sábado, 26 de septiembre de 2009

Venta de almas

18:29 PM. Grandes almacenes, sección de almas.

-Hola, señorita, ¿puede atenderme?
-Claro, ¿qué desea?
-Pues mira, estoy buscando un alma nueva, que por lo que parece la mía antigua se ha evacuado de mi cuerpo. Ha desaparecido completamente.
-Oiga, pues es raro, ¿cómo se dio cuenta de que ya no tenía alma?
-Pues hace unos días, que estaba tumbado en la cama. Y ya sabe, estamos en Septiembre y aún no hace frío, pero yo estaba helado. Me tapé con dos mantas y puse la calefacción a tope y aún seguía congelado. Además sentía como si algo se hubiese quebrado en mi interior, como si me faltase un pedazo o algo. Comprobé que tenía todos los dedos de las manos y de los pies, y entonces caí, y me dije "Oye, pues va a ser el alma".
-Es extraño, caballero. Normalmente las almas no se van así porque sí, algo muy malo habrá pasado. Normalmente se rompen y se quiebran, pero luego se pegan con el tiempo con el pegamento de la insensibilización. ¿Cuándo empezó usted a sentirse roto por dentro?
-Pues mira, fue el pasado domingo. Lo que pasa es que maté a hostias a mi mujer, ¿sabe? Le empecé a golpear con el puño en la cara hasta reducirla a una masa sanguinolenta, y creo que por eso se ha ido. Porque mi alma era de esas antiguas, ¿sabe?, no es de última generación, así que creo que no pudo soportarlo.
-Oh, vaya. Es lo que pasa, que los asesinatos pasionales van muy mal para las almas antiguas. ¿Me deja ver el hueco que ha dejado su alma, señor? Necesito examinarlo para ver qué almas irían bien con usted.
-Ah, claro, sí. Mire, está aquí, ¿lo ve? Junto al corazón.
-Vaya, vaya. Lamento comunicarle que está usted condenado, así que le tendré que dar almas que también que estén condenadas. Y es una pena, porque el pasado domingo nos llegó el alma de una señora, que era una bellísima persona, que murió a manos de su marido. Pero ya le digo, completamente incompatibles. También, eso que se ahorra, porque las almas que deben ir al cielo son mucho más caras que las condenadas.
-Joder... Oiga, ¿y de dónde sacan ustedes las almas? Curiosidad sólo, ya sabe.
-Ah, pues es sencillo. Verás, las cogemos de las personas que mueren antes de tiempo. Cuando una persona muere prematuramente, el alma aún no se ha preparado para evacuar el cuerpo, porque le pilla de imprevisto y tal, así que se quedan en el cuerpo. Nosotros las cogemos, y se las vendemos a otras personas, para que cuando mueran, las almas puedan alcanzar el cielo o el infierno.
-Bueno, ¿y qué almas cree usted que me vendrían bien?
-Pues mira, tenemos el alma de un joven que se murió hace poco. Uno de sus hobbies era tirarse a la vía del metro poco antes de que pasase para que la gente que había se tirase a salvarlo. Es un alma bastante depresiva, no creo que le dé mucho calor por las noches, pero supongo que si toma antidepresivos puede solucionarlo. Como parte buena, es un alma con la que no tendrá usted remordimientos, pues no sabe distinguir el bien del mal.
-Oh, ¿y cómo murió el chico?
-Pues... puso en práctica su hobby en una parada vacía, así que el tren le pasó por encima.
-¿No tiene otro alma mejor?
-Bueno, nos llegó una hace unas horas de un hombre de cuarenta y tres años. Era un hombre bastante egocéntrico y narcisista, así que gracias a ello, era feliz. Se creía perfecto; no le faltará autoestima ni calor nocturno con este alma. Además, tampoco tendrá usted remordimientos, pues es un alma fría, cruel y calculadora. Lo malo es que es bastante más cara que la del chaval.
-Hum, ¿y cómo murió el hombre?
-Pues se le cruzaron los cables, y salió a la calle armado con un fusil a disparar a todo el que se le cruzase por en medio. Montó una buena, mató a cincuenca y siete personas, de entre ellas, veintitrés policías. Al final un agente de policía logró reducirle de un disparo en la cabeza.
-Me gusta, me gusta. Se la compro.
-¿Para tomar aquí, o para llevar, señor?
-Para llevar, para llevar. Envuélvemela.
-Aquí tiene.
-Gracias... ¡Oiga, pero este alma tiene una mancha negra en el fondo! Y es bastante grande.
-Oh, no se preocupe. Dada su nula capacidad de culpabilidad, no le molestará en absoluto. Incluso puede quitarla, salta con facilidad si la ablanda usted rezando todas las noches, y luego frota con un poco de bondad.
-Hum, demasiado trabajo, ¿sabe? Pero bueno, si usted dice que no la notaré, me la llevo. Por curiosidad, ¿a qué se deben las manchas? ¿No tiene ninguna sin manchas?
-Oh, sin manchas hay muy pocas. Sin manchas sólo están las almas puras, las que aún no están ni condenadas ni salvadas; las almas de bebé. Sólo nos quedan tres almas de bebé que murieron por la muerte súbita, y ninguna de las tres es de su talla. Y, las manchas, pues se deben a toda una vida de maldad y pecados, por eso todas las almas de adulto tienen manchas. Tarde o temprano, todo el mundo comete pecados.
-Vaya... Pues muchas gracias, señora. Intentaré cuidar de este alma lo mejor que pueda. Adiós.
-Disfrute de su compra, señor. ¡Adiós!

lunes, 21 de septiembre de 2009

Hartos de todo (II)

La insípida pero sórdida naturaleza de la realidad me produce desasosiego, pero sólo sucede porque, según mi raciocinio, es el bajón post-cocaína quién hace que esas feas reflexiones que deberían ser fugaces perduren, atasquen las cañerías de mi sistema y le obliguen a uno lidiar con ellas. Voy con el pilóto automático encendido, pero me doy cuenta de que ahora me dirijo hacia la guarida de Carlos.
Su rostro consumido está pálido como la ceniza, pero se le iluminan los ojos al reconocerme. Cuando intento pasar, el astuto cabrón arquea el cuerpo sobre la puerta y me lo impide. Está de un espitoso que te cagas; esa masa negra dorada de cadenas, anillos y dientes raperos.
Noto el olor a amoníaco, y veo que tiene una pipa preparada. Me ofrece una calada. Una sola calada. Le pego una chupada larga y profunda mientras sus maníacos ojos me animan y su mechero quema las piedras. Al retener y aspirar lentamente, noto ese ardor sucio y ahumado en el pecho y una flojera en las piernas, pero me aferro al pecho de Carlos y disfruto del cuelgue frío y revoltoso. Observo cada anillo, cada grano negro, cada cadena y cada mancha del techo con una minuciosidad repulsiva, lo cual debería repugnarme, pero no lo hace, porque esa parte de mi psique se encuentra estremecido en el lado frío de la habitación.
Carlos no pierde el tiempo, ya prepara otra dosis en esa oxidada cuchara y extiende el lecho de cenizas sobre el papel con una delicadeza violenta que me deja asombrado. Primero mira la cuchara, después la parafernalia, y después pregunta algo.
¿Que si tengo la pasta? No, musito, no la tengo. Pero tú vas a darme otra calada de esa pipa. Pasará algún tiempo hasta que pueda permitirme siquiera un gramo de coca. Pero qué cojones, eso carece de relevancia cuando estás realmente enganchado.
Oh-oh, mala respuesta. ¡Vaya negocio! Ahora en lugar de sostenerme en el cuerpo de Carlos, lucho condecoradamente aunque sin esfuerzo por tratar de no cagar mis dientes mientras él me golpea frenéticamente, y yo busco mi navaja. Entonces una lluvia de su egagrópila sangre tiñe de rojo las proximidades, y el sentimiento de desprecio por mí mismo acaba jugando al parchís con el resto de mi psique en el lado frío de la habitación.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Hartos de todo (I)

Mi enjuto rostro se contrae desde el otro lado del espejo y deja paso a una media sonrisa nerviosa, mientras me mira con esos enormes ojos glaciales. Exactamente, efectúo ocasionales visitas a los lavabos, aunque siempre para ingerir en lugar de excretar. Pero incluso mientras me meto por la tocha media economía colombiana, la cara hundida y mortífera del otro lado del espejo me evidencia la triste realidad: la coca me aburre. Nos abure a todos. Somos unos capullos apáticos hartos de todo, en un lugar que odiamos, destrozándonos con drogas de mierda para hacer frente a la sensación de que la verdadera vida transcurre en otra parte. Conscientes de que lo único que hacemos es alimentar la paranoia y el desencanto, pero pese a ello, siendo demasiado apáticos para dejarlo. Porque, por desgracia -o no-, no hay nada que tenga el sucifiente interés para dejarlo.
En cosa de diapositivas han pasado tres días y estamos en un piso para pegarle al crack mientras un capullo habla sobre todo lo que le costó conseguir el material y que más vale que lo paguemos o nos vayamos a tomar por culo. Los billetes arrugados aparecen a regañadientes mientras el tufo a amoníaco inunda el ambiente. Siempre que esa horrible pipa toca mis labios, haciéndome ampollas, me entra una sensación de derrota y de náusea hasta que la calada me envía al otro extremo de la habitación: frío, helado, contento, pagado de mí mismo, diciendo chorradas y tramando planes para dominar el planeta.

viernes, 28 de agosto de 2009

Confesiones a un psicólogo

Tenía cerca de un año y medio cuando se llevaron a mi padre y nos echaron de casa. Es increíble que lo recuerde todo con tal nitidez, pero lo recuerdo.
Mi padre diciendo: "Hijo mío, tengo que irme a ayudar a estos policías. Tú obedece a todo lo que te diga tu madre y sé fuerte. Recuerda, ahora eres el hombre de la casa."
Y mamá llorando y abrazándome.
Y mi padre siendo arrastrado escaleras abajo gritándome: "No llores, hijo mío, no llores. Recuerda que ahora eres el hombre de la casa. Los hombres de las casas son valientes."
Y no lloré. Recuerdo que esa misma tarde nos fuimos a vivir con mi abuela.

Todo lo que recuerdo es una mesa; el límite divisorio entre mi recuerdo y mi imaginación era el trapo que caía de ella en forma de cortina, y las sombras que podía vislumbrar en ella cada vez que pasaba alguien. El mundo fuera del cobijo subterráneo de la mesa era aburrido y hostil.
El resto de la gente era aburrido. El resto de los niños eran aburridos. Sólo éramos yo y la mesa. Y papá. Échaba de menos a papá, y quería verle pronto para decirle que había sido valiente y no había llorado.
Recuerdo que la razón por la que me escondía bajo la mesa eran los gritos. Los gritos, las discusiones y los llantos de mi alrededor. Yo no lograba entender nada, sólo percibía el dolor. Y quería que parasen.
Conocía bien el dolor. Y recuerdo bien como percibía ese dolor. No era como cuando te rasgabas las rodillas al caerte, no; era algo más profundo. Era como un dolor interno, un dolor desesperado. Como los gritos de mi madre cuando se llevaron a mi padre.
Me daba miedo. Los gritos, las discusiones. La rabia, y los golpes. Mi abuelo borracho lanzándole un jarrón a mi madre. Mi abuela amenazándole con un cuchillo de cocina. Y golpes, y más golpes.
Sabía que cuando me caía, me cagaba, o me meaba me prestaban atención. Y sabía que el llanto era el símbolo de que algo iba mal. Así que, con un trozo del jarrón roto, me hice un corte bastante grande en la mano.
Salí corriendo, llorando, con la sangre resbalándome por el codo, hacia mi madr, diciendo "¡Me he caído!". Y mi abuelo se sentó, mi abuela dejó el cuchillo, y mi madre corrió con los brazos abiertos hacia mi.
Y los gritos cesaron, y la gente se preocupó por mí.
Así es cómo comencé a autolesionarme.

martes, 25 de agosto de 2009

Primer día en boxeo ilegal

Uno suele tardar en darse cuenta de que se ha metido en un edificio en el cual todo el mundo tiene las orejas deformes. Una vez te has dado cuenta, ya no ves nada más; ni siquiera todas las narices torcidas, ni los labios partidos, ni las cejas rotas.
En el mundo del boxeo ilegal se aceptan apuestas, y las orejas rotas, aplastadas, derretidas o encogidas son contempladas con orgullo. Quieren decir que uno le ha dedicado tiempo y esfuerzo. Forman parte del juego. Es la naturaleza del deporte, como cicatrices, como heridas de guerra. Como emblemas de pelea.
Crac. Así suena su mandíbula al partirse. William golpea a Petersen desde la izquierda, y su mandíbula queda colgando con los dientes columpiándose en ella. El árbitro toca el silbato. William gana.
William pelea ahora contra Harrington.
En el mundo del boxeo ilegal si te niegas a combatir por cualquier razón, sea la que sea, te cortan un dedo del pie y te lo hacen llevar colgado al cuello durante tu próximo combate. Dicen que da mala suerte.
Harrington es un hombre de unos noventa kilos y William de unos ciento veinte. Dice que no lo considera un combate justo, están a categorías diferentes.
Mientras la sangre cae de mi nariz tiñendo de rojo la vestimenta de la doctora del ring y salpicando sus Doctor Martens, Harrington es subido a empujones al cuadrilátero.
La doctora, señalado una oreja deforme, dice: "Te pasa cuando peleas y te golpean las orejas. De los golpes, de la abrasión, el cartílago se separa de la piel, y, al separarse, la oreja se llena de sangre y fluídos. Al cabo de un tiempo se vacía, pero el calcio queda solidificado sobre el cartílago."
Harrington golpea con la izquierda sobre la boca de Peterson, la cual se parte longitudinalmente. Harrington tiene un corte transversal en la mejilla derecha, debido a los derechazos de Peterson. La sangre brota por sus caras.
La doctora dice: "La sangre se va filtrando lentamente en la oreja y se apelmaza, porque el calcio se solidifica sobre el cartílago. Luego se hace otra herida y más sangre se filtra y se apelmaza, y poco a poco la oreja se queda irreconocible".
El boxeo ilegal es un deporte en el que todo va al revés. Si quieres ir hacia la derecha, tendrás que apoyarte en el pie izquierdo. Si quieres ir hacia la izquierda, tendrás que apoyarte en el derecho. Si quieres avanzar, tendrás que retroceder. En un deporte en el que todo va al revés, las heridas y la sangre no son una muestra de debilidad; al contrario. Cuanto más sufras para derrotar a tu adversario, siempre y cuando lo derrotes, más mérito tendrá.
Motas de sangre alcanzan al público mientras las pequeñas gotitas forman charcos dentro del ring.
La doctora dice: "Cuando las orejas se llenan de sangre, tienes que vaciártelas. Para ello tendrás que usar jeringuillas. Y mientras las vayas vaciando antes de que la sangre se endurezca, se puede ir evitando, más o menos."
Mientras el cuerpo de Petersen se desploma sobre el ensangrentado suelo, Harrington escupe sangre y levanta el brazo en señal de victoria.
La doctora extrae sangre de mi oreja izquierda y me recoloca la nariz. Suena otro crac y empieza a salir sangre de nuevo. Expulsa la sangre de la jeringuilla y la deja sobre un recipiente metálico. Entonces vuelve a clavar y sigue extrayendo sangre.
Me mira y dice: "Sé que tú no quieres tener las orejas deformes".

miércoles, 19 de agosto de 2009

Esos ruidoadictos... (II)

La gente desde lo alto del piso se ve muy pequeñita. Van de un lado a otro, con sus maletines en sus manos. O con sus hijos. O con las novias, o con bolsas de la compra. O con helados, o hablando por el móvil. Los que no, las llevan en los bolsillos. Así parecen parte de algo. Parece que forman parte de la multitud, de la sociedad. Quizá con las manos ocupadas, todo parezca tener mejor aspecto. Quizá, simplemente, no sean las manos: sea el tener algo, algo que hacer; y mantener las manos ocupadas sea el mero símbolo de que tienes algo. Pero parecen todos tan normales y felices. Nadie pensaría que entre esa multitud hubiese algún esquizofrénico capaz de secuestrar un autobus escolar y de estrellarlo contra un hospital, o que haya alguien tan deprimido como para estrangularse con sus propios intestinos.
Quizá sea la altura. La forma de ver la perfección es contemplándola muy de lejos. De cerca siempre se ven las imperfecciones. Desde lo alto, todo parece una sociedad perfecta. Quizá si nos acercamos y miramos en el interior de cada uno podemos ver lo mal que va la cosa.
Así nos debe de ver Dios. Pequeñitos y felices. Como si todo fuese bien. O quizá a Dios se la sople todo. Él nos creó a su imagen y semejanza; con toda seguridad que él también tiene sus problemas de los que ocuparse, y no de los problemas ajenos. Con toda seguridad que él no busca otra cosa que una solución para sus problemas.

Y tal vez la solución al ruido sea más ruido. Retransmitir mi dolor o mi alegría o mi enfado por todo el vecindario con el equipo de música puesto a tope. Tal vez la solución a mis problemas sean más problemas. Problemas más gordos de los que preocuparme.
Das un fuerte puñetazo a la pared, y luego otro. Después otro que precede al siguiente. Hasta que los puños te sangren y dejen su marca en la pared. Hasta que los dedos se te desarmen y te crujan.
El cuerpo humano tiene una capacidad limitada de sentir dolor y placer. Cuando se alcanza el límite, ya no se siente nada. Así que la respuesta al dolor puede ser más dolor. De cualquier manera, el dolor físico puede mitigar el dolor emocional.
Más sufrimiento para ahogar el sufrimiento. Dolor para ahogar el dolor. Ruido para ahogar el ruido.
Pastillas contra pastillas. Quizá la solución sea el exceso y no el defecto.

No sé de dónde he sacado esta idea.
Los expertos en la cultura de la Grecia antigua dicen que la gente de aquella época no creía que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando los griegos de la Antigüedad tenían una idea, creían que un dios o diosa les estaba dando una orden. Apolo les estaba diciendo que fueran valientes. Atenea les estaba diciendo que se enamoraran. Ares les decía que asesinaran a su vecino. Hefesto les decía cómo resolver una ecuación.
Ahora la gente oye un anuncio de un cosmético que te deja la piel tersa y elimina las arrugas y salen corriendo a comprarlas, pero a eso lo llaman libre albedrío. Por lo menos, los griegos de la Antigüedad eran sinceros.
Y sigo golpeando la pared hasta que el vecino de abajo empiece a dar puñetazos al techo. Y haga ruido. Su respuesta es más ruido para ahogar el ruido.
Porque una planta también puede morir por exceso de agua.

lunes, 17 de agosto de 2009

Esos ruidoadictos...

Alguien está viendo Siete Vidas a todo volumen. Su sonido se filtra por el techo. El estruendo de las risas de la televisión hace vibrar cada una de las células doloridas de mi cabeza. Todos esos sonidos de risas en la televisión se grabaron durante los cincuenta, lo que dicta que hoy día la mayoría de gente a la que se oye reír está muerta. Muerta y enterrada. Su estruendosa risa transformada en un silencio frío y fertilizante. Y este sonido, este estruendoso sonido es su legado. Un parásito, algo que sobrevive al ser humano. Algo que sobrevive al cuerpo y al alma.
Alguien está tocando un bajo a todo volumen. Su ruido atraviesa el patio interior y hace gemir cada uno de los papelitos que tengo encima de la mesa.
A mi derecha se oye un ruido de batalla. Se oyen disparos de M1 Garand y de MP40. Se escucha una MG-42 y una Thompson. Se escucha un rifle de francotirador Springfield, y ruido de bombardeo por artillería y aviación. O bien en la casa de al lado se está librando una batalla en la que un contingente alemán se defiende de la invasión norteamericana en las playas de Normandía o bien alguien tiene la televisión puesta demasiado alta.
Esta es la gente que necesita que su televisor esté encendido todo el día. Gente que llena sus vidas de ruidos y ruidos para no poder escuchar su propio silencio. Estos son mis vecinos. Estos son el mundo entero. Estos adictos al ruido, que tienen fobia al silencio.
Todos los sonidos se filtran por las paredes y se mezclan: la risa de los muertos con la grave vibración de un bajo con la batalla de la Segunda Guerra Mundial.
Y al día de hoy, esto te lo venden como "Hogar, dulce hogar". Este asedio de ruidos. Te lo venden como civilización y sociedad. Te lo venden como progreso.
Y se inventan pastillas y píldoras para las imperfecciónes que deja "el progreso" en ti. Pastillas para poder dormir, pastillas para el dolor de cabeza. Pastillas para las contracciones musculares, y pastillas para los que escuchan voces. Pastillas para el hipersomnio. Pastillas para la depresión. Pastillas con efectos secundarios.
Pastillas con efectos secundarios para arreglar los efectos secundarios de otras pastillas. El apaño que cubre el desperfecto que ha dejado otro apaño que cubría una imperfección que dejaba otro apaño y así sucesivamente.

Siempre he querido encontrar mi Nana. Encontrar un sonido, o imagen, que cuando sea escuchado o visto sea interpretado por el cerebro. Y le envíe un mensaje. El mensaje de morir, de ser desconectado. Cantar una palabra, enseñar una fotografía, y matar a una persona.
Y enviarlos a todos al espacio exterior, donde no hay aire, por lo que no se transmite el sonido. Convertir todo su ruido en un silencio frío y fertilizante.
Pero aún quedaría su legado. Todas las películas, y la música. Todos los documentales, informativos, reportajes y series de televisión. Todo el ruido grabado.
Matarlos sería el apaño que cubre un desperfecto pero deja otra imperfección.

¿Qué se puede hacer? ¿Toda solución a un problema causa otro problema? ¿Hay alguna solución definitiva? ¿O estamos condenados a vagar restaurando los problemas causados por soluciones anteriores?

domingo, 16 de agosto de 2009

El recordatorio

En mi peripecia para buscar cerveza a las 3 y pico de la madrugada me he dado cuenta de dos cosas.
La primera, es que el cartel de "Abierto las 24h" del chino de abajo miente.
La segunda se remonta bastante tiempo atrás. Por aquel entonces yo estaba bastante deprimido. Una amiga me dijo que todo era mental, pues no tenía razones reales para sentirme como me sentía. Que todo era sugestión. Que si no podía desde dentro que lo hiciese desde fuera. Que o eso o que me hinchase a pastillas y píldoras de fluoxetina. O de venlafaxina. O de bupropion. O de sertralina, o de citalopram o derivados.
Creí que lo conveniente era hacer lo primero. Con un permanente rojo, y un taco de post-it amarillos fui adornando mi vida. Dándole color; el color rojo que se supone que ha de tener la felicidad. Con el rotulador escribí en grande en un post-it HOY VOY A TENER UN BUEN DÍA, y lo pegué en la parte que daba para dentro de la puerta de mi habitación. Cada mañana lo leía y me lo repetía a mí mismo al levantarme hasta creérmelo. Me levantaba de buen humor, y todo parecía tener mejor aspecto. Las chicas eran más guapas. La comida sabía mejor. Me iban mejor los exámenes. No sabía cómo, pero la cosa funcionaba. Aún era insuficiente, me dejaba con ganas de más. Pronto la técnica hallanó otros espacios.
Pronto empecé a poner post-it en el frigorifico que decían VOY A DISFRUTAR DE UNA SALUDABLE COMIDA. O más en la ducha que decían VOY A QUEDARME LIMPITO Y FRESCO. Ponía más en los libros diciendo VOY A DISFRUTAR DE ESTE LIBRO. Y en las películas, y en los discos de música. Y en los videojuegos, y en el monitor del ordenador.
Llené el techo de mi habitación con post-it que decían HOY VOY A DORMIR BIEN. Cuando no HOY VOY A TENER DULCES SUEÑOS. En la puerta de la calle ME LO VOY A PASAR GENIAL FUERA. Y en las puertas y en las paredes. Y en las ventanas y en las persianas. Y en los altavoces del ordenador. Hasta en los lápices VOY A UTILIZAR BIEN ESTE LÁPIZ.
Y cuando más lo hacía, más quería. Me convertí en un adicto.
Si no seguía embadurnando mi vida de ese rojo sobre amarillo me volvía a deprimir lentamente. Necesitaba más y más, para mantener ese estado de felicidad.
Sobre el lavabo QUÉ AGRADABLE ES LAVARSE LAS MANOS. En las toallas GRACIAS POR SECARME. En los paraguas GRACIAS POR PROTEGERME DE LA LLUVIA.
Los mensajes ya no eran de autoayuda. Eran mensajes optimistas y ya está. Pronto comencé a repetir los mentajes. A poner varios post-it con el mismo mensaje en el mismo objeto. A darle a toda mi vida un plumaje de papel amarillo con los objetos de mi casa.
En los periódicos GRACIAS POR MANTENERME AL DÍA. En las gomas GRACIAS POR BORRAR MIS FALLOS.
Un día mi padre dijo que ya bastaba, que estaba hasta las pelotas de los post-it que había hasta en la sopa. Me dijo que los quitase todos. Y desaparecieron los post-it que había sobre las estanterías que decían GRACIAS POR SOSTENER MIS LIBROS. Y los que había en el horno y en el microondas que decían GRACIAS POR CALENTAR MI COMIDA. Y todos los demás.
Y la depresión volvió. No me sentía realizado, no sentía nada de nada. Sentía que mi vida era una absurda pérdida de tiempo. Que el tiempo se acababa, y que moriría sin haber hecho nada que mereciese la pena. Así que pinté en la calle un mensaje que leería cada vez que saliese, durante el resto de mi vida, que decía HOY ES EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE TU VIDA, para sentir que todavía tenía toda la vida por delante para hacer algo que mereciese la pena.
Y la segunda cosa de la que me he dado cuenta, es que alguien ha tachado con una cruz la palabra primer con un rotulador negro sustituyéndola por la palabra peor. De forma que queda HOY ES EL PEOR DÍA DEL RESTO DE TU VIDA.
Cogí el permanente y bajé para intentar corregirlo, pero ya no pintaba. Se había gastado. Y me di cuenta de que mi esperanza roja había desaparecido, se había gastado de la misma manera que lo hace un rotulador.
Así que cada vez que salgo me encuentro con ese mensaje, me mina de forma implacable. Deprimiéndome. Haciéndome sentir que cada día es el peor día de mi vida.
Y puede ser que tenga razón.




sábado, 15 de agosto de 2009

20:17 PM, andén 7

El momento es decisivo. Cuando nuestras miradas se encuentran por fin en el andén, cuando nuestros abrazos se juntan y nuestros corazones se sincronizan. A sabiendas de que quizá nunca nos volvamos a ver, de que tal vez nunca compartamos más palabras ni sepamos nada el uno del otro. A sabiendas de las abrumadoras posibilidades pero con la certeza de que nunca nos olvidaremos.
Cuando noto que su cálido aliento me roza el cuello poniéndome la piel de gallina, caigo en la cuenta de que ya ha llegado el momento. Que nuestro tiempo se está acabando y que hay algo que debería saber.
Nos separamos y le digo que ambos sabíamos que este momento llegaría, que cuando me alisté lo sabíamos, y que no deberíamos haberlo ocultado. Le digo que no sé qué hacer, pero que todo va a ir bien.
La miro a los ojos, y le digo que todo irá bien, aunque sé que no es verdad. Después, me quedo escuchando, esperando a que termine de llorar para decir lo que siento. Estoy aquí, en un lugar donde nunca soñé que volvería a estar, y le digo que estoy enamorado.
Nuestros cuerpos siguen unidos. Mi pecho se estremece con cada uno de sus latidos. Y mientras la gente va y viene a nuestro alrededor, nosotros estamos ahí abrazados, impasibles a todo. Flotando mientras la vida pasa apresuradamente a nuestro alrededor.
Sus labios articulan palabras en silencio. Lo sé, dice. Yo también, dice.
Entonces nos besamos, y es agradable. Noto como si mi corazón se llenase de agua caliente. El tiempo parece congelarse y nada importa al margel del momento.
Le digo que lo siento. Que debería haberselo dicho antes.
No tienes de que arrepentirte de nada, dice, el destino lo hizo así.
Le digo que no quiero creer que esté escrito que yo he de enamorarme de ella. Que prefiero haberme enamorado y ya está, por mí mismo y no porque es lo que ha de suceder.
¿Qué más cosas quieres?, pregunta ella.
No quiero nada más en realidad, le digo. Todo lo que quiero es que el suelo siempre esté bajo mis pies, el cielo sobre mi cabeza, y que ella siempre esté a mi lado.
Sé lo que hay al final de la vía, se intuye desde más allá del horzonte. Sé lo que hay en ese tren. Pero he de subirme; no es el destino, es lo que he elegido. Correcta o no, mi elección no es ningún plan maestro ya escrito. Es y ya está.
Mientras subo al tren, la miro a ella. No es perfecta y no está completa, pero es la vida que he de dejar atrás.

martes, 21 de julio de 2009

Fiesta en casa Roy

"Detesto esa puta mierda, joder" declaró Rant, "¿qué tiene de fuste follar con un durex puesto? Puto sexo seguro, puta muerte segura. Si no hay riesgo ni incertidumbre no se disfruta, joder."
"Que te jodan, Rant. Es mi polla y hago con ella lo que me salga de los cojones", contestó Victor, a medio camino entre la risa y el enfado.
"Vale, pues que te den por el culo".

Las discusiones de borrachines eran un problema secundario, nada comparado con Roy. Roy era el problema principal. Este es su piso, es su reino, y parece haberse propuesto que todos lo pasemos bien. En lo que a mi experiencia se refiere, ese es el "nos" mayestático de Roy, pues el único que lo pasa bien es él. Pasarlo bien según su criterio es tener que aguantar su mierda de discos de Simply Red, U2, y demás grupos de rock comprometido toda la noche, mientras nos cuenta sus batallitas sexuales.
De eso tratan, más o menos, las relaciones públicas de Roy. La gente trata de aguantarlo y aumentarle el ego mediante comentarios halagadores a las mismas historietas que ya ha repetido hasta la saciedad, poniéndo gran esfuerzo en parecer que es la primera vez que las escuchan. A cambio Roy no te partirá la cara, y si algún otro cabrón pretende hacerlo ya se ocupará él de hacer que se arrepienta.

Ahora Roy le está dando la barrila a Adam. Adam asiente ecuánimamente mientras le temblequea la mandíbula por el ácido en el que está colgado. El muy capullo lleva encima cuatro pastis de ketamina. Se apostó conmigo a que se colocaría más que yo; que sólo voy de dos secantes de LSD; con esas cuatro. Y por ahora parece estar ganando, pues la charla que le está dando Roy sería difícilmente soportable si no fuese de ácido.
Adam es bajista en un grupo de punk mugriento. Había un gran proverbio que decía que si no tenías ni zorra de música, pero aún así querías crearla te dedicases al punk. Lo difícil sería clasificar al punk más como música que como una serie de ruidos grotescos canalizados estruendosamente por los altavoces. Pero de acuerdo con esa teoría, Adam sería un perfecto punk. Imaginad a un drogata pasado de ácidos con un viejo Sojing de cuerdas de niquel de 0.45 que suena a cascajo. Imagináoslo, y subidlo a un escenario dándo gritos. Fatal, ¿eh?
Ahora, en realidad Adam me ha contado que está tan colgado en los conciertos que apenas puede actuar. Así que se dedica a dar saltos y aporrear ese cascajo que tiene por instrumento, mientras hay un CD con las pistas de bajo grabadas en playback.

Todo en el piso, en la fiesta, va según tendría que ir.
Una furcia con unas Doctor Martens está ligando con un chaval. Se da la vuelta, y puedo ver las letras , poco sugerentes ellas, impresas sobre su camiseta que dicen INSERTE POLLA AQUÍ, y una flecha que señala el trasero.
Mientras Tommy está metiendose rayas de coca en la mesa de la cocina. Después estornuda, y un enorme moco blanco sale disparado, quedándose pegado en el suelo. Al ver que está lleno de polvo blanco, Tommy se agacha, lo lame, y lo lleva de vuelta a su interior.
Jane y Aston están teniendo una fuerte discusión sobre quien tiene más derecho a chuparle la polla a Richy, que está tirado en el sofá, totalmente ido por las gelatinas de metadona.
Marc está bailando en calconcillos delante de la televisión. Su novia se va del piso, como protesta por su comportamiento. Para empezar, Marc está tan borracho que ni siquiera había reparado en su presencia.
Unos yoncarras con arpones hacen trainspotting sobre sus siniestros, mientras un oso blanco pasa entre ellos dejando una estela rosa allá por donde anda.
"Hostia puta, Adam, ¿has visto el oso?"
"Nah, tío, en realidad es un perro-oso, sabes."
Y así es. Así es todos los jodidos fines de semana.
Para muchos, esta forma de vida parece aterradora y deprimente, y en cierto modo lo es, si no estás demasiado pasado como para no sentir nada. Para otros, es una forma de vida que les ayuda a superar todos sus errores; una vía de escape a la depresión y el aburrimiento.
Para mí, no podría ser más aburrida. Pero así es la vida, escoges y andas un camino. Y siempre es tarde para volver atrás y escoger otro.