lunes, 15 de junio de 2009

Cómo mandarlos a tomar por culo

Rubén sale de la cama y se pone junto al espejo. Yo hago lo propio, para subirme cómodamente las bragas, las cuales recogen parte de su espeso semen que se me deslizaba piernas abajo.
Miro su polla colgante, casi de aspecto culpable. Se vuelve y dice "No lo entiendo". Yo me vuelvo a tumbar sobre la cama, retorciéndome para expulsar el último espasmo de frustración.
"Me han puesto demasiadas horas estos últimos meses,", dice, "ya sabes, con esto de la crisis hay que esforzarse más. Y joder, ya ni tengo tiempo para ser yo mismo. No tengo tiempo para ser Rubén. Pero, ¿a quién coño le importa Rubén? A esos cabrones del trabajo no, por supuesto."
Casi ni presto atención a su lastimera elegía a las corridas prematuras, en vez de ello, emprendo el descenso por esa escalera de caracol de la conciencia que lleva hasta el estado de sueño.
"¿Nica? ¡Nica! ¿Me estás escuchando? ¡Mónica, por Dios!"
Siempre me llama Mónica cuando quiere dar a entender la gravedad o seriedad del asunto. Me limito a responder con un onírico gruñido mientras él sigue ladrando.
"El caso es que tenemos que normalizar nuestra relación. Ya sabes, estoy a dos pasos de mandar a tomar por culo a Maite. En lo que a sexualidad respecta es demasiado fácil, no me otorga ningún reto", dice, dejando que una brisa de satisfacción recorra sus palabras.
Tal vez el ego masculino sea frágil, pero en lo que a mi experiencia se refiere, le cuesta más bien poco recuperarse. "Quiero decir,... quiero que lo nuestro sea una relación real, Nica. Quiero que sea..., pues eso, joder, real. ¿Entiendes lo que te quiero decir, cariño?"
Tras haberme incorporado a la retahíla de polvos de Rubén, supongo que es un honor ser ascendida al estatus de amante. Pero como que no.
"¡Mónica, joder! ¡Ni siquiera me estás escuchando!"
"¡Pues claro que no! Si no puedes ni echarme un polvo decente, por lo menos déjame dormir un poco."
Entonces él se sienta al borde de la cama, respirando pausadamente. El descenso y ascendo de sus pectorales, se me antoja parecido a un animal herido en la penumbra, intentando decidir si contraatacar o huir.
Espira de un tono petulante y posesivo que últimamente se está volviendo propio de él, y me planta un beso en la mejilla, como creyendo que eso lo soluciona todo. A mí, que sólo soy un jodido segundo plato, la que llena su cama cuando las discusiones con su novia la llevan a marcharse de casa.
Entonces lo dice: "Me recuerdas tanto a ella". Y caigo en la cuenta de que es lo único que puedo hacer. Ya va llegando ese momento.
Las semanas de trato deferente que se han acumulado hasta formar esa masa crítica que te da la bastante fuerza como para mandarles a tomar por culo sin ceremonias.
"Vete a tomar por culo", le suelto, mientras me levanto y me pongo el sujetador. No sé porqué me molesta que me vea las tetas ahora, cuando desde hace unas semanas ha hecho con ellas lo que le ha querido. Quizá sea un signo de que ya nuestra relación, si se le puede llamar así, es historia. Au revoir.
La inmovilidad del oscuro contorno de Rubén, y su silencio gélido me dicen que he dado en el blanco y por fin lo ha entendido.
"¡Vale, pues que te den por culo! Eres una niñata, Mónica, una jodida arpía arrogante. Supongo que ahora te creerás el no va más porque aún no se te han caído las tetas, pero créeme, algún día lo harán. En esta vida vas a tener unos problemones que te cagas."
La insatisfacción sexual y las discusiones se las puedo perdonar, pero en tándem ni de coña. Es intolerable.
Salgo por la puerta dando un portazo, pensando en lo bien que me vendría ahora echar un polvo para liberar tensiones y sudar un rato.
El problema nunca estuvo en los penes, a no ser que seas una vacaburra con un tunel entre las piernas puedes follar con cualquier cosa, sea cual sea su tamaño. O bueno, casi cualquier cosa.
El problema no está en los penes, no, más bien en sus adjuntos. De tallas mentales muy diversas. Con los años, la mayoría de chicas se convierten en mujeres, pero en realidad los hombres nunca dejan de ser niños. En eso les envidio, su capacidad de revolcarse entre la necedad y la inmadurez, cosa que siempre me esfuerzo por imitar. Aunque puede resultar odioso cuando una siempre se lleva la peor parte.

domingo, 14 de junio de 2009

De tripis

Tardo una hora en subir. Pero lo hizo.
Y fue demasiado, dos tripis eran demasiado.
Como siempre, gradualmente y luego de repente.

¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Qué soy yo?
Andrés. Andres, de Murcia. Intenté gritar, pero carecía de voz con la que hacerme oir. Sí que percibía mi pensamiento, con claridad y una definición asombrosa, pero lejos de ser un sonido, era como un recuerdo.
Me parecía que el viento me arrastraba lánguidamente, pero no oía su silbido ni notaba su corriente. Lo más aproximado a una sensación era la de ser una bolsa elevándose con el viento, la de ser una bandera flotando en la brisa, pero aún así sin tener sensación alguna de dimensión o forma.
Nada transmitía a mis cauterizados sentidos noción alguna de magnitud, era como si abarcase el universo entero y a la vez tuviese un tamaño menor al de una cabeza de alfiler. Tampoco parecía tener noción de tiempo, cada segundo que creía que pasaba, lo hacía con una lentitud fugaz.
Al cabo de un rato empecé a notar, a ver, texturas a mi alrededor. Había imágenes pero nada que denotara su procedencia, o cómo eran procesadas; ninguna noción real de tener cuerpo, miembros, cabeza u ojos. A pesar de todo, percibía claramente aquellas imágenes: un telón negro-azul iluminado por objetos parpadeantes, centelleantes e informes de masa variable, tan indistinguibles como yo mismo. No, no lo veía, pero era capaz de ser consciente de ello a través de algún extraño en indefinido conglomerado de sentidos.

La atmósfera en la que me movía se espesaba, solidificándose, ofreciendo mayor resistencia a mi sentido del momento. Aquello me impedía moverme, y pronto comprendí que iba a quedar preso en ella. Una sensación de pánico se apoderó de mí. Quería seguir moviéndome, pero no podía.
A lo lejos logré distinguir un centro de luz incandescente.
Seguía sin estar demasiado seguro, pero creía estar flotando por aquel gelatinoso vacío sin cumbre hacia su dorado centro luminoso.
No tenía ni idea de dónde estaba; de mi forma, de mi tamaño, o de mis sentidos en las distintas categorías de vista, tacto, olfato, gusto u oído; al parecer obsoletas, y sin embargo era capaz de experimentar el caleidoscopio de los colores en expansión, más allá del gel en el que estaba sumergido.

Hubo una explosión y entonces algo sucedió. La luz se comenzó a expandir por aquel universo. Por mi universo. Ya estaba sobre mí. La luz, estaba a mi alrededor, ya estaba dentro de mí. Sí, antes había percibido la luz, pero ahora la podía notar dentro de mí, la veía de verdad, quemándome a través de mis párpados cerrados. La luz.

sábado, 13 de junio de 2009

Misceláneo

Ahí estás tú, con un aspecto estupendo, resplandeciendo bajo la luz artificial de un bar. Esclavizado a un empleo toda la vida para comprar mierdas que crees que necesitas. Pero da igual, no te lo planteas. La vida pinta mucho mejor cuando son otros las que te la dirigen. Tú no pones tus horarios, te los ponen. Jornada laboral de ocho horas, con un pequeño descanso para almorzar. Cuarenta horas semanales, libras sábados y domingos, que usarás, como el resto de personas, para salir de fiesta.
Trabajas en una empresa de telefonía; 1.500€ mensuales. Tienes una pequeña casa relativamente céntrica que tendrás que estar pagando hasta el día en que la palmes y un pequeño utilitario en el que siempre te pones de los nervios en los atascos.
Te dicen: haz esto todos los días de tu vida, esto es felicidad. Y tú eres feliz. Felicidad es ser atractivo gracias a los cosméticos, tener un salón Ikea. Felicidad es beber Coca-Cola, usar calzoncillos Calvin Klein, y perfumes Lacoste. Felicidad es tener un Armani, y conducir un Mercedes. Y tú te esclavizas a esa felicidad.
Te duchas usando champú H&S con extracto de manzanilla (que ahora se dice cammomile por puro marketing). Te pones tu traje Salvador Ferragamo, aunque no te convence la camisa y te decides por una Tommy Hilfiger. Te pones tu colonia DN Blue, y te afeitas con Guillete. Usas loción de afeitar (que ahora se dice after shave; más marketing) marca Nivea. Y, finalmente, coges tu Volvo y te vas al pub.
Así que ahí estás, un sábado por la noche, con más pinta de ser feliz que nunca en tu vida, pero en lo importante eres menos feliz, eres menos humano. Te estás convirtiendo en un simulacro de persona.

El ser humano no tiene instinto programado genéticamente. Quizá por eso nos lo tengan que programar las multinacionales. Vivimos en una sociedad de autómatas.

jueves, 11 de junio de 2009

Ángela (II)

Lo primero en lo que caí en la cuenta al entrar en la habitación es lo triste y deprimente que era. Era la más pura recreación de la soledad aplicada al elemento arquitectónico. Estaba pintada de un blanco sucio iluminado tenuemente por la luz que se colaba en unas antiguas cortinas que había sobre la enrobinada ventana. El resto de la habitación estaba desnuda, salvo por unos elementos en el centro de ésta. Lo segundo en lo que reparé fue en el osciloscopio, situado junto a la cama que se hallaba en el centro de la habitación en la que, al parecer, habitaba algo hundido. Observé con horror enfermizo cómo la línea verde se desplazaba erráticamente desde el punto más álgido al más bajo. Lo hacía sin fuerza, sin pasión. Quizá fuese un signo de que no le quedaba demasiado.

Por último... me fijé en la cama. Abandonada silenciosamente entre aquellas cuatro deprimentes paredes. Y allí estaba ella, hundida sobre la cama y con los ojos cerrados. Pude escuchar su respiración lenta, pesada, e irregular. Su piel parecía poco más que un elástico estirado sobre un esqueleto de juguete.
Sus ojos parpadearon antes de abrirse, dejando entrever en ellos la luz de su energía vital. Sentía esa incómoda estrechez en el pecho, y aguardé a que amainase su intensidad para hablar, pero no lo hacía; permaneció allí, como una constricción constante e implacable. La sencillez aquello de todo me hacía enfermar; quería que aquél fuese un momento especial.
Ella se me adelantó:
-Hola.
La línea del osciloscopio arremetió contra mi cordura. Estaba en peligro. Le cogí la mano y me incliné sobre ella para oírle decir con urgencia mientras dejaba escapar el aire sordamente:
-Andrés... ¿eres tú?
-Sí, soy yo. Aquí estoy, Ángela - dije inclinándome hacia delante y sosteniéndole aún la mano. Aquel momento nos pertenecía.
-¿Qué tal tu último relato? - preguntó.
-Bien - contesté. Era lo único que se podía decir. Era de locos, joder. Que qué tal el relato; pues el relato bien.
-Tendrías que leermelo. Me gustaría oírlo. Por cierto... me alegro de verte. - dijo Ángela, mientras sus ojos resplandecían cálidamente.
Me saqué el cuadernillo y se lo leí en voz alta. Le gustó.
-¿Qué tal tú? - me aventuré a preguntar.
Y entonces me miró. Me miró de esa manera tan especial que ella tiene, esa mirada sobrecogedora de despreocupación irónica que parece decir "No te preocupes por mí, el mundo está más jodido aún". Me miró, y sonrió. Su mirada, su sonrisa... gracias a Dios que las había recuperado.

Ahora, al contrario; eran la sofisticación y la búsqueda constante de profundidad lo que parecía una falsa trivial. La sencillez de todo aquello ya no parecía para nada banal: estábamos contentos con el hecho de estar el uno con el otro. Hablamos un poco más, y escogí cuidadosamente las palabras para que no me llevasen a un tema relativo a su estado de salud. Sé que ella me lo habría confesado sin mostrarse herida o preocupada, pero yo no quería saberlo. No quería pasar por eso. Y, aunque su cuerpo parecía marchito, sus ojos aún despedían la vivacidad que solían despedir antaño.
Entonces nos despedimos en un acogedor abrazo, y me marché. Me sorprendí a mí mismo quitando con el dedo una lágrima caliente que se deslizaba mejilla abajo.
Subí al autobus y esperé.

miércoles, 10 de junio de 2009

Declaración indecente

He estado unos días fuera, pero ya he vuelto. No sé si para bien o para mal, pero el vestigio escatológico este ha vuelto. Menos centrado y con la mente más obtusa que nunca, quizá debido a ese par de reflexiones que descentran mi mente. Así que mañana os prometo relatos, pero hoy tengo que escribir esta mierda. Simplemente tengo que escribirlo, creer que alguien lo ha leído, o simplemente que alguien lo puede leer. Es una tontería, pero no puedo guardármelo dentro. Simplemente no puedo. Simplemente, todo es así de simple. He de hacerlo.

¿Debo decírselo? Esa vaga sensación de disconformidad que compone una parte de mí me dice que sí; esa parte imposible de saciar, que nunca me abandona, sean o no momentos álgidos. Pero supongo que todo el resto de pruebas lo arrollan en sentido contrario: yo no estoy hecho para eso. No hay más que mirar atrás, ver mi largo historial de fracasos, y preguntarme si de verdad mereció la pena decírselo a ellas.
Porque todo acaba. Todo se termina, y todo se pierde. Lo que se debe determinar es si de verdad merece la pena lo que se ha perdido comparándolo con lo que se ha ganado, con lo que se ha aprendido. No importan todos esos minutos que se convierten en días, días que se convierten en meses; no importan todas las caricias, ni los besos, ni los abrazos; las palabras quedan lejos, las miradas parecen confusas; es entonces cuando ella se vuelve una extraña. Estaréis igual que al principio, como si os acabáseis de conocer. Ella es una extraña, y tú estás incómodo a su lado. Ella no es la misma persona que te besaba, ni que te decía que te quería, ahora es alguien muy diferente. Y cuando esa empalagosa sensación de nostalgia se te hunde en el estómago cuando intentas dormir, entonces te lo preguntas: si ha merecido la pena. Si sus palabras decían la verdad.
Con la perspectiva del tiempo todo parece un error, pero lo cierto es que sólo recuerdas lo malo. Hundidos entre las arenas de los recuerdos, también hay buenos recuerdos. Buenos recuerdos que siempre pesaron más en su momento, y se hundieron en los malos recuerdos, de menor consistencia. Pero por alguna razón, cuando escarbas en los recuerdos, sólo sopesas lo primero que te encuentras: los malos recuerdos. Así que todo se reduce a eso, si merece la pena...

Muchas veces, al conocer a alguien, suelo avisar "Soy despreciable", a medio camino entre la seriedad y la broma. Eso no es del todo cierto, creo yo. Pero siempre lo digo, siempre tengo que decirlo. Quizá sólo sea una forma de justificarme a mí mismo el dolor de algún tipo que pueda causarle a la persona avisada. Quizá sea lo contrario, una manera de levantarle el ánimo a esa persona, decirle que ella no hizo nada malo, y que la culpa es mía. Sé que eso no es cierto, y ellas también lo saben. Pero es mi perversidad natural, tengo que avisar.
Otra prueba de mi natural perversidad es esta entrada. Quizá una de las abrumadoras pruebas que me llevan a publicarla sea esa; el hecho de que ella pueda estar leyéndolo ahora. Sintiéndose identificada con esa personita que significa tanto para mí. Quizá a la misma vez que lo esté leyendo, estará pensando en si es ella. Si debe darse por aludida.
Más de una vez le he lanzado alguna indirecta que es prácticamente imposible que no haya atisbado. Más de una vez se me han quedado atrancadas las palabras en la boca cuando intentaba decírselo; y creo que ella se ha dado cuenta.
Así que, si lees esta absurda entrada, si te sientes identificada, si sabes con certeza que eres tú, si tienes más agallas que yo, y si piensas que puede merecer la pena: no dudes en decirmelo.

jueves, 4 de junio de 2009

Ángela (I)

Ángela. Mi amiga Ángela tiene un problema. Bueno, en realidad tiene más de un problema, pero su bulimia está ganando la carrera de ser el más peligroso de ellos. Estos últimos días no la he visto, pero hace tiempo que dejó de comportarse como antaño: ya no me hace reír con sus ironías y sarcasmos, ya no habla como antes, ya no se mueve como antes. Hecho de menos la destreza con la que destruía su mundo y la maestría con la que reconstruía el mío de aquella manera tan egoísta que ella solía llamar punto de vista.
A Ángela le gustaba ir al cine por las tardes. Nuestras triviales conversaciones se fueron tornando desde la pésima actuación de algunos actores hasta la cantidad de calorías que contenía una jodida bolsa de palomitas con una coca-cola y la manera en la que podía afectarle físicamente. He ahí el primer error: me acostumbré a ello.
Solíamos discutir también sobre mitología nórdica y griega, y sobre fruslerías filosóficas que leíamos por ahí. Al cabo de un tiempo todas esas fruslerías mundanas fueron sustituidas por revistas de belleza y la forma que tenían los años y el peso de afectarle a las modelos. Ahí; el segundo error.

Ángela y yo estábamos realmente unidos, y nuestra relación era algo extraña, pues me obligaba a complicarme la vida intentando entender sus diferentes estados de ánimo para ayudarla en sus momentos tristes.
Era casi como el noviazgo, sólo que sin sexo. Llegamos a la conclusión de que el sexo podría poner punto final a nuestra amistad, pues nos llevaría a los límites. Y ambos repudiábamos eso, nuestra amistad era de esas que deseas que duren toda la vida, es como si ambos formásemos uno. Cuando yo estaba devastado ella me aludía con cosas inverosímiles, pero que se aceptan de alguien que sabe exactamente el hoyo depresivo en el que te encuentras. Quizá... quizá por eso me acostumbré a ella; tanto que ahora me es realmente difícil hacerme a la idea de perder a la única persona que me entiende en todo el mundo.

Ángela siempre se caracterizó por ser gris y depresiva, y hubo una época en la que usó el Éxtasis como último resquicio de energía, como último fortín de seguridad. Ella no era adicta a ese tipo de cosas, pero a veces tenemos que buscar algún tipo de mierda superflua que llene todo ese agujero interior causado por la ansiedad depresiva.
Pasados unos meses empeoró, y sustituyó sus salidas por citas con el psiquiatra en su agenda, ni tomó el psicoanálisis como aperitivo. Desde entonces se volvió más reflexiva y dejó a un lado la vida para abrazarse energéticamente con las siniestras sesiones con el psiquiatra, enrollándose a tope con los fármacos, y dejando de comer. Dejó de ser humana, para convertirse únicamente en un esqueleto que se alimentaba del podrido aire aliñado con altas dosis de drogas psiquiátricas.

Esta última semana, Ángela ha estado en cama. Las últimas noticias no fueron nada alentadoras. Los médicos sólo imforman a sus padres, pero sé que es realmente grave porque la cara de estos los delata. Su hermana me ha dicho que está totalmente fulminada por dentro. No sé qué quiso decir con eso, pero yo sé que Ángela es fuerte, aunque hundida en esa cama de hospital parezca lo contrario.
Es sólo que... Hoy me he dado cuenta de que nada de lo que haga puede ayudar, y me siento inútil e impotente; ahora más que nunca. No sé qué coño hacer, no sabría qué decirle si la viese, y en un momento como ese las palabras que vienen de alguien que no sabe cómo te sientes importan un carajo. En las últimas horas no he hecho nada inteligente, sólo llorar por desesperación mientras escuchaba su música favorita, como Song to say goobye, y veía mis fotos con ella, como si todos sus buenos recuerdos y las cosas que ella amaba me la fuesen a devolver:

Before our innocence was lost
You were always one of those
Blessed with lucky sevens
And the voice that made me cry

miércoles, 3 de junio de 2009

Psicoanálisis

La delgada joven parecía confusa entre aquellas cuatro paredes. Estaba recostada sobre un sillón, mientras a su lado, en una silla de madera acolchada estaba un hombre sentado con un lapiz y un bloc de notas. La decoración era muy minimalista; al fondo un gran ventanal que iluminaba una habitación cuadrada desnuda, salvo por una planta de plástico en una maceta en una y un escritorio en la esquina opuesta.
El psicólogo, de arte freudiana, observando los cortes, tanto horizontales como verticales, en ambos brazos de la chica, preguntó:
-Supongo que vienes por eso, ¿no?
-Sí - contestó tajante la muchacha, de apenas dieciocho años.
Entablaron rápido conversación. El psicoanalista no debaja de hacer preguntas mientras la muchacha miraba con exasperación su reloj digital intentando calcular cuánto quedaba para que acabase el suplicio.
El psicólogo continuó con su retahíla; el hecho de enfatizar conflictos pasados no resueltos podría ayudar a la chica, siendo la suposición de que la identificación y resolución de tales coflictos suprimiría la ira que alimenta su comportamiento autodestructivo. Lo cual implicaba estar hablando todo el rato del pasado; lanzando preguntas directas en torno a su vida más privada.
-Define a tus padres con una sola palabra.
-Normales.
Pasadas media hora, el psicoanalista estaba confundido, no conseguía hallar una causa razonable y lógica; todo parecía perfectamente en orden. Viendo el gesto pensativo del psicoanalista, Laura preguntó:
-¿Qué me pasa, doctor?
-Bueno, Laura... ¿De qué forma ves tú el trabajo y el futuro laboral?
-Como una mierda. Quiero decir, trabajemos de lo que trabajemos seguiremos siendo esclavos de nuestro trabajo, y sufriremos cuando haya que hacerlo, y cuando nos llegue la hora, moriremos igualmente.
Aquello iluminó la mente del letrado.
-Bueno, Laura... Mi única teoría para explicar esto guarda ahora relación con la aceptación del fracaso. Verás, la salud mental; y así como los comportamientos no desviados; vienen constituidos en gran parte por la aceptación de limitaciones derrotistas. Esto, en palabras normales significa: madurar es igual a resignarse. Pues el éxito y el fracaso no son más que la satisfacción o frustración del deseo; el cual puede ser predominantemente intrínseco, basado en nuestros impulsos y metas personales; o extrínseco, alienado y estimulado primordialmente por los modelos de conducta social y la publicidad. Tu concepto del éxito y el fracaso opera sólo a un nivel individual, en lugar de a uno individual y social. Debido a esta incapacidad para reconocer las recompensas sociales, el éxito y el fracaso sólo son experiencias pasajeras para ti, pues esa experiencia no puede apoyarse en el estatus social recibido por la riqueza o el poder; o en caso de fracaso, por estigmas o reproches...
-Así que todo se reduce a eso: soy inconscientemente una nihilista pasiva.
-Más o menos, Laura. Aún es pronto para sacar esas conclusiones, pero temo que por ahí van los tiros... Al no poder reconocer las recompensas sociales, niegas una de las mayores fuentes de felicidad para ti, siendo tu propio concepto de felicidad lo único operable en tu mente. Aunque no quiero que todo esto sirva como ejemplo para ejercitar una banal búsqueda de satisfacción social que absorva y canalice un comportamiento situado fuera de los cánones mayoritarios. La verdadera respuesta a todo está dentro de ti, Laura, y yo te ayudaré a buscarla. Al menos hemos encontrado un posible causante de la infelicidad, pero eso no es todo, Laura, hay que ir más adentro.
El tiempo se acabó. Laura se marchó con la mente más abierta que nunca, con nueva hora para la semana que viene. El psicólogo se sentía feliz: había salvado una mente. Si podía salvar una, podía salvar muchas más, se dijo a sí mismo.

martes, 2 de junio de 2009

Despertar resacoso (I)

Me levanto. Sudo, estoy cansado, me duele la cabeza, la boca me sabe a colilla, tengo el estómago revuelto... Una vaga sensación de disconformidad me indica que ya debería de ser la hora de que eso cambiase. Voy a mirar el monedero, y... Los 20€ de ayer me los he gastado. ¡Sorpresa! Como cada fin de semana. Ahora juraré dejarlo, pero al viernes/sábado siguiente reincidiré. Así de predecible soy. Y qué demonios, hay que seguir la rutina.
Marco con una X en el calendario el día que es para recordar los días que he bebido, y no excederme. Por ahora el récord va en 4 días sin beber.

"En menudo estado llegaste anoche", me reprocha mi padre. Ya, papá, en menudo estado. De hecho, no iba en ningún estado. Había bebido un poco, pero ya está. Si fuese en algún estado probablemente no habría vuelto.
Mi madre me regaña. Me dice que debería estudiar, buscarme un trabajo, echarme novia; hacer algo. Ella considera que un grado superior es hacer nada. Ve a la universidad, me dice.
Me dice que soy un buen hijo, muy inteligente y que estoy desperdiciando mi talento. Soy inteligente, me dice, ve a la universidad. Sí, claro, mamá; sudé horrores para acabar bachiller y soy inteligente. Pero qué remedio. A los ojos de nuestros padres somos unos triunfadores natos, no pueden aceptar que seamos los últimos capullos bajo el sol que merezcan seguir con vida. Aún así, aguanto y me trago mi propia rabia, soporto las humillaciones, agacho la cabeza y contesto a todo con un "Sí, mamá". Discutir sería fútil. Además, ¿no es eso lo que hacen los buenos hijos?

He caído en la cuenta de que todo es una farsa y está mecanizado. Ya es predecible cuándo caerá una nueva bronca y sobre qué tratará. Lo bueno de la familia es el billete de veinte que puedes llegar a sablear impunemente... No, lo verdaderamente bueno de la familia es cuando no hay nadie. Brindemos por ese porro bien liado sobre la mesa de la cocina, o por la peli porno vista en alta definición en la tele de plasma de papá.

El móvil suena. Es Pedro.
-Eih, yonqui, ayer te vi apagado; no bebiste nada. ¿Qué pasa?
-Nah, no tenía muchas ganas...
-Oye, ¿te vienes a curar la resaca?
-No sé si...
Curar la resaca para ellos significa anestesiarla con más bebida, o algún otro tipo de sustancia. Miro el calendario y mi monedero, más vacío que nunca.
-Hay marihuana- me dice.
-Estaré en tu casa en veinte minutos.

lunes, 1 de junio de 2009

Buscando otra vida

Nunca pensé que todo seguiría tan vivo en mi memoria. Casi me espero ver a Marta tomando el sol en la cubierta; casi me la espero ver en la piscina. Cuando entro a mi camarote, casi me espero ver a Marta tumbada sobre la cama, con sus dorados cabellos sobre la almohada. Cuando me despierto por las noches, envuelto en sudores y sábanas vacías, casi espero notar su aliento en mi nuca. Pero no, todo está tan solo; mi cama está tan sola...
El bar es al único lugar al que puedo ir. El único jodido lugar de este barco al que jamás iría Marta. Pero está todo lleno de parejas, en este crucero de ensueño de luna de miel. Y en semejante estado de tristeza, la felicidad ajena puede ser tan hiriente, tan insultante...
El vino que he pedido se me derrama sobre la camisa... ¡Oh, Marta! Tú me habrías enmendado, ¿por qué tuviste que irte? Seguro que las cosas no estaban tan mal, seguro que podíamos haberlo arreglado. Estoy en lo que creo que es el silencio, pero todo el bar me mira; y entonces, al ver mi reflejo en el cristal de detrás de la barra, sólo entonces me doy cuenta de que estoy llorando.
"¿Qué le pasa, buen hombre?", pregunta el camarero. "Mi mujer... ha muerto. Fue un accidente", logro decir.
Ante la mirada de inquietud de medio barco subo a mi camarote y me desplomo sobre la cama, a medio camino entre el sueño y el olvido. Pero no estoy durmiendo, estoy despierto y llorando; llorando y hablando conmigo mismo.
Mi mujer había muerto. Hace cinco años. En este mismo crucero. En esta misma parte del océano. ¿Un accidente? No. ¿Por qué? Esa es la peor parte del asunto, que yo no sepa por qué... Llevaba unos meses deprimida, supongo que fue la menopausia. Estoy seguro de que lo podríamos haber hablado, pero el viejo éste, el viejo Andrés, tomó el camino fácil. El viejo éste prefirió lo del crucero, ¡qué diablos!, sonaba mucho mejor. Tomé el camino fácil, pudimos habernos sentado, haberlo hablado...
Cinco años, Marta, desde que confundiste la barandilla del barco en la noche gracias a los antidepresivos.
Cinco años, Marta, desde que te escabulliste de mí, lejos del dolor, lejos del sufrimiento.
Cinco años, Marta, desde que me desperté solo en la cama, entre sudores y sentimientos de desastre. Cinco años, desde que me desperté solo... y solo sigo desde entonces.
Cinco putos años que han parecido toda una eternidad.
¿Y yo? ¿Que qué fue de mí? Pues morí contigo, Marta, sólo soy un jodido fantasma.

Lo único que hubiese deseado, lo único que hubiese querido es tener una oportunidad para darte las gracias. Las gracias por todo, Marta.
Aún noto el sabor de la resaca del día que me desperté solo...
Pero tú me hiciste ver, Marta, me hiciste descubrir el lado bonito de la vida. Me hiciste descubrir el caleidoscopio de colores vitales.
Pero ahora... ahora ya no quedan cadenas que me aten a la vida. Todo ahora es blanco y negro. Todo es una supervivencia sin objetivo, ya no hay razones por las que sonreir al levantarse. A la mierda esta vida; dadme otra, por favor.

Según mis cálculos, ahora mismo estaremos más o menos en la parte en la que arrojaste tu vida. Ahora, dentro de doce minutos, Marta. En esta parte del Atlántico.
Salgo a la cubierta, no sin antes ponerme mis pesadas botas de submarinista. Las botas que tú me regalaste, Marta.
En este mismo crucero, hace cinco años comenzó mi pesadilla. En este mismo crucero acabará.
El aire es agridulce aquí afuera, y la luz del violeta crepúsculo de noche lo baña todo con su fantasmagórico resplandor. ¿Recuerdas, Marta, la luna y las estrellas? Solíamos quedarnos horas mirándolas, preguntándo qué tenían que les daban un toque precioso al reflejarse en nuestros ojos. Consigo desplazarme hasta la valla de la cubierta, saltándola y sentándome pesadamente al filo del borde. Casi espero verte resurgir del agua, y eso parece tan apropiado, tan apropiado con lo que me dispongo a hacer.
Cinco años, Marta, desde que me abandonaste en la oscuridad de este mundo que no comprendo.
El reloj me indica que ya es la hora. Así que sólo voy a echar un último vistazo al reloj, contemplar la última puesta de sol que vimos juntos, y entonces cargaré mi pesado cuerpo contra el Atlántico.

domingo, 31 de mayo de 2009

Tales from another broken home

Cuando entro a casa me doy cuenta de que algo va mal. Puede notarse en el ambiente. Al principio pensé que sólo era mi imaginación, pero no; caí en la cuenta de que no cuando vi todas aquellas maletas apiladas al lado de la puerta. Comencé a notar la sensación de desastre inminente, ese escalofrío que comienza con un cosquilleo en la nuca y termina con una sensación de estrechez en el estómago.
Me adentro en el salón y la veo a ella. Está guardando sus cosas en el bolso. Me dispongo a decirle algo, pero la angustia me paraliza. Entonces coge a Sofía en brazos y, cuando se dispone a salir, se tropieza con la mayor piedra con la que podría tropezarse todo ser humano:
-Cariño... ¿a dónde vas?
-A... a casa de mi hermano -dice entre casi sollozos-, ya sabes, últimamente las cosas no han marchado demasiado bien entre nosotros. Llevo cierto tiempo intentando decirtelo, pero no he encontrado el momento... indicado. Pensaba dejarte una nota...
En ese momento es como si todas las alegrías de mi cuerpo se compactaran formando una masa pastosa que se me acumula en la garganta, asfixiándome.
-Es que... ya sabes cómo están últimamente las cosas entre nosotros -se disculpa-, necesito tiempo para pensar.
El gesto de su rostro me indica sensación de culpa. Ay, no.
-¿Para cuánto tiempo y tal? Quiero decir, ¿cuándo volverías?
-Unos días... no lo sé.
Unos días. Por el tamaño de su equipaje, algo me dice que será para toda la vida.
-Cariño, por favor...
Intento decir "Por favor, no te vayas", pero de alguna manera las palabras se atrancan con la masa pastosa de mi garganta.
Ella sacude lentamente la cabeza, y coge el bolso. No voy a sacar nada con esas, no está dispuesta a hablar. Siento una gran crispación incubándose en mi interior que necesita salir al exterior, pero intento asfixiarla; no quiero montar una escenita delante de la niña. No, ella no se merece algo así.
La niña, Sofía, me mira y yo fuerzo una sonrisa para ella.
-Si me necesitas, ya sabes dónde encontrarme -dice, después de adelantarse un paso pero antes de encaminarse hacia la puerta.
Quiero estrecharla entre mis brazos y decirle que la quiero, y que siempre será así. Quiero decirle que se quede para siempre.
Pero no digo ni una palabra porque simplemente no puedo; sencillamente no puedo. Y tengo tantas que decirle... Pero soy incapaz de sacarme las palabras de la boca. Es como si fuese físicamente incapaz de hacerlo; la impotencia hace que todas las palabras que me gustaría decirle se me acumulen en la garganta. La impotencia... se va apoderando de mí, mientras observo cómo se dirigen hacia la puerta.
Cuando llega al marco la abre, y enconces se da la vuelta. Sofía me mira, me sonríe y me dice "Hasta mañana, papá", mientras yo logro dedicarle un adiós con la mano. Ella se dispone a decirme algo, va abriendo lentamente la boca, pero entonces se decide en contra y sale rápidamente por la puerta.
Y se han ido, joder, se han ido del todo.
Me asomo a la ventana y les veo bajar por la calle. Alejándose, alejándose de mí. Cuando se han perdido de vista, me desplomo sobre un sillón.
El gato, Cuki (le pusimos ese nombre porque lo eligió Sofía), se sube de un salto a mi regazo. Comienza a restregarse de manera cariñosa, le acaricio la piel y comienzo a llorar, con unos sollozos secos y sin lágrimas, como si padeciera de algún tipo de ataque.
Consigo retenerlas, mientras Cuki se acomoda en mí, hecho un ovillo sobre mis piernas. Lo cojo en brazos y lo abrazo.
-Cuki... eres lo único que me queda.