gracias a Dios que lo había recuperado, que había recuperado todo lo que le quité: es preciosa.
Comprendía su dolor, comprendía su sufrimiento, que sencillamente tenía que salir a la superficie. Era la única manera de devolvérmelo todo.
-Tú me enseñaste que sí tenías ese derecho... Que tenías ese derecho simplemente tomándolo. La fuerza equivale al derecho. El derecho se ejerce. Y ahora me toca a mí ejercer el derecho, Bruce.
Me apuntó a la cabeza y yo cerré los ojos, entonces algo ocurrió. La habitación desapareció, el miedo desapareció. El dolor se fue. Todo lo que tenía y había tenido ya no imporaba porque sencillamente había llegado la hora. Ese era el final.
Pero lo descubrí, descubrí la libertad. Cuando lo había perdido todo, ya era libre de actuar como quisiese. Ya no tenía nada que perder, y gracias a ello, era libre. Descubrí la libertad antes de morir. Y fue el más bonito regalo que me han hecho nunca.
Pero ella no disparó.
-¡Joder, Bruce! ¡Quiero que me mires a los ojos mientras lo hago! Yo siempre te miraba mientras me pegabas, ¿recuerdas? Te suplicaba para que parases, Bruce. No sé qué te pasó para que te convirtieses en la miserable coartada de persona que eres, pero ese no es mi problema. Tú eres mi problema, o más bien lo eras. Ahora yo soy tu problema.
Cuando abrí los ojos, esa agradable sensación de desesperanza desapareció. La miré a los ojos, a esos acuosos y menguados ojos...

Como aquella vez. Tú contra la pared, y yo doblándote los dedos hacia atrás. Atiborrado de alcohol, y tú mirándome con esos acuosos y menguados ojos, en un estado sobrenatural que iba más allá del miedo y del dolor, mientras me suplicabas, me decías que si aún me quedaba una pizca de humanidad que parase. Mientras yo trataba de pensar por qué debería parar, tratando de sentir algo que me hiciera parar antes de aquel crujido.
Aquel grito.
Aquel crujido.
Y el cambio en tu grito, entonces más roto y desesperado que nunca.
Yo te estaba haciendo sentir, pero yo seguía sin sentir.
Sin sentir nada.

Quería pedir perdón. Pero no podía hacer nada.
Estaba ahí, de rodillas intentando respirar. Sentía que mis huesos se agitaban de la cabeza a los pies, haciendo que mi cuerpo se estremeciese con un ritmo discorde y mareante.
Quería pedir perdón.
Pero las palabras se me atrancaban en la boca mientras observaba cómo ella cargaba el arma.
Quería pedir perdón. Quería morir, y pedir perdón.
El cañón estaba entre mis cejas. Un disparo y teñiría la pared de rojo con mis sesos. Un disparo y todo habría acabado, antes de que pidiese perdón.
-Bruce, amor mío... Ve despidiéndote.
Intenté disculparme, intenté razonar, intenté llorar, intenté suplicar, pero la voz se me secaba en la garganta mientras ella tensaba el dedo sobre el gatillo.

miércoles, 24 de junio de 2009

London Crawling (I)

Esta es la última sección mierdera del Soho; estrecha y sórdida. Apesta a perfume barato de prostituta drogata, a fritanga, a alcohol y a la basura vertida desde las bolsas negras de plástico reventadas que se expanden por todo el suelo. Ásperos ríos de neón que se incorporan entre chisporroteos lumínicos a una vida de lo más apática a través del crepúsculo de una débil llovizna, pasando por las ancestrales y yermas promesas de una vida mejor.
Y ahí están los proveedores de felicidad, con la mandíbula apretada y la piel embutida en una cabeza afeitada y un gabán de los cincuenta raído.
Y ahí están las putas craqueras y heroinómanas, con sus brazos llenos de marcas de chutes y cuyas voces emiten enfermizos alardes para intentar atraer clientes. "Conmigo te lo pasarás de puta madre, guapetón".
Pero no, no me va follar con yonquis porque no se mueven. No le ponen nada de entusiasmo. El mismo resultado obtendría metiéndola en el seco y áspero agujero abierto sobre el colchón de mi cama; y además es gratis.
Así que ahí estoy, entrando en un bar desvencijado del Soho para preguntar por historias guarras que poder escribir. La dura vida del novelista.

La velada termina cuando veo entrar a unos negros craqueros por la puerta: tensos, larguiruchos y hostiles. El tipo de despojo que uno acostumbraría a ver en Nueva York o en Los Ángeles viviendo en un cartucho de alquiler de a dólar la noche; ese mismo tipo de despojo que se va expandiendo por el resto del mundo.
Así que me veo obligado a meterme en un taxi y cantarle la dirección E8 al puto taxista, que me mira como si fuese un maldito asistente social. Al menos tiene la decencia de dejarme allí, la mitad de los taxis ni lo hacen. Eso sí, todo a cambio del privilegio de sacarte treinta libras del ala por seis vomitivos kilómetros.
Pero qué hostias, a Hackney, donde está mi nueva residencia, no llega el metro. Estos cabrones londinenses van extendiendo la red por barrios periféricos antes que por aquí. Hasta en Bermondsey ya lo han puesto, joder. Es la única zona del Londres norte a la que no se puede ir con metro.

El expreso de las 21:41 con destino a Norwich pasa armando la de Dios es Cristo por la estación de Hackney Downs. Todo el chiringuito se tambalea cuando ese maldito tren pasa jalando leches por la vía, que está escasamente a medio metro aproximado de la ventana de la habitación de este piso de 30 metros cuadrados.
Casi se puede tocar el cochino cristal desde el tren. Pero hay tanta mugre, grasa y polvo pegados a él que es imposible asomarse al interior. Esos capullos de Great Eastern Rail tendrían que pagarme a mí la limpieza, que son ellos quienes me ponen la casa patas arriba con su mierda de trenes diesel.
Intento escribir pero no logro concentrarme. Miro el reloj; las 23:12. ¿Dónde está ese maldito procedente de Liverpool Street?
Me asomo a la ventana y lo veo a lo lejos. Me da tiempo de sobra a tirarme. Pienso: si lo voy a hacer, que sea ahora. Sudo, tiemblo y maldigo mi debilidad cuando el tren pasa haciendo retumbar todo el edificio de nuevo. Entonces caigo: si lo hago, podría llevarme a muchos inocentes por delante.
Miro el periódico, y, en las ofertas de pisos, veo uno en venta en Highgate que tiene muy buena pinta. Quizá ya sea la hora de largarse de este asqueroso cuchitril, arrancar el motor, y tratar de empezar de nuevo.

lunes, 15 de junio de 2009

Cómo mandarlos a tomar por culo

Rubén sale de la cama y se pone junto al espejo. Yo hago lo propio, para subirme cómodamente las bragas, las cuales recogen parte de su espeso semen que se me deslizaba piernas abajo.
Miro su polla colgante, casi de aspecto culpable. Se vuelve y dice "No lo entiendo". Yo me vuelvo a tumbar sobre la cama, retorciéndome para expulsar el último espasmo de frustración.
"Me han puesto demasiadas horas estos últimos meses,", dice, "ya sabes, con esto de la crisis hay que esforzarse más. Y joder, ya ni tengo tiempo para ser yo mismo. No tengo tiempo para ser Rubén. Pero, ¿a quién coño le importa Rubén? A esos cabrones del trabajo no, por supuesto."
Casi ni presto atención a su lastimera elegía a las corridas prematuras, en vez de ello, emprendo el descenso por esa escalera de caracol de la conciencia que lleva hasta el estado de sueño.
"¿Nica? ¡Nica! ¿Me estás escuchando? ¡Mónica, por Dios!"
Siempre me llama Mónica cuando quiere dar a entender la gravedad o seriedad del asunto. Me limito a responder con un onírico gruñido mientras él sigue ladrando.
"El caso es que tenemos que normalizar nuestra relación. Ya sabes, estoy a dos pasos de mandar a tomar por culo a Maite. En lo que a sexualidad respecta es demasiado fácil, no me otorga ningún reto", dice, dejando que una brisa de satisfacción recorra sus palabras.
Tal vez el ego masculino sea frágil, pero en lo que a mi experiencia se refiere, le cuesta más bien poco recuperarse. "Quiero decir,... quiero que lo nuestro sea una relación real, Nica. Quiero que sea..., pues eso, joder, real. ¿Entiendes lo que te quiero decir, cariño?"
Tras haberme incorporado a la retahíla de polvos de Rubén, supongo que es un honor ser ascendida al estatus de amante. Pero como que no.
"¡Mónica, joder! ¡Ni siquiera me estás escuchando!"
"¡Pues claro que no! Si no puedes ni echarme un polvo decente, por lo menos déjame dormir un poco."
Entonces él se sienta al borde de la cama, respirando pausadamente. El descenso y ascendo de sus pectorales, se me antoja parecido a un animal herido en la penumbra, intentando decidir si contraatacar o huir.
Espira de un tono petulante y posesivo que últimamente se está volviendo propio de él, y me planta un beso en la mejilla, como creyendo que eso lo soluciona todo. A mí, que sólo soy un jodido segundo plato, la que llena su cama cuando las discusiones con su novia la llevan a marcharse de casa.
Entonces lo dice: "Me recuerdas tanto a ella". Y caigo en la cuenta de que es lo único que puedo hacer. Ya va llegando ese momento.
Las semanas de trato deferente que se han acumulado hasta formar esa masa crítica que te da la bastante fuerza como para mandarles a tomar por culo sin ceremonias.
"Vete a tomar por culo", le suelto, mientras me levanto y me pongo el sujetador. No sé porqué me molesta que me vea las tetas ahora, cuando desde hace unas semanas ha hecho con ellas lo que le ha querido. Quizá sea un signo de que ya nuestra relación, si se le puede llamar así, es historia. Au revoir.
La inmovilidad del oscuro contorno de Rubén, y su silencio gélido me dicen que he dado en el blanco y por fin lo ha entendido.
"¡Vale, pues que te den por culo! Eres una niñata, Mónica, una jodida arpía arrogante. Supongo que ahora te creerás el no va más porque aún no se te han caído las tetas, pero créeme, algún día lo harán. En esta vida vas a tener unos problemones que te cagas."
La insatisfacción sexual y las discusiones se las puedo perdonar, pero en tándem ni de coña. Es intolerable.
Salgo por la puerta dando un portazo, pensando en lo bien que me vendría ahora echar un polvo para liberar tensiones y sudar un rato.
El problema nunca estuvo en los penes, a no ser que seas una vacaburra con un tunel entre las piernas puedes follar con cualquier cosa, sea cual sea su tamaño. O bueno, casi cualquier cosa.
El problema no está en los penes, no, más bien en sus adjuntos. De tallas mentales muy diversas. Con los años, la mayoría de chicas se convierten en mujeres, pero en realidad los hombres nunca dejan de ser niños. En eso les envidio, su capacidad de revolcarse entre la necedad y la inmadurez, cosa que siempre me esfuerzo por imitar. Aunque puede resultar odioso cuando una siempre se lleva la peor parte.

sábado, 30 de mayo de 2009

Mamada escabrosa

Así que entramos al baño, y me la saqué. A pesar del alcohol me sorprendí con una erección bajo los pantalones.
Me doy cuenta, por la expresión lasciva de su cara de que realmente le apetece, de que arde en deseos de complacerme porque pertenece a esa clase de mujeres. A mí, al tipo averiado, que siempre quiere complacer pero nunca en la vida lo conseguirá. Mi papel en la vida consiste en hacer teatro por la pura supervivencia de ésta: poner caras de falsa expresividad para detener los puños de algún otro tipo averiado. En engañar, en estafar, en manipular a la gente. Todo lo que tengo en la vida es esto: mi sorprendente naturalidad a la hora de mentir y fingir, nada forzada y muy convincente.
La verdad es real, por tanto, vulnerable. La mentira es invulnerable.

Ella se arrodilla, y me coge la polla con la mano, mientras que con la otra me estruja los testículos. Primero empieza humedeciéndomela con la lengua, pasándola alrededor de mi glande en suaves movimientos. Entonces aprieta esa grasienta cabeza contra mi entrepierna, se pone a chupar y es... como si nada. No está mal, pero odio la forma en que esos vidriosos ojos se levantan para hacer balance, intentando determinar si disfruto o no: concepto que resulta totalmente absurdo en esta situación.
Poso la mirada sobre ese cráneo gris, y esos ojos mortecinos que me miran furtivamente. Entonces reparo en esos grandes dientes, inscrustados en esas encías que no había visto antes, que han ido retrocediendo con el tiempo debido al consumo de crystal, la desnutrición y la ausencia total de cuidados dentales.
Por un instante separa su cara de mi entrepierna, y veo cómo una fina ebra de semen que unía su boca y mi polla se rompe, chorreándole por la barbilla. Se lo lame con una lengua viperina, de un color rojizo que casi alcanza el violeta, y con unas extrañas pústulas rojas.
Se aparta el pelo de la cara, dejando ver un rostro más que fúnebre, y vuelve a posar sus manos sobre mi cuerpo. Sólo entonces me fijo en sus delgados brazos, cubiertos de cicatrices de chutes, de esos que dejan una fea costra en la piel.
Es poco menos que un zombi; la gente parece mucho más atractiva bajo los efectos del alcohol y la intermitente luz fluorescente de una discoteca.
Entonces sigue chupando, mientras yo me siento como Frank West en Dead Rising. Frank se habría limitado a reducir ese cráneo quebradizo a una masa sanguinolenta y viscosa sin forma aparente, mientras que yo me conformo con sacarla antes de que me tiente hacer lo mismo, y mi cada vez más flácido pene quede hecho trizas sobre ese fétido lecho de dientes en descomposición.

viernes, 29 de mayo de 2009

Alicia en el país de las maravillas (IV)

ABANDONO

Ramón, acomodado desde su sofá en la última planta de su recién adquirida casa de tres pisos, marcó el número de la planta baja. Alicia lo cogió: "Cariño, cuando subas, súbeme unas cervezas".
Ella esperó a que se cortara la comunicación. Aquella situación era frecuente. Pero en esta ocasión algo se quebró en el interior de Alicia. Vio su vida con brutal claridad y, deteniéndose un instante para hacer un balance inmisericorde de su suerte, fue a la cocina y cogió para su marido seis latas de cerveza fría de la nevera. Alicia entró en la habitación con las cervezas, topándose con el acostumbrado olor a calcetines sucios. Normalmente habría protestado ligeramente dejándolas sobre la mesa de la habitación y dando un portazo al marcharse; pero ésta vez no, dio la vuelta a la mesa y las metió en el frigorífico que había detrás. "Gracias", gruñó Ramón con impaciencia, sin apartar la mirada de la caja tonta.

Al abandonar la habitación, Alicia fue al dormitorio, se subió a la cama para alcanzar hasta la cima del armario ropero, de donde sacó aquella vieja maleta. La hizo, lenta y meticulosamente, poniendo especial cuidado en no aplastar la ropa, y después bajó por las escaleras. Buscó un bolígrafo y un papel, y escribió una nota:

Querido Ramón:
Desde hace algún tiempo las cosas no han ido demasiado bien entre nosotros. Ha sido culpa mía, he soportado más de lo que debía soportar. Se fueron acumulando las miserias que me dejaste, hasta que no cupieron más. Sin culpas ni arrepentimientos, simplemente se acabó. Quédate con los bienes; el dinero, las casas, el coche, etcétera. No quiero nada, salvo no mantenerme en contacto contigo: eso sólo alimentaría una espiral de falsedades y más miserias. Aún así, quiero que sepas que no te guardo ningún rencor.
Alicia.

De repente notó una oleada de ira y escribió "PD: Todas las veces que lo hemos hecho han sido como una violación: áspera, forzada; no me han gustado nada." Tras leerlo, arrancó esa parte del folio. Sólo quería acabar; no quería entrar en eso.

Cogió un taxi hasta la estación, y se subió al primer tren que salía. Iba pensando en lo que iba a hacer, qué sería de su futuro. Hasta entonces siempre habían pintado su vida. Ahora se sentía limpia, airada, y libre: se sentía como con un lienzo nuevo, como si su anterior vida hubiese quedado atrás como un cuadro pintado con melancolía abandonado en una caverna. Ahora podría pintar ella su propia vida, empezando desde cero. O dejar que otra persona más adecuada lo pintase...
También pensaba en chicos. En chicos, no en hombres. Ya estaba harta de hombres; son los más niños de todos...

martes, 26 de mayo de 2009

Alicia en el país de las maravillas (III)

Ramón acaba de llegar a casa. Trabaja hasta muy tarde; horas extra, o al menos eso me dice. Tiene un encargo de mayor responsabilidad, suele contestar, lo cual requiere una gran cantidad de esfuerzo y de horas extra. Me han puesto secretaria, ha añadido no pocas veces. Soy responsable, me dice.
Es responsable. ¿De qué es responsable? De hundirme en la miseria, eso es. Oigo el cerrojo cerrándose de la puerta, lo cuál me indica que acaba de entrar. Me lavo los dientes rápidamente para que no note el olor del vómito que acabo de dejar en el váter.
Por la forma en la que le miro creo que dejo muy claro que estoy descontenta con su actitud.
"He tenido que hacer horas extra", me cuenta por cuarta vez en lo que va de semana.
Sí, sé de qué va esto. Sobre fidelidad y demás. Pero no haré nada porque sencillamente no me importa. Lo que espero es que la otra tenga tendencia a soportar lo que sea, y sea adicta a cualquier tipo de atenciónes. Quizá,... quizá acabe en la misma relación en la que sea objeto de abuso, como yo; con Ramón. Quizá así pueda ser libre. Pasarle a otra el marrón.
Nah, eso sería cruel y abusivo. Casi siento lástima por la otra.
Lo verdaderamente divertido del asunto es ver cómo han ido cambiando las excusas a lo largo del tiempo: tengo que ir al gimnasio, he de echar unos papeles, tengo que ir al cine, he quedado con mi superior para revistar unos archivos... Sé lo que hay y me toca aguantarme. Nadie más que yo tiene la culpa, y posiblemente eso cambie pronto.
Pero sencillamente no me importa.

Se queda callado. Casi empiezo a hablar; pero no. Recuerda: no te dejes manipular por los silencios de otra gente. Resiste la tentación de rellenar los huecos, elige tus palabras. ¡Imponte!
Ahora me mira con condescendencia fingida; como una pregunta retórica en pos de una afirmación: sospecho de sospecha que sospecho algo. De cualquier manera, poco me importa.
Va a decir algo. Algo que dice todas las noches. ¿Qué voy a hacer yo? Sonreír tontamente como hago todos los días, como si tuviera una cuchara en la boca.
"¿Cómo está el sol de mi vida?", pregunta. Me dispongo a articular mi respuesta habitual: muy bien, pero algo me sucede.
"¿Qué te hace pensar que soy el sol de tu vida?"
Joder, ¿qué estoy diciendo? Es culpa mía, tengo que controlar mis reacciones. No debería decir eso... ¿Por qué no? Sí que puedo. En realidad puedo decir cualquier cosa. Ya casi me he tragado ese rollo bíblico de que vivo para servirle. Si él hace un comentario que no logro entender, puedo pedirle que me lo explaye. ¿Qué hay detrás de ese comentario?
Al pobre no le hace falta fingir que está herido, lo está de verdad. Tiene ese aspecto de chiquillo herido que hace que lo odie por la ternura que me inspira. "Bueno, verte todos los días me alegra el día. Por eso digo que eres el sol de mi vida". Me contento con hervir por dentro mientras la ternura se evapora.
Por mucho que lo intento, no logro impedir que hable Alicia la mala. Antes sólo pensaba, ahora ha empezado a hablar. Estoy esquizofrénica y Alicia la mala ha tomado el control... Un golpe de furia injustificada me hace contestar. "Es realmente curioso lo absolutamente desproporcionado que resulta. A mí me pasa algo totalmente inverso. Verte todos los días no tiene ningún impacto positivo en mi vida; al contrario". Ya no caben más miserias, la caja de Pandora ha reventado.
Cuando en tu cabeza está todo este odio, tiene que salir a la superficie de tu vida. Si no lo hace, te aplastará. Y a mí no me van a aplastar.

El momento es relevante: cuando algo que no podía decir, se convierte en algo que sí puedo decir. No le doy tiempo a contestar, rápidamente me echo a llorar sumida en un ataque de arrepentimiento. "Perdóname... He tenido un día duro; de verdad, perdóname", me oigo decir a mí misma. He perdido los papeles, vuelvo a ser Qué-buena-estás, un mero objeto sexual.

Y entonces el me abraza. Como si... como si la proximidad física pudiera compensar la distancia emocional. Me abraza con fuerza, pero no hay amor ni ternura. Sólo desesperación. Quizá tenga que ver con la conciencia de que me estoy alejando de él, alejándome de ese mundo que él quiere que habite: su mundo, el mundo que no compartimos. No es el mundo que compartimos porque yo soy suya, su propiedad, y él no renunciaría a ella fácilmente.
Soy una fuente de consuelo, un osito de peluche para un niño.
Pero los demás nunca lo ven así, y su pudiesen percibir la envervante inmadurez de este hombres supuestamente exitoso, sólo les parecería entrañable, como en tiempos a mí.
Sólo que ya no me lo parece, porque es triste y lamentable.
Es un imbécil. ¿Qué saca actuando de ese modo?
Él prospera mientras yo me pudro, me muero por dentro. Él también debería estar muriendo, pero no lo hace. No lo hace porque para eso me tiene a mí. Yo me pudro por él, me muero por él.
¿Y qué quiero yo? El amor no basta, tiene algo que ver con estar enamorado. Quiero una vida. No quiero que me protejan de la vida que quiero, Ramón es protector.
Pero Ramón, he madurado, he madurado más de lo que tú quisieras. Solías decirme que tenía que madurar. Creo que ahora tendrías miedo si vieses quién soy en realidad. Creo que ya lo tienes, por eso te aferras como si te fuera la vida en ello. Morir por dentro: madurar.

Me separo de sus brazos, cojo tres trufas y me encierro en el baño. ¿Por qué el hombre tiene que ser el mandamás? Se ve que no leí la letra pequeña cuando me casé. Lloro y vomito; no he debido decirle eso. ¿Cómo reconciliarnos?

Cuando salgo me dice que hacer el amor relaja mucho, que deberíamos hacerlo. Ya, eso es lo único que le importa. Le digo que voy a prepararme en la habitación, que entre cuando yo le diga. Dejo una revista feminista abierta sobre su mesilla. Cuando entra, veo cómo la mira de reojo y se encoge ante sus titulares.
¿Es buena en la cama tu pareja?
¿Cómo marcha tu vida sexual?
¿Cuántos orgasmos te hace tener tu chico?
¿Realmente importa el tamaño?

Cuando termina, se acuesta a mi lado. Sigo siendo un objeto perteneciente a Ramón. Sigo sin ser una mujer completa, sigo siendo un ser perteneciente a una familia de clase media-alta representada por el hombre de la casa, representada por Ramón. Pero esta vez algo ha cambiado. Puedo olerlo en el aire, puedo oler la derrota de Ramón.
Aún tengo su esperma tóxico dentro de mí. Gracias a Dios que hay pastillitas. Me encuentro el clítoris y sueño con un amante misterioso, frotando deliciosamente. Sucede. Mientras él duerme plácidamente, como de costumbre, me sucede. Por unos momentos dejo de ser Qué-buena-estás.
Después todo ello se va con la misma fuerza con la que vino, mientras noto cómo mi autoestima se desinfla al ver mi silueta en el espejo.

sábado, 23 de mayo de 2009

Alicia en el país de las maravillas (II)

No, no quiero un bebé. Apenas tengo veinticinco años, no voy hipotecar mi vida ya. Además de que engordaría muchísimo, y no es algo que me pueda permitir dado mi actual peso.
Ramón está dispuesto; tiene mujer, a mí; tiene trabajo, coche, casa. Pero falta algo. Él cree que es el bebé, pero no es eso, no tiene demasiada imaginación. Falta comunicación, eso es, comunicación. O ganas, o amor; dejémoslo en que falta algo, algo que no es el bebé. Simplemente ya no es lo que era, la magia se quedó atrás hará mucho tiempo.
En realidad no nos comunicamos, así que de hecho no puedo decirle que no quiero un bebé. Sí que hablamos, pero no nos comunicamos; hablamos en ese extraño lenguaje que hemos inventado para evitar la comunicación; ese antilenguaje que hemos creado. Quizá sea un indicio de que la civilización está en regresión. De cualquier manera, algo sí que lo está: nuestra relación. Algo hay.
Lo único bueno de Ramón es que no puede decir que quiere un hijo, sólo puede insinuarlo. Ojalá pudiese decirlo, ojalá pudiese decir "Quiero un bebé". Sólo con eso, si él pudiese decir eso para que yo pudiese decir "No, no lo quiero". Jamás. No quiero un bebé, quiero una vida, una vida propia. Nunca he sido libre, así que en realidad no puedo decir que eso sea lo que quiero, pero puedo decir lo que no quiero: un bebé. Y a ti. No te quiero, Ramón.

Mi madre siempre me decía que yo era afortunada de haber encontrado a Ramón. Alguien con ambición, capaz de mantenerme. Pero, si él me lo proporciona todo, ¿qué me queda a mí? Alimentar. Alimentar a Ramón, alimentar al bebé. Alimentar el odio y el resentimiento.

Ahora me mete mano. Carece de toda sensualidad, es como un niño que asalta un bote de caramelos. Me tumba sobre la cama y me quita la ropa. Sólo es un ritual, yo intento dejarme llevar. Siento una tensión enfermiza cuando él intenta abrirse camino entre mis rígidas piernas. "Oh, joder, qué buena estás", jadea, mientras bota encima de mí. Qué buena estás. Eso me dice siempre, cuando estoy debajo de él como un trozo de carne, dejándome llevar, retorciéndome tensamente entre las sábanas. Qué buena estás.
Ahora él se aparta a un lado, colapsándose en un profundo y ruidoso sueño. Entonces me sucede, me doy cuenta: ya no soy una mujer, ya no soy una persona. Soy un mero objeto sexual, una esposa trofeo. Mi marido trabaja, vive su vida, y yo me esclavizo atada a las cadenas del hogar para hacer su vida más agradable a cambio de un plato en la mesa. Entonces ya no soy yo, he perdido mi dignidad; un ser humano no es nada sin dignidad, es apenas ser. Me he convertido en Qué-buena-estás.

Yo solía leer bastante, estudiaba, incluso tengo una carrera. Tenía un trabajo, un piso alquilado, y una vida prometedora y llena de alicientes. Entonces apareció él, aún recuerdo el día que empecé a perder la dignidad. Me acababa de mudar a su casa, y estaba leyendo un libro: Sobreviví a mi pesar. Es bastante adolescente, pero no está mal. Entonces él me quitó el libro de las manos con el poder social que acababa de adquirir en casa preguntándome "¿Por qué lees esta mierda, cariño?", con un tono en parte despectivo y censurador y en parte de condescendencia aprobadora. Me enfadé con él y lo intentó solucionar de la única manera que sabía: hicimos el amor. Me recostó sobre la cama y lo hicimos. Yo no sentí nada, él sí; y después se echó a un lado con brusquedad y se quedó profundamente dormido. Justo como ahora. Y ahí fue cuando me sucedió, mientras Ramón dormía profundamente, me sucedió: dejé de ser mujer, deje de ser persona, me convertí en Qué-buena-estás.
¿Se da cuenta este contable de la mayor industria de software del mundo de que está dirigiendo el barco de nuestra relación hacia las rocas del olvido? ¿Comprende el efecto que está teniendo sobre su estimada esposa, Alicia, más conocida en círculos reducidos como Qué-buena-estás? No, mira para otro lado. Cuando tienes un trofeo dejas de valorarlo, sólo te supera la ambición, la búsqueda de otros trofeos. Yo ya no soy una meta, mi felicidad ya no es una meta. Ahora sólo soy una fuente de entretenimiento, una herramienta social.

Supongo que lo que me atrajo de Ramón fue su sentido del compromiso. Pero había cambiado, cuando un estudiante universitario de ideas claramente estalinistas cayó en la elistista forma de vida del capitalismo. Ahora su última instancia se convirtió en a fin de cuentas. La semántica resulta significativa. Los triviales eslóganes de revolución y resistencia se convirtieron en los más triviales aún de eficacia empresarial y contabilidad: a fin de cuentas, modelar, ejecutar, cuentas, balances, gastos nivelados con ganancias...
Nuestros sueños se desmoronaron por el camino, ya no éramos aquellos dos enamorados de jóvenes. Ya no éramos aquellos ambiciosos que soñaban con un mundo mejor, un mundo para ellos. A lo único a lo que aspira Ramón es a seguir ascendiendo en la empresa e ir aumentando la cantidad de capitales ganados para poder gastárselos en un bobo viaje al Caribe: la ambición de pareja ha pasado a convertirse en ambición económica para él. Los eslóganes de revolución eran quizá ingénuos, pero por lo menos íbamos detrás de algo grande, algo importante, algo para nosotros. Ahora nuestro punto de vista está muy bajo. No es lo bastante bueno para mí.

No es lo bastante bueno para mí porque he estado cuatro años sometida a la vejación socialmente conocida como matrimonio. Es curioso, como la sociedad ve de machista a una mujer siendo violada físicamente en una película, y como cuando la mujer es violada socialmente en un matrimonio en una película francesa se llama arte. ¿Qué hay de las violaciones psíquicas a las que estamos sometidas las mujeres en matrimonios de conveniencia? Porque no todas las violaciones son físicas, y una violación psícológica prolongada durante cuatro años puede llegar a ser mucho peor que una física. ¿Qué hay de la esclavitud y las vejaciones a las que nos someten durante el matrimonio? Todo eso ya no importa, porque el espíritu inconformista es aplastado vilmente por la fuerza social. Todo eso no importa, porque al perder la dignidad ya no somos mujeres, somos Qué-buena-estás.
Durante estos últimos cuatro años, me ha estado disparando dentro de mí su cola de empapelar paredes, consumiéndome por dentro, pudriéndome en vida mientras yo estaba tendida sobre la cama pensando en comer para llenar ese vacío interior. Ahora él se despierta y se vuelve a poner sobre mí.
Mientras me folla hago mentalmente la lista de la compra:
aceitunas
mermelada
azúcar
pan
tomate
leche
cebollas
jamón
lentejas
arroz
pasta
judías

jueves, 21 de mayo de 2009

Alicia en el país de las maravillas (I)

INTRODUCCIÓN

Alicia estaba sentada en el espacioso sillón de su habitación. Él, Ramón, estaba tirado en el sofá, cerveza en mano, viendo la televisión. Ella sintió que flotaba en una ola de calor, amodorrada y laxa. Sucumbiendo a aquella sensación, dejó que el libro que tenía a medio leer se escurriera de sus manos y golpease el suelo con un ruido sordo que le descarriló de su ensimismamiento. Aprovechó la oportunidad para echar un breve vistado a su reflejo en el ahora oscuro cristal de la habitación. Esto le provocó un espasmo de repugnancia hacia sí misma antes de cambiar la posición de perfil por otra de frente, y meter hacia dentro la tripa. La nueva imagen medio le hizo olvidar aquella de la fofa barriga que estaba echando. Veía morbosamente ese gesto del espejo como señal de que su tiempo de vida se estaba acabando y no había hecho nada que mereciese realmente la pena. No tenía ni siquiera una vida satisfactoria, se decía a sí misma.
Viendo que el trabajo casero se acumulaba; tenía ropa que planchar, camas que hacer, habitaciones que ordenar, suelos que fregar y compras que hacer; sintió un ataque de ansiedad y corrió a la cocina, de donde sacó tres trufas de chocolate y se llenó la boca con ellas. A punto de desmayarse por la sensación de empalago, las empezó a masticar furiosamente. El truco consistía en consumirlas lo más rápidamente posible; al hacerlo así, tenía la impresión de que podía engañar al cuerpo, camelarlo así para asimilar las calorías como un todo compacto, haciéndolas pasar por dos pequeños bocados. Pero no, no era así. Semejante autoengaño resultaba insostenible cuando la infame y dulce pozoña alcanzaba el estómago. Podía sentir cómo su cuerpo descomponía con agonizante lentitud aquellos repugnantes tóxicos, realizando un meticuloso inventario de las calorías y toxinas presentes antes de distribuirlas entre aquellas partes del cuerpo donde más daño harían.
Sintió un breve acceso de culpabilidad, así que se deslizó lánguidamente hasta el baño, mientras se ponía de rodillas ante la taza del váter. Sintió aquella sensación mojada, fría y áspera en las rodillas, que le hacía estremecerse de tal manera que el sudor veraniego de la espalda podría pasar por una gruesa capa de escarcha penetrando como astillas heladas sobre su espalda: su marido había vuelto a mearse fuera. Asqueada, una ola de calor y odio la sobrevino, pero logró tragarla como si una pastilla fuese hasta lo más hondo de su ser; donde había estado almacenando todas las miserias de su vida, y sabía que algún día no cabrían más y su caja de Pandora reventaría. Sólo esperaba que lo hiciese en el momento adecuado. Habiendo apaciguado aquella oleada de escabrosos pensamientos, corrió a por la fregona y limpio la imprecisa meada. Después se volvió a poner de rodillas sobre la taza del váter, agarrándola con una mano y mientras introduciendo la otra en su esófago; lo cual le produjo una arcada que vació el contenido del estómago en la cañería.
Después corrió hacia el salón, donde le echó la bronca a su marido.
"¿Es que no puedes mirar cuando meas?"
"Lo siento", contestó su marido con impaciencia, cerveza en mano, sin apartar la mirada del fútbol y casi sin inmutarse: repitiendo una vez más aquella escena de falsas redenciones.

miércoles, 20 de mayo de 2009

Dos buenos amigos

Mick y Tom son dos grandes gángsters. Ambos trabajan en duetto al servicio de su señor Don Gustavo Alonso; que controla Litte Italy, y es el mayor proveedor de cocaína y ketamina de toda la gran manzana.
Se dice que Mick y Tom son dos grandes asesinos, que entre los dos llevan más de ciento veinte asesinatos. Mick y Tom son duros como el roble, resistentes como el suelo, rápidos como el viento, y fuertes como el acero. Mick y Tom violan a las prostitutas. Mick y Tom tienen el cuerpo lleno de cicatrices. Mick y Tom siempre torturan hasta la muerte despiadadamente. Mick y Tom son los mejores sicarios del gran capo. Mick y Tom nunca tienen piedad.
A ambos les gusta jugar a enfermera y paciente; a los médicos cuando nadie los ve.
Veo una mirada y una sonrisa lacónica entre ellos, y ambos se suben a la sala de torturas, como usualmente. Esta mañana montaron un alboroto impresionante; cuando se metieron con otros dos hombres que salieron en bolsas de la basura; eran sólo dos, pero juraríamos haber oído gritar a cuatro.
Ahora, ahora oímos gritos, entre placenteros y dolorosos, pero... se han subido solos.
El guardaespaldas Chuck sube las escaleras. Chuck abre la puerta, preguntándo a qué viene ese jaleo. En un gesto de impresión, se encuentra con la escena: Mick y Tom están jugando a pelar plátanos ya pelados.
Somos dos buenos amigos, dice Tom.
El guardaespaldas Chuck grita con una ráfaga mortal de disparos en su cuerpo; un juego de manos, un movimiento bucal, un gemido, Tom se corre y Mick sonríe con las encías llenas de semen.
Era un secreto a voces.

martes, 19 de mayo de 2009

Diario de un yonqui (VI)

Al día siguiente me levanto casi al crepúsculo de la noche. Su fina luminosidad anaranjada sobre el horizonte me indica lo cerca que está la noche.
Lo segundo en lo que reparo es en mi estado físico, que podría ser descrito con una simple palabra: lamentable. Estoy lleno de cortes y moratones, y cuando llego al baño, meo sangre; lo cual me aterra bastante.
Viendo que al ducharme la cosa mejora, decido husmear entre las cajas de embalaje que aún están sin abrir en mi nuevo piso.
Mi hermano me sorprende: "Ah, ya estás levantado".
Me cuenta que ayer me dio una sobredosis, mientras me liaba a hostias con la puerta de nuestra antigua casa y gritaba incoherencias. Una abuelita salió a socorrerme. Al parecer me caí por las escaleras; aunque hay ciertas heridas como cortes cuyo origen no ha podido ser esclarecido por los médicos. Yo sé bien de qué son.
Pensando en el tema, se lo pregunto a mi hermano.
"Oye, Ramón; ¿tú recuerdas a mamá?"
"Sí."
"Pero eras muy joven..."
"Quiero decir; imágenes, sensaciones, escenas y tal. Nada consistente."
"¿No la echas de menos?"
"No. Ya oías lo que decia papá: era una golfa, nos abandonó cuando éramos muy pequeños."
"Papá... ¿recuerdas cómo murió?"
"Sí, acuérdate de que le reventaron la cabeza de un pedrazo cuando salía de un bar..."
"¿Y no te gustaría coger al que lo hizo?"
"Oye, tío, hoy estás muy raro; ¿qué cojones te pasa? Siempre has mirado con estoicidad al pasado y hoy te noto un tanto... ¿sensible?"
"Nada, es sólo que... le he estado dando vueltas a todo..."
"No lo hagas; lo mejor es no pensar. Es la única manera de ser feliz."
Es la única manera de ser feliz. Ya.
Él se pira y yo me quedo a solas con mi soledad.
A veces... a veces tengo la sensación de que yo maté a mi padre. De que yo hice que mi madre se fuese. A veces tengo la sensación de ser un estorbo y una carga para todos los demás. Normalmente, cuando pensaba eso, solía meterme heroína para olvidar. Ahora veo que es justamente eso lo que lo causaba.

Abro una caja de embalar. Está llena de ropa, tanto de mi padre, como las prendas que mi madre se dejó cuando se piró. Esa fragancia... son ellos; es como si aún caminasen entre nosotros. Sus recuerdos están a medio camino entre este mundo y el olvido. Lo cierto es que sí, la clave de la felicidad está en olvidar, está en no pensar. Vuelvo a embalar la caja, y la dejo junto a la puerta, con la intención de quemarla.
Hay un objeto en otra caja que me trae viejos recuerdos. Es un portarretratos antiguo, en cuyo interior se nos ve a Ramón y a mí de niños. Siento que me estoy eviscerando a mí mismo, vaciándome por dentro. Estoy sacándome las entrañas, traicionándoles a ellos y sus memorias. Pero tengo que hacerlo. Dejo redolar una afligida lágrima por mi mejilla, y lo estrello contra el suelo.
Sale despedido hacia todas direcciones en miles de astillas y cristales; no obstante, oigo un ruido metálico. Me agacho y veo algo que me llama muchísimo la atención: una llave. Una vieja llave oxidada, pequeñísima, como las de los joyeros antiguos. Y entonces pienso: el baúl. Aquel diminuto baúl.
Todo lo que recuerdo de ese baúl es a mi padre, borracho como una cuba, gritándonos a Ramón y a mí que no abriésemos ese baúl. Su baúl. El baúl de los recuerdos.
Me siento influido y débil mientras rebusco entre la última caja sin abrir que queda; el sentimiento de traición no me abandona. Pero continúo adelante hasta dar con él: con ese diminuto baúl de madera y hierro oxidado.
Me cuesta hacer girar la oxidada llave en la oxidada cerradura, pero finalmente lo consigo. Lo primero que saqué fue el estuche.
El estuche estaba lleno de fotografías. De mí y de mi hermano cuando éramos niños; de papá, y de mamá. Fotos que nunca había visto. La miro a ella con él. Intenté imaginar que podía ver su dolor, su descontento, pero no, no pude; no al principio. Entonces llegué a otras fotos que sabía que eran más tardías, pues Ramón y yo salíamos más crecidos; más mayores. En aquellas fotos podía leerse; con la perspectiva que da el paso de los años era más que fácil; sus ojos proclamaban a gritos su dolor, su descontento, su desilusión y sufrimiento. Mis lágrimas se derramaron sobre aquellas vulgares fotografías.
Pero aquel baúl de los recuerdos contenía, sin embargo, algo mucho peor.
Leí todas las cartas, absolutamente todas; todas y cada una de ellas. En realidad el contenido era parecido en todas, sólo las fechas eran diferentes. Iban desde unas cuantas semanas después de marcharse mi madre hasta 2006. Ella le había estado escribiendo desde Argentina durante ocho años. Todas las cartas contenían las mismas proposiciones básicas ritualmente repetidas:
-Quiero ponerme en contacto con los chicos.
-Quiero que vengan a verme.
-Por favor, déjales, aunque sea, que me escriban.
-Les quiero, quiero a mis hijos, les quiero muchísimo.
-Por favor, Pablo, les hecho mucho de menos.
-Por favor, Pablo, ponte en contacto conmigo. Sé que recibes mis cartas.
No sé qué pasaría en 2006, pero a partir de entonces no volvió a escribir.
Apunto la dirección de Buenos Aires en un trozo de papel. Uso el buscador de Internet para conseguir el número de teléfono.
Joder, esto es una mierda total. No es más que otro montón de mierda a superar. Siempre hay más, siempre llega a caerte otro montón de mierda más grande que el anterior del que debes salir. Siempre. Nunca termina. Dicen que se hace más fácil de llevar a medida que te vas haciendo mayor. Espero que así sea; espero que así sea, joder.
Me lleva un rato comunicarme por conferencia internacional directa. Quiero hablar con mamá, contarle lo sucedido, decirle que estoy bien, que la quiero, que la echo de menos. Quiero hablar con ella, escuchar su propia versión de la historia; a expensas de la de papá, por supuesto. Un hombre me contesta al teléfono. Le he sacado de la cama, al parecer; la diferencia horaria. Pero me doy cuenta de que en realidad allí debe ser plena tarde; no obstante; su tono de voz es quejumbroso y apagado, como si se acabase de levantar.
Me pregunta quién soy, y se lo digo, le cuento toda la historia.
Su tono de voz pasa a otro más lacrimógeno y lastimoso.
Cuando habla, me doy cuenta de que está realmente alterado. Parece un buen hombre. Me cuenta que era la pareja de mi madre; me cuenta que hubo un incendio en su casa causado por un cortocircuito. Fue horrible. Mi madre murió en él, en el 2006. Él consiguió sacar a la hija de ambos; mi hermana; pero murió en sus brazos poco después por inhalación de humos. Mientras siento esa insipiente pesadez en el estómago, al otro lado de la línea el hombre se derrumbaba.
Sí, siempre hay más mierda que superar. Y a veces se amontona.

Colgué el teléfono, dejando escapar un último suspiro acuoso. En cuanto colgué, empezó a sonar otra vez.
Lo dejé sonar.
Pensé que era el momento de despedirse. Sí, era justo el momento idóneo para despedirse; demasiada mierda acumulada y demasiado por acumular.
Le dejo por escrito una nota a mi hermano contándole lo que pretendía hacer. En ella le pido disculpas por dejarle solo en esta vida. Le pido disculpas por haber sido tan cobarde y no haber pensado en él. Pero, sencillamente, hay cosas que me superan.
La gente normalmente tacha el suicidio como el camino fácil; pero no se trataba de elegir el camino fácil, se trataba de elegir el único camino disponible. La muerte era el camino hacia delante.
Me tomé el somnífero. El que me tomaba todas las noches para conseguir conciliar el sueño. Para que mis sueños angustiosos y fatigosos de duermevela se convirtiesen en profundos y reparadores. No obstante, las pesadillas nunca me abandonaron.
Me lo tomé, y me puse una bolsa en la cabeza, asegurándola con celo alrededor del cuello. La bolsa era transparente.
La bolsa era transparente, y seguí viendo las fotos y oyendo la cantinela vacía del teléfono, que cada vez parecía más lejano e incorpórea, mientras me deslizaba tranquilamente hacia la inconsciencia. Una extraña niebla iba emborronando mi vista; no sabía si era la bolsa empañándose o mi vista agonizando; nublándose. La visión fue lo primero en desaparecer. Luego noté un entumecimiento de las extremidades, que se iba extendiendo por el resto del cuerpo. El sonido del teléfono aún sonaba de fondo, esta vez en un tono fantasmagórico. Cada vez más lejano. Cada vez más irreal.
De repente cesó.
Y entonces... nada. Sólo un bendito vacío. Sólo un bendito silencio. Felicidad eterna.
NADA.

lunes, 18 de mayo de 2009

Diario de un yonqui (V)

La casa a la que me he mudado es oscura y depresiva.
Pero no había otra cosa mejor que hacer, la paga del paro no da para más. Incluso he tenido que volver a mi ciudad natal, a Cartagena. Menudo cambio; de Murcia a Cartagena. Salir de un paraíso fiscal y drogas para meterte de lleno en la tumba portuaria llena de oscuridad y desesperación que es Cartagena.
Al contrario que el aburrido barrio gris residencial en el que nunca pasa nada, con sus bloques de hormigón vacíos, su restaurante chino, y sus supermercados; el puerto de Cartagena es uno de esos lugares conflictivos donde se junta todo el despojo de la ciudad.
Es un lugar apetecible para los de mi ralea.
Porque entre estos vorágines sentimientos de autodestrucción se está abriendo una con increíble rápidez el odio y la agresividad: en semejante estado de ánimo no soportaría siquiera que se me acercase alguien.
En estas circunstancias el puerto es el lugar más adecuado de la ciudad. Quizá se te acerque aún más gente, pero sus turbios asuntos van más en la onda con lo que siento ahora mismo. Incluso el pestilente aire de odio y desesperación va en la onda con lo que siento ahora mismo.
Me siento terriblemente identificado en este lugar.
Me siento en armonía en este paraje urbano.
Toda la gente de aquí no era más que escoria. Aquí es dónde el mediterráneo arroja todas sus inmundicias humanas, al puerto de Cartagena.

En un bocacalle un hombre se me acerca tambaleando a un paso alarmante, mientras yo voy de allí para acá con mis muletas. Me sorprendí organizando un debate en mi fuero interno, decidiendo rápidamente que le rodearía el cuello con las manos y lo estrangularía hasta la muerte si intentaba establecer cualquier tipo de contacto conmigo. Lo miré con odio a los ojos, concentrándome en su nuez con intención homicida y el rostro retorcido en un gesto burlón y cruel de rabia llevada a su grado máximo. Pero no, el hombre apartó atemoirzadamente la mirada, arqueando el cuerpo a los pocos segundos para evitar que lo barriera de la acerca cuando pasé.
Me topé con un tugurio del que procedía mucho ruido del interior. No soportaba el movimiento y el griterío, me provocaban mayor aversión aún la agitación y el ruido que la amenaza de violencia.
Tras observar que el hombre al que había intentado barrer de la acera entraba, me sorprendí siguiéndole.
El barman tardó un rato en advertir mi presencia. Casi podía notar que ésta era un estorbo; y en cierto estados anímicos me habría ofendido semejante negligencia y probablemente la habría armado. En este momento, al contrario, me hacía feliz que me ingorasen: confirmaba, pues, que era efectivamente tan invisible como deseaba.
Cuando por fin me atendió, me dice que aquí no soy bien recibido. Me meto a su poco higiénico aseo, ignorando por completo sus gritos de indignación y me preparé un pico... Un pico para olvidar este duro día. Un pico para dejar todo el dolor atrás.

Salí por la puerta tambaleándome con las muletas. El hombre al que había tenido intención de matar sale a ayudarme. Tiene una botella de vino en la mano y apesta bastante a alcohol.
Me sujeta y me lleva hasta un callejón.
"¿Estás bien colega?"
"Lo suficiente como para no necesitar ayuda de una escoria como tú".
Así que eso fue todo. El hombre me empezó a dar una tunda. Estaba demasiado pasado como para sentir nada, y demasiado poco pasado como para no recordarlo. Me encogí en un ovillo en el suelo, y me resigné al hecho de llevarme una tunda.
Se suele medir la gravedad de las palizas por su duración, y empezaba a inquietarme, pues esta estaba durando bastante.
Aún oigo sus pisadas conforme se va alejando, y yo intento reincorporarme. Me doy la vuelta, de cara a suelo, y mis manos se cruzan con un adoquín suelto.
Lo que siguió a continuación; no logro recordarlo. Cogí el adoquín. Luego no estaba en mis manos; un crujido, el sonido de un cuerpo desplomándose. Todo lo que recuerdo a continuación es una sensación de náusea en el estómago, y que me arrastré sobre el suelo en busca de mis muletas para ponerme de pie; no sin antes toparme con un charco de sangre que se diluía por la boca de una alcantarilla.

Me levanté pesadamente y recorrí la ciudad sin rumbo fijo; mientras el mar de odio se evaporaba dejando lugar a la sal; ese resquemor sentimental de culpa. Ese sentimiento de culpa, palabra tan ligera que a veces sentimos tan pesada. El hombre tal vez tenía familia; personas que le querían y dependían de él. Tal vez era padre de dos hijos cuya madre los había abandonado con 7 y 3 años que se tendrían que mudar a... No.
El mundo me da vueltas. El lugar donde estoy ahora me resulta extrañamente familiar. Caigo al suelo al tropezarme con algo. Con algo duro; algo de piedra... Consigo leer la inscripción:
PABLO BERNAL MARTÍNEZ
18-07-1963 - 13-11-2007
"Papá".
Tal vez el hombre al que había matado era mi propio... No.
Necesito salir de aquí.
Tú lo has matado, has matado a tu propio padre.
No.
Intento entrar en casa. Golpeo la puerta, pero está cerrada.
"Tú ya no vives aquí". Es una la voz de una anciana.
"¿Qué?"
"Tú ya no vives aquí, joven... ¿Te encuentras bien?".
"Quiero ver a mi padre... Quiero ver a papá..."
"Hijo de mi alma..."
"¿Qué?"
"Tu padre está muerto..."
Tú lo has matado. Tú lo has matado. Tú lo has matado. Tú lo has matado.
No.
"Chaval, ¿estás bien?"
Mareo. Vómitos. Niebla. Necesito aire.
Entro en el ascendor. Marco la planta baja.
Las piertas se cierran... Me asfixio, hace calor aquí dentro. Muerte.
El ascensor se bloquea. Ahora vas a morir tú también.
"Eh, chico..."
Hace calor, hace mucho calor... La temperatura se eleva, hasta niveles aterradores. Muere.
Intento salir, intento salir, y lo único con lo que me tropiezo entre estas cuatro paredes es con mi propia angustia.
PISO 30.
Pero qué... Muere.
El suelo comienza a derretirse, dividiéndose en hebras cada vez más pequeñas que descienden a gran velocidad. Es como chicle, ahora comienza a caer, y yo con él.
PISO 13.
Las hebras van derritiéndose, dividiéndose cada vez más pequeñas y más débiles, mientras la velocidad de descenso crece alarmantemente. El chicle se estira cada vez más.
PISO 2.
Muereeeeeeeeeee.
Esperé el golpe, cerré los ojos, apreté la mandíbula y lo esperé. No llegó.
Intento abrir los ojos, pero los tengo pegados. Me los palpo, y sí, mis párpados están completamente sellados. Es como si nunca hubiese abierto los ojos. Comienzo a buscar algo a mi alrededor; algo afilado con lo que cortar mis párpados; pero todo lo que mis manos logran tocar es una sustancia pegajosa. Me los rasgo con las uñas, profiriendo un grito de dolor. Ahora lo veo todo en ese color rojizo, ese color sanguíneo...
PISO -2.
Siento las últimas hebras que sujetan mi cuerpo, pegándose a él cuán papeles pegados por cola.
PISO -7
Mi cuerpo está sujeto ahora por una última hebra delgadísima que se va estirando hasta lo casi imposible. Tiene ahora el grosor de un pelo. Intento trepar por el resto de hebras que el vacío ha dejado rotas colgando sobre mí, pero me es imposible.
PISO -13
La última hebras rompiéndose bajo mis pies, mi cuerpo cayéndo al vacío.
PISO -13-11-2007.
No.
Cierro los ojos y noto cómo los párpados se me recomponen, volviéndose a pegar. Pero no me importa, no pienso abrir los ojos nunca más.
¡Muereeeeeeeeeeee!
El golpe.
Dolor. Los gritos de auxilio de una señora mayor, el sabor metálico de la sangre, la sensación de ser brisa, la sirena de la ambulancia, la cara de una enfermera, la voz de mi hermano dándome gritos de ánimo y entonces...
La luz.

domingo, 17 de mayo de 2009

Diario de un yonqui (IV)

Me voy al sofá y me siento, paralizado por la angusita. No me salen las lágrimas y no tendría ningún sentido llorar; sería como vaciar un océano lleno de dolor gota a gota.
Sumido en este reconfortante filtro de soledad, pienso en ella, en Andrea, y en mis errores. Tal vez ya sea hora de asumir mis errores, sentar la cabeza, y buscarme un trabajo. No puedo destrozarme la vida por un jodido error cometido bajo los efectos de las gelatinas de metadona. Sencillamente no puedo.
Salí a la calle para despejarme la cabeza y acabé en el Resurrection. Odiaba aquel lugar, pero así es la vida. El principal motivo por el que estaba allí era porque el Resurrection es de los últimos lugares a los que irían mis amigos, o mejor dicho, mis supuestos amigos. Siempre voy allí cuando me encuentro como una mierda y quiero sentirme mejor. Probablemente lo odie por eso, por ser precisamente una prueba de que mi felicidad va en declive.
Sencillamente así es, mi felicidad está poco más o menos hundida en un fango que se espesa conforme pasa el tiempo, dejando paso a la tristeza. Y la tristeza, al igual que todos los sentimientos negativos, es como el vino. Tiene que soltarla antes de que fermente demasiado en tu interior, de lo contrario, jamás podrás librarte de ella.

Llevaba más o menos veinte minutos cuando sentí la presencia del fantasma de las Navidades pasadas. Estaba reluciente con aquel vestido azul.
"Hola, Pablo."
Me quedé paralizado. Ahora me avergonzaba de mi aspecto, y es que me he estado descuidando mucho desde que se fue.
Se sentó a mi lado, y sentí su olor. Recordé entonces aquellas palabras salidas de su boca, repetidas por el eco de la conciencia, que me quemaron toda ilusión de una vida mejor. Aún podía sentirlas ahora.
Pero ya no significaban nada para mí. Es curioso, la forma que tiene el tiempo de arrebatar el amor. Y cuando el amor se va, lo único que recuerdas es al desconocido. Ella es una extraña ahora. Ahora parece banal y superficial, algo ajeno a lo que en realidad fue para mí. Aún conserva cierta soltura en la forma de hablar, y sigue mirándome de aquella manera que tanto me gustaba.
Estuvimos hablando un buen rato; y entonces me di cuenta de que, de alguna manera, ella estaba desenterrando los sentimientos que creía ya desaparecidos a gran velocidad. Bebimos, y cuando estábamos bastante mellados por la bebida, se lo propuse.
"¿Qué tal si vamos a dar una vuelta?"
Ella parecía insegura, "¿Solos?"
"No, qué va. Dios estará con nosotros, ¿no ves que está en todas partes?". Y nada más decirlo, me arrepentí. Siempre he sido demasiado rápido de boquilla.
Ella se encogió como respuesta.
Cuando se puso en pie, volví a hablar "Vaya, veo que sigues siendo más alta que yo...".
"Nunca hicimos buena pareja en cuestión de estatura", suelta ella, "ahora me gustan más altos."
Me siento ridículo, y tengo ganas de irme a tomar por culo de allí. No obstante, continúo "¿Ya no te van bajitos?".
"¿Es una proposición?"
"No."
"¿Y si yo quisiese que fuese una proposición?"
Me da un vuelto el corazón, y lo único que consigo articular es "Bueno,... ¿tú quieres que sea una proposición?".
Y es extraño, dada la situación, me esperaba una afirmación intrínseca. Y casi me caigo al suelo cuando sus labios formaron un círculo perfecto y dejaron escapar un efímero "No". Tan seco, tan natural, tan instintivo, ¡tan sincero!
"¿Por qué no?", me oigo decir a mí mismo. Había sonado en un tomo lastimero muy ridículo. Me siento como una mierda y quiero irme lejos de ella, lejos de aquí.
No obstante, la oigo hablar en ese tono de odio que finge sinceridad "Porque aún sigues siendo ese tipo tozudo del que me desenamoré. Eres como el borracho de El Principito; aquel que bebía para olvidar que se avergonzaba de beber."
Sentí un pinchazo en el pecho, de una mezcla entre angustia y rabia. Quería gritar y llorar. Pero no, no podía darle algún motivo para creer que me había afectado. No podía dejar entrever ningún vestigio sentimental. Debía salvar el orgullo, porque ahora lo veía todo con brutal claridad.
Eran sus gestos, y los comentarios que había hecho lo que me había hecho darme cuenta, ahora que el amor no me cegaba, de que me había enamorado de alguien que probablemente sólo tendría ganas de escupirme. Y ella no me mintió, yo me engañé. En estos momentos ya puedo decir que he de renunciar definitivamente a una de las únicas personas que me han hecho tener ilusiones y deseos en mucho tiempo; que no esperanzas, esa triste abulia de los débiles confiando en el futuro.
Extraño pudonor. Ahora la veo exactamente como es: una arpía con ganas de devorar sentimientos de felicidad ajenos para que florezca su astillada autoestima.
Me despido de ella y me voy a casa.

Repaso el último mensaje de perdón que le mandé, y no queda tras de este gesto más que vacío y ridículo y una larga derrota que se venía gestando desde la primera vez que la vi y estuvimos juntos. Borré el mensaje, al igual que todas sus fotos y recuerdos. Y no lo hago por dignidad, puesto que no tengo dignidad alguna, más que nada por respeto a mí mismo. Necesito recobrar la dignidad.
No soporté que todo mi esfuerzo por ella significase nada para ella, y me convertí en una asquerosa pesadilla y una caricatura de mí mismo que se arrastraba pidiendo perdón por algo que no había hecho, pero fingiendo entereza.
Sólo alimenté más su ego, a costa del mío.
¿Que por qué había venido hoy a mí? Quizá por esa absurda estilización que hacemos de la memora: esa sensación de nostalgia. Quizá para volver a hundirme.
La cuestión es que hoy mismo intentaré empezar mi vida desde cero; ya es hora de cogerla por las pelotas y decirle quién manda aquí. Llamo a mi hermano, y le digo que vaya recogiendo la casa, que buscaré un piso y cuando lo encuentre, nos mudaremos rápidamente.

sábado, 16 de mayo de 2009

Diario de un yonqui (III)

Estoy pensando. Estoy pensando en mi vida y eso es siempre muy, muy estúpido. La razón es que pensar en algunas cosas es insoportable, hay cosas que si las piensas te dejan más hecho polvo todavía.
La clave de la felicidad está en no pensar.
Conseguir llegar hasta Revólver con sólo una pierna es realmente un mérito. Cuando llego me derrumbo exhausto sobre la mesa en la que están mis amigos.
"Tienes mala cara", dice Dani, "¿te hace meterte un ácido?".
"Desde luego que yo estoy por la labor", suelta Bernardo.
Yo me encojo de hombros en señal de indiferencia.
Así que aquí estoy, un puñetero lunes por la mañana echándome un micropunto al coleto. En realidad es uno de esos días que componen las depresiones, uno de esos largos y tediosos días inidentificables porque todos te parecen igual de deprimentes. Quiero decir, lo mismo da que sea lunes a sábado: desde que me despidieron de mi empleo como camarero por tener sólo una pierna para mí todos los días son iguales. Todos son igual de cargantes.
Así que supongo que un lunes; cualquier día; es bueno para ir de micropuntos.
Presto atención a la conversación. En realidad es la conversación quién me presta atención a mí; pues viene a desviarse a tratar un tema que va sobre Marta. Marta es poco más o menos la tía de la que llevo enamorado desde que me dejó ella.
"... así que ahí estoy, follándomela y tal, ¿sabes? No se quitó aquel ridículo sujetador hasta que se lo arranqué yo; tenía miedo de que le viese lo que había debajo. Siempre me hacía pajas pensando en ella, y me la imaginaba con los pechitos perfectos que parece tener embutida en su ropa habitual..., ¿y a que no sabéis lo que me encontré? Las tetas más feas que he visto en mi vida, cómo lo oís, eh. Así que le pregunté: Marta, ¿qué coño has hecho con tus tetas?..."
Entonces los ácidos me pegaron, me pegaron muy fuerte, al igual que la conversación.
Es una historia preocupante e hiriente: me molesta la forma que tienen de aprovecharse y reírse de alguien que para mí es tan importante,... de alguien que me rechazó. Mientras sonreía a Bernardo, me recorrió el cuerpo un temblor fantasmal por el rechazo de aquella mujer que hizo que se me derrumbara el frágil dique de la autoestima, del que rara vez son conscientes nuestros amigos.
Todos se reían a carcajadas, y yo sonreí por guardar las apariencias, aunque por dentro estuviese hecho mierda.
Estaba ahí, rodeado de lo que se supone que son mis mejores amigos; y nunca, nunca en mi vida me había sentido tan solo.

Cuando me bajó el ácido me fui para casa. Subí a mi habitación y me tumbé en la cama, haciendo un balance de mi vida con una crueldad brutal y despreciándome. Sin trabajo, sin estudios salvo bachillerato de letras, sin lazos sentimentales ahora que ella se ha ido y clarísimo que no volverá, amigos que solamente me toleran. Perspectivas bastante tétricas por todos lados, joder. Sí, poseía una cierta vivacidad social, pero la fe en mí mismo que me había impulsado frente a todas las abrumadoras pruebas en sentido contrario se evaporaba ahora rápidamente.
Me acaricio el muñón mientras pienso en cuando murió papá.
Yo, simplemente, me limité a cambiar de aires, cambiar de piso. No podía soportar nuestro antiguo hogar; todos aquellos recuerdos me hundían aún más en la miseria.
Últimamente me encuentro deprimido a menudo. Eso significa que quizá vuelva a ser el momento de cambiar de aires. Algunas personas pasan años de terapia tratando de lidiar con la pérdida, con el hecho de estar deprimidos. Yo simplemente me limito a cambiar de aires. La sensación de estar hecho polvo siempre desaparece. La opinión ortodoxa es que estas huyendo, que deberías de hacer frente al hecho de estar hundido. Yo opino que la vida es un proceso más dinámico que estático y cuando no cambiamos nos mata. No es huir, es cambiar de aires.
Así que salgo a la calle, con la mente despejada, pensando en qué voy a hacer con mi vida.
Al lado de un basurero me encuentro un gatito herido. No sé porqué me deprime la naturaleza, la cruel naturaleza. La forma que tiene de abandonar en la más absoluta soledad a sus criaturas justamente cuando más necesitan compañía y ayuda.
El gatito parece tener la pierna rota, y está cubierto de sangre. Se aleja de mí; tiene miedo. Yo lo cojo e intento buscar un lugar seguro para él.
Un señor que lo ha estado observando todo se mofa "Oye, tío, déjalo estar, sólo es un puto gato".
Ya; "sólo es un puto gato". Un gato es un animal, al igual que el ser humano. ¿Y si un ser humano "sólo fuese un puto ser humano"? ¿Qué pasará cuando yo "sólo sea una puta persona"?
De nuevo necesitaba marcharme. Estaba rodeado de demonios y monstruos. Somos todos malas personas. No hay esperanza para el mundo. Me marché y caminé por la vía férrea abandonada llorando a moco tendido por la inutilidad de todo.

jueves, 14 de mayo de 2009

Diario de un yonqui (II)

Y aquí estoy de nuevo sentado en la oscuridad, acariciándome el dolorido muñón pensando en la última vez que me chuté.
Intento encaminarme hacia el espejo. Cada paso es cruel. El dolor no procede de la extremidad del muñón, sino que parece recorrer todo mi cuerpo. No solo han mutilado una parte de mi cuerpo, también parecen haber sesgado una parte de mí mismo. De mi yo como persona. En algún lugar del camino me perdí a mí mismo.
A pesar de todo consigo llegar hasta el espejo que hay en el cuarto de baño y me examino a mí mismo. Esa masa humana uniforme, en apariencia abatida, de carne casi gris y demacrada parezco ser yo. Me fijo en mis escuálidos brazos y llenos de costras. Me fijo en mi cara, de esa palidez casi absoluta, de un tono casi blanco que contrasta con mis ojeras y el puñado de granos rojos que tengo esparcidos por toda la cara. En especial hay uno muy cabrón sobre el labio, que más que como acné merecería ser clasificado como forúnculo. Es como si yo no fuese yo mismo, como si no me sintiese identificado con el revelador reflejo del espejo.
¿Cuándo fue la última vez? ¿Noviembre, Diciembre?
¿Y a quién coño le importa?
Era una de esas veces que intento dejar mi tercer año de adicción al dragón. Ya había sobrecargado todas las venas, tanto del brazo como de las piernas. Entonces la vi: con esa erección arrogante y esa vena que asomaba sin necesidad de coagularla que parecía suplicarme que le diese un chute. Así que ahí me pinché; en la polla. No sé porqué lo hice, fue una estupidez. Al principio ese dolor puntiagudo pero poco pronunciado era de lo más soportable, pero conforme fue bajando los efectos de la heroína lo fui notando: aquel escozor bestia e inhumano que recorría mi cuerpo con cada implacable latido. Sabía que si me rascaba, ¡kaput!, se me infectaría y entonces sí que la habría cagado; pues me la habrían tenido que amputar.
Pero aquel dolor, aquel escozor... No podía ser humano. Así que hice lo único que sé hacer. Pincharme en una arteria de la pierna izquierda, pues tenía todas las venas sobrecargadas; para aliviar el dolor. Después de ese pico me prometí dejarlo.
Siempre te dicen que no te inyectes heroína en las arterias, que lo hagas en las venas; sin embargo, se comen el porqué: la sangre sale del corazón, en lugar de volver a él. Así que, la sangre, en lugar de desembocar de los vasos sanguíneos más pequeños a los más grandes, lo hace al revés; ramificándose en vasos más pequeños hasta llegar a capilares minúsculos. Así que supongo que con la heroína pasa algo parecido al conocido efecto embudo: las tapona y coagula. Eso sumado a la rigidez arterial propia de los heroinómanos forman el cóctel perfecto para que la coagulación se extienda.
Al día siguiente me desperté con media pierna podrida y el síndrome subiéndome; acudí al hospital. Y ya se sabe cómo son los médicos españoles, al menor rasguño tienden a la amputación en lugar de buscar curas alternativas. Por tanto ahí estaba, un día de Navidad en una camilla camino al quirófano donde me iban a cortar la pierna para que la gangrena no se siguiese expandiendo.
Sin anestesia ni nada, a serrar. Y fue bastante rápido, aquella sierra desmenuzó el hueso en cuestión de un segundo o dos. Todo fue un horrible dolor que pareció dividir mi cuerpo en dos; la pierna y lo que quedaba de él. Después nada, solo un extraño cosquilleo en el muslo y una sensación de malestar y mareo general. Mientras mordía aquel bolígrafo oía: No mires, no mires. Y yo miré; y deseé no haberlo hecho, fue horrible.
Allí estaba mi pierna, todavía sobre la mesa de operaciones. Ahora en de un tono blanco fantasmal. Con las manos, toqué el muñón que estaba siendo tratado con una sustancia incolora que parecía secar la herida, mientras los médicos me limaban una parte del hueso que quedaba sobresaliente. No recuerdo cómo fue, pasó tan rápido... Sólo recuerdo ese impacto, el hecho de ver despegado de mí una parte de mi cuerpo. El dolor ahora parecía lejano, al igual que sus voces y la sala de operaciones. El mundo parecía moverse y respirar, y mi visión se transformó en lentas diapositivas. Yo parecía incorpóreo, sólo notaba una sensación de mareo general y una bruma que parecía invadirlo todo y convertirlo todo en sombras borrosas hasta el extremo de convertirse todo en una fotografía negra.
Después caí en la oscuridad del vacío, en un oscuro y amargo vacío; dónde oía voces de ánimo de fondo y una sensación eléctrica que me debilitaba hasta el punto de impedirme el movimiento.
Cuando desperté, estaba en otra habitación. Mi hermano estaba a mi lado, cogiéndome la mano. La rehabilitación fue peor que la operación en sí. Depresión, impotencia, dolores, mareos, vómitos, negación de la realidad...
Y hoy me dieron el alta. Subir los once pisos de mi bloque de viviendas sin ascensor hasta mi hogar es una horrible tortura. Cada paso pesa en el alma, cada paso duele. Mi pierna sana parece no poder cargar con todo el peso de mi cuerpo, ha empezado a dolerme. Y el dolor, la depresión, el insomnio, la melancolía, la discapacidad: todo forma parte de esa horrible y repugnante maquinaria que tiene por objetivo reducir mi ya agonizante vida a añicos.
Quizá,... quizá ya sea hora de volver a meterse otro chute.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Diario de un yonqui (I)


27 nov, 2008

Creo que no volveré a tocar la heroína, no es más que un suculento juego de perdedores. Creo que ahora tiraré más de barbitúricos. Es la mejor manera de desengancharse.
Ahora el mono llega. Lo noto, está subiendo. Comienza con aquellos viejos sudores, precedidos de escalofríos, que me cubren la espalda como la escharcha otoñal sobre el césped de un jardín. Después empieza ese ataque de ansiedad que se transforma lentamente en pánico irracional, a la misma vez que noto la ligera náusea en el estómago que se desplaza tranquilamente desde unas ganas de vómitar incómodas hasta insoportables. Un horrible dolor de muelas se extiende hasta mi mandíbula y cuencas de los ojos, y después hasta todos los huesos, con ese palpitar implacable, miserable y debilitante.
Las optativas son ir así a la universidad o meterme algún barbitúrico.
No hay color. En media hora estoy camino a clase ido hasta el culo por barbitúricos.
Todo va con normalidad. Apesar de la ebriedad, logro tomar algunos apuntes.
Los barbitúricos tienen algún tipo de efecto placebo, pero no el suficiente, pues ya noto ese cosquilleo sudoroso y desagradable que parece haberse desatado en algún punto de mi espalda y se va expandiendo poco a poco por ella.
Me meto un poco más, y entonces ocurre.

Cuando me vengo a dar cuenta, estoy solo en la gran sala, todo está vacío.
El profesor de Filosofía Antigua se me acerca a mí.
"Casa", me dice.
Casa. ¿Qué cojones significará casa?
Casa.
En una casa se vive, se come, se duerme, se hace el amor, se escucha música.
Casa.
Suena bien; casa.
"¿Es que no tienes casa, hijo?", me dice.
Casa. En una casa se vive...
"..., se come, se duerme, se hace el amor,..."
"Eh, ¿qué?, hijo, ¿estás bien? ¿Has bebido?", me dice mientras me huele el aliento. "Vete a casa, hijo."
Todo buen alumno debe ver su centro de estudios como su propia casa, estar cómodo en él, todo buen alumno debe...
"Esta es mi casa."
"Estás más volado que una jodida cometa, hijo. ¿Has estado fumando hierba? Dime, qué te has metido... ¡Jesús! Si ni siquiera puedes hablar bien."
Se marcha a avistar al rector, mientras yo me quedo intentando recuperar mi lucidez. Pero nada, no consigo nada, así que supongo que esperaré de la misma manera que se espera a la muerte: sentado en una silla con las manos en los bolsillos viendo cómo la vida pasa ante tus ojos y tú no puedes hacer nada para detenerla.
Me encuentro una papela de cocaína en el bolsillo, que llevará ahí desde quién sabe cuándo. Me la esnifo, y eso me aporta un haz de claridad mental. Mis pensamientos entre translúcidos y opacos, se hacen sitio a empujones en mi ya espesa cabeza. Entre ellos, hay dos que requieren mi astucia urgente: 1, ¿dónde me he metido? y 2, ¿cómo voy a salir de ésta?

Cuando el rector, el señor Valverde llega, su expresión era de tristeza; la de alguien más dolido y decepcionado que enojado.
"Lo peor, Pablo", me decía, "es que te tomé por un joven decente y reponsable. Pensé que cuando acepté tu petición de admitirte en la universidad, serías un alumno concienzudo".
"Sí, supongo que he metido un poco la pata."
"Se trata de drogas, ¿no?", me rogó.
Mi mente trato de pensar de una manera diáfana, era pues, el momento crucial.
"En realidad se trata de una especie de depresión, ¿sabe? Llevo algún tiempo tomando antidepresivos. A veces se me olvida, y me tomo una dosis doble".
Valverde parecía pensativo. "¿Cómo es posible que un joven con buenas perspectivas y toda la vida por delante esté deprimido?"
Desde luego, cómo es posible. Trabajando en un empleo asqueroso como camarero. Residiendo en un barrio gris, que está en un barrio suburbano aburrido, con sus bloques de hormigón, donde nunca pasa nada interesante. Hijo de un padre difunto y una madre que me abandonó a los siete años. Cargando con un hermano gandul que aún cursa bachiller. Abandonado por su novia, y enemistado con muchos de sus amigos por mis problemas con las drogas...
Desde luego, cómo es posible. Tengo el mundo en mis manos.

Cuando salí de la universidad; con mi expulsión definitiva de la universidad y con ello mis deseos de un futuro mejor bajo el brazo; el cielo estaba abierto, acuchillado salvajemente. En unos minutos descargaría su lluvía renovadora por el paraje urbano. Lo esperé con ahínco, mientras me sentaba en un escalón, observando la puesta de sol.

29 nov, 2008
Hemingway tiene un memorable pasaje en "Fiesta" cuando se le pregunta a Mike Campbell cómo se arruinó. Él adopta un tono pensativo y lo único que consigue decir es "Gradualmente y luego de repente".
Así es cómo aparece la depresión. Despertándote una mañana, pegado a la cama por los sudores, con miedo a vivir.
Me gustaría que la vida fuese como en el cine. Que un ángel viniese a verme como a James Stewart en "Qué bello es vivir" y me quitase la depresión y las ideas suicidas para siempre.
Siempre he estado esperando ese momento de luz en el que tu vida cambie para siempre, como por arte de magia.
Pero esto no ocurre así; del mismo modo que me hundí volveré a levantarme; gradualmente y luego de repente. Todo lo que me queda son terapias, peleas, rabia, sentimientos de culpa y pensamientos suicidas; todo forma parte de ese lento proceso de recuperación.
Quizá aún sea temprano para eso, no obstante, me he comprado un libro de auto-ayuda psicológica.
Su primer consejo era "Sé tú mismo".
¿Ser yo mismo? Menuda puta basura de auto-ayuda, mejor que ser yo mismo es poder ser cualquiera.