miércoles, 19 de agosto de 2009

Esos ruidoadictos... (II)

La gente desde lo alto del piso se ve muy pequeñita. Van de un lado a otro, con sus maletines en sus manos. O con sus hijos. O con las novias, o con bolsas de la compra. O con helados, o hablando por el móvil. Los que no, las llevan en los bolsillos. Así parecen parte de algo. Parece que forman parte de la multitud, de la sociedad. Quizá con las manos ocupadas, todo parezca tener mejor aspecto. Quizá, simplemente, no sean las manos: sea el tener algo, algo que hacer; y mantener las manos ocupadas sea el mero símbolo de que tienes algo. Pero parecen todos tan normales y felices. Nadie pensaría que entre esa multitud hubiese algún esquizofrénico capaz de secuestrar un autobus escolar y de estrellarlo contra un hospital, o que haya alguien tan deprimido como para estrangularse con sus propios intestinos.
Quizá sea la altura. La forma de ver la perfección es contemplándola muy de lejos. De cerca siempre se ven las imperfecciones. Desde lo alto, todo parece una sociedad perfecta. Quizá si nos acercamos y miramos en el interior de cada uno podemos ver lo mal que va la cosa.
Así nos debe de ver Dios. Pequeñitos y felices. Como si todo fuese bien. O quizá a Dios se la sople todo. Él nos creó a su imagen y semejanza; con toda seguridad que él también tiene sus problemas de los que ocuparse, y no de los problemas ajenos. Con toda seguridad que él no busca otra cosa que una solución para sus problemas.

Y tal vez la solución al ruido sea más ruido. Retransmitir mi dolor o mi alegría o mi enfado por todo el vecindario con el equipo de música puesto a tope. Tal vez la solución a mis problemas sean más problemas. Problemas más gordos de los que preocuparme.
Das un fuerte puñetazo a la pared, y luego otro. Después otro que precede al siguiente. Hasta que los puños te sangren y dejen su marca en la pared. Hasta que los dedos se te desarmen y te crujan.
El cuerpo humano tiene una capacidad limitada de sentir dolor y placer. Cuando se alcanza el límite, ya no se siente nada. Así que la respuesta al dolor puede ser más dolor. De cualquier manera, el dolor físico puede mitigar el dolor emocional.
Más sufrimiento para ahogar el sufrimiento. Dolor para ahogar el dolor. Ruido para ahogar el ruido.
Pastillas contra pastillas. Quizá la solución sea el exceso y no el defecto.

No sé de dónde he sacado esta idea.
Los expertos en la cultura de la Grecia antigua dicen que la gente de aquella época no creía que sus pensamientos les pertenecieran. Cuando los griegos de la Antigüedad tenían una idea, creían que un dios o diosa les estaba dando una orden. Apolo les estaba diciendo que fueran valientes. Atenea les estaba diciendo que se enamoraran. Ares les decía que asesinaran a su vecino. Hefesto les decía cómo resolver una ecuación.
Ahora la gente oye un anuncio de un cosmético que te deja la piel tersa y elimina las arrugas y salen corriendo a comprarlas, pero a eso lo llaman libre albedrío. Por lo menos, los griegos de la Antigüedad eran sinceros.
Y sigo golpeando la pared hasta que el vecino de abajo empiece a dar puñetazos al techo. Y haga ruido. Su respuesta es más ruido para ahogar el ruido.
Porque una planta también puede morir por exceso de agua.

lunes, 17 de agosto de 2009

Esos ruidoadictos...

Alguien está viendo Siete Vidas a todo volumen. Su sonido se filtra por el techo. El estruendo de las risas de la televisión hace vibrar cada una de las células doloridas de mi cabeza. Todos esos sonidos de risas en la televisión se grabaron durante los cincuenta, lo que dicta que hoy día la mayoría de gente a la que se oye reír está muerta. Muerta y enterrada. Su estruendosa risa transformada en un silencio frío y fertilizante. Y este sonido, este estruendoso sonido es su legado. Un parásito, algo que sobrevive al ser humano. Algo que sobrevive al cuerpo y al alma.
Alguien está tocando un bajo a todo volumen. Su ruido atraviesa el patio interior y hace gemir cada uno de los papelitos que tengo encima de la mesa.
A mi derecha se oye un ruido de batalla. Se oyen disparos de M1 Garand y de MP40. Se escucha una MG-42 y una Thompson. Se escucha un rifle de francotirador Springfield, y ruido de bombardeo por artillería y aviación. O bien en la casa de al lado se está librando una batalla en la que un contingente alemán se defiende de la invasión norteamericana en las playas de Normandía o bien alguien tiene la televisión puesta demasiado alta.
Esta es la gente que necesita que su televisor esté encendido todo el día. Gente que llena sus vidas de ruidos y ruidos para no poder escuchar su propio silencio. Estos son mis vecinos. Estos son el mundo entero. Estos adictos al ruido, que tienen fobia al silencio.
Todos los sonidos se filtran por las paredes y se mezclan: la risa de los muertos con la grave vibración de un bajo con la batalla de la Segunda Guerra Mundial.
Y al día de hoy, esto te lo venden como "Hogar, dulce hogar". Este asedio de ruidos. Te lo venden como civilización y sociedad. Te lo venden como progreso.
Y se inventan pastillas y píldoras para las imperfecciónes que deja "el progreso" en ti. Pastillas para poder dormir, pastillas para el dolor de cabeza. Pastillas para las contracciones musculares, y pastillas para los que escuchan voces. Pastillas para el hipersomnio. Pastillas para la depresión. Pastillas con efectos secundarios.
Pastillas con efectos secundarios para arreglar los efectos secundarios de otras pastillas. El apaño que cubre el desperfecto que ha dejado otro apaño que cubría una imperfección que dejaba otro apaño y así sucesivamente.

Siempre he querido encontrar mi Nana. Encontrar un sonido, o imagen, que cuando sea escuchado o visto sea interpretado por el cerebro. Y le envíe un mensaje. El mensaje de morir, de ser desconectado. Cantar una palabra, enseñar una fotografía, y matar a una persona.
Y enviarlos a todos al espacio exterior, donde no hay aire, por lo que no se transmite el sonido. Convertir todo su ruido en un silencio frío y fertilizante.
Pero aún quedaría su legado. Todas las películas, y la música. Todos los documentales, informativos, reportajes y series de televisión. Todo el ruido grabado.
Matarlos sería el apaño que cubre un desperfecto pero deja otra imperfección.

¿Qué se puede hacer? ¿Toda solución a un problema causa otro problema? ¿Hay alguna solución definitiva? ¿O estamos condenados a vagar restaurando los problemas causados por soluciones anteriores?

domingo, 16 de agosto de 2009

El recordatorio

En mi peripecia para buscar cerveza a las 3 y pico de la madrugada me he dado cuenta de dos cosas.
La primera, es que el cartel de "Abierto las 24h" del chino de abajo miente.
La segunda se remonta bastante tiempo atrás. Por aquel entonces yo estaba bastante deprimido. Una amiga me dijo que todo era mental, pues no tenía razones reales para sentirme como me sentía. Que todo era sugestión. Que si no podía desde dentro que lo hiciese desde fuera. Que o eso o que me hinchase a pastillas y píldoras de fluoxetina. O de venlafaxina. O de bupropion. O de sertralina, o de citalopram o derivados.
Creí que lo conveniente era hacer lo primero. Con un permanente rojo, y un taco de post-it amarillos fui adornando mi vida. Dándole color; el color rojo que se supone que ha de tener la felicidad. Con el rotulador escribí en grande en un post-it HOY VOY A TENER UN BUEN DÍA, y lo pegué en la parte que daba para dentro de la puerta de mi habitación. Cada mañana lo leía y me lo repetía a mí mismo al levantarme hasta creérmelo. Me levantaba de buen humor, y todo parecía tener mejor aspecto. Las chicas eran más guapas. La comida sabía mejor. Me iban mejor los exámenes. No sabía cómo, pero la cosa funcionaba. Aún era insuficiente, me dejaba con ganas de más. Pronto la técnica hallanó otros espacios.
Pronto empecé a poner post-it en el frigorifico que decían VOY A DISFRUTAR DE UNA SALUDABLE COMIDA. O más en la ducha que decían VOY A QUEDARME LIMPITO Y FRESCO. Ponía más en los libros diciendo VOY A DISFRUTAR DE ESTE LIBRO. Y en las películas, y en los discos de música. Y en los videojuegos, y en el monitor del ordenador.
Llené el techo de mi habitación con post-it que decían HOY VOY A DORMIR BIEN. Cuando no HOY VOY A TENER DULCES SUEÑOS. En la puerta de la calle ME LO VOY A PASAR GENIAL FUERA. Y en las puertas y en las paredes. Y en las ventanas y en las persianas. Y en los altavoces del ordenador. Hasta en los lápices VOY A UTILIZAR BIEN ESTE LÁPIZ.
Y cuando más lo hacía, más quería. Me convertí en un adicto.
Si no seguía embadurnando mi vida de ese rojo sobre amarillo me volvía a deprimir lentamente. Necesitaba más y más, para mantener ese estado de felicidad.
Sobre el lavabo QUÉ AGRADABLE ES LAVARSE LAS MANOS. En las toallas GRACIAS POR SECARME. En los paraguas GRACIAS POR PROTEGERME DE LA LLUVIA.
Los mensajes ya no eran de autoayuda. Eran mensajes optimistas y ya está. Pronto comencé a repetir los mentajes. A poner varios post-it con el mismo mensaje en el mismo objeto. A darle a toda mi vida un plumaje de papel amarillo con los objetos de mi casa.
En los periódicos GRACIAS POR MANTENERME AL DÍA. En las gomas GRACIAS POR BORRAR MIS FALLOS.
Un día mi padre dijo que ya bastaba, que estaba hasta las pelotas de los post-it que había hasta en la sopa. Me dijo que los quitase todos. Y desaparecieron los post-it que había sobre las estanterías que decían GRACIAS POR SOSTENER MIS LIBROS. Y los que había en el horno y en el microondas que decían GRACIAS POR CALENTAR MI COMIDA. Y todos los demás.
Y la depresión volvió. No me sentía realizado, no sentía nada de nada. Sentía que mi vida era una absurda pérdida de tiempo. Que el tiempo se acababa, y que moriría sin haber hecho nada que mereciese la pena. Así que pinté en la calle un mensaje que leería cada vez que saliese, durante el resto de mi vida, que decía HOY ES EL PRIMER DÍA DEL RESTO DE TU VIDA, para sentir que todavía tenía toda la vida por delante para hacer algo que mereciese la pena.
Y la segunda cosa de la que me he dado cuenta, es que alguien ha tachado con una cruz la palabra primer con un rotulador negro sustituyéndola por la palabra peor. De forma que queda HOY ES EL PEOR DÍA DEL RESTO DE TU VIDA.
Cogí el permanente y bajé para intentar corregirlo, pero ya no pintaba. Se había gastado. Y me di cuenta de que mi esperanza roja había desaparecido, se había gastado de la misma manera que lo hace un rotulador.
Así que cada vez que salgo me encuentro con ese mensaje, me mina de forma implacable. Deprimiéndome. Haciéndome sentir que cada día es el peor día de mi vida.
Y puede ser que tenga razón.




sábado, 15 de agosto de 2009

20:17 PM, andén 7

El momento es decisivo. Cuando nuestras miradas se encuentran por fin en el andén, cuando nuestros abrazos se juntan y nuestros corazones se sincronizan. A sabiendas de que quizá nunca nos volvamos a ver, de que tal vez nunca compartamos más palabras ni sepamos nada el uno del otro. A sabiendas de las abrumadoras posibilidades pero con la certeza de que nunca nos olvidaremos.
Cuando noto que su cálido aliento me roza el cuello poniéndome la piel de gallina, caigo en la cuenta de que ya ha llegado el momento. Que nuestro tiempo se está acabando y que hay algo que debería saber.
Nos separamos y le digo que ambos sabíamos que este momento llegaría, que cuando me alisté lo sabíamos, y que no deberíamos haberlo ocultado. Le digo que no sé qué hacer, pero que todo va a ir bien.
La miro a los ojos, y le digo que todo irá bien, aunque sé que no es verdad. Después, me quedo escuchando, esperando a que termine de llorar para decir lo que siento. Estoy aquí, en un lugar donde nunca soñé que volvería a estar, y le digo que estoy enamorado.
Nuestros cuerpos siguen unidos. Mi pecho se estremece con cada uno de sus latidos. Y mientras la gente va y viene a nuestro alrededor, nosotros estamos ahí abrazados, impasibles a todo. Flotando mientras la vida pasa apresuradamente a nuestro alrededor.
Sus labios articulan palabras en silencio. Lo sé, dice. Yo también, dice.
Entonces nos besamos, y es agradable. Noto como si mi corazón se llenase de agua caliente. El tiempo parece congelarse y nada importa al margel del momento.
Le digo que lo siento. Que debería haberselo dicho antes.
No tienes de que arrepentirte de nada, dice, el destino lo hizo así.
Le digo que no quiero creer que esté escrito que yo he de enamorarme de ella. Que prefiero haberme enamorado y ya está, por mí mismo y no porque es lo que ha de suceder.
¿Qué más cosas quieres?, pregunta ella.
No quiero nada más en realidad, le digo. Todo lo que quiero es que el suelo siempre esté bajo mis pies, el cielo sobre mi cabeza, y que ella siempre esté a mi lado.
Sé lo que hay al final de la vía, se intuye desde más allá del horzonte. Sé lo que hay en ese tren. Pero he de subirme; no es el destino, es lo que he elegido. Correcta o no, mi elección no es ningún plan maestro ya escrito. Es y ya está.
Mientras subo al tren, la miro a ella. No es perfecta y no está completa, pero es la vida que he de dejar atrás.

martes, 21 de julio de 2009

Fiesta en casa Roy

"Detesto esa puta mierda, joder" declaró Rant, "¿qué tiene de fuste follar con un durex puesto? Puto sexo seguro, puta muerte segura. Si no hay riesgo ni incertidumbre no se disfruta, joder."
"Que te jodan, Rant. Es mi polla y hago con ella lo que me salga de los cojones", contestó Victor, a medio camino entre la risa y el enfado.
"Vale, pues que te den por el culo".

Las discusiones de borrachines eran un problema secundario, nada comparado con Roy. Roy era el problema principal. Este es su piso, es su reino, y parece haberse propuesto que todos lo pasemos bien. En lo que a mi experiencia se refiere, ese es el "nos" mayestático de Roy, pues el único que lo pasa bien es él. Pasarlo bien según su criterio es tener que aguantar su mierda de discos de Simply Red, U2, y demás grupos de rock comprometido toda la noche, mientras nos cuenta sus batallitas sexuales.
De eso tratan, más o menos, las relaciones públicas de Roy. La gente trata de aguantarlo y aumentarle el ego mediante comentarios halagadores a las mismas historietas que ya ha repetido hasta la saciedad, poniéndo gran esfuerzo en parecer que es la primera vez que las escuchan. A cambio Roy no te partirá la cara, y si algún otro cabrón pretende hacerlo ya se ocupará él de hacer que se arrepienta.

Ahora Roy le está dando la barrila a Adam. Adam asiente ecuánimamente mientras le temblequea la mandíbula por el ácido en el que está colgado. El muy capullo lleva encima cuatro pastis de ketamina. Se apostó conmigo a que se colocaría más que yo; que sólo voy de dos secantes de LSD; con esas cuatro. Y por ahora parece estar ganando, pues la charla que le está dando Roy sería difícilmente soportable si no fuese de ácido.
Adam es bajista en un grupo de punk mugriento. Había un gran proverbio que decía que si no tenías ni zorra de música, pero aún así querías crearla te dedicases al punk. Lo difícil sería clasificar al punk más como música que como una serie de ruidos grotescos canalizados estruendosamente por los altavoces. Pero de acuerdo con esa teoría, Adam sería un perfecto punk. Imaginad a un drogata pasado de ácidos con un viejo Sojing de cuerdas de niquel de 0.45 que suena a cascajo. Imagináoslo, y subidlo a un escenario dándo gritos. Fatal, ¿eh?
Ahora, en realidad Adam me ha contado que está tan colgado en los conciertos que apenas puede actuar. Así que se dedica a dar saltos y aporrear ese cascajo que tiene por instrumento, mientras hay un CD con las pistas de bajo grabadas en playback.

Todo en el piso, en la fiesta, va según tendría que ir.
Una furcia con unas Doctor Martens está ligando con un chaval. Se da la vuelta, y puedo ver las letras , poco sugerentes ellas, impresas sobre su camiseta que dicen INSERTE POLLA AQUÍ, y una flecha que señala el trasero.
Mientras Tommy está metiendose rayas de coca en la mesa de la cocina. Después estornuda, y un enorme moco blanco sale disparado, quedándose pegado en el suelo. Al ver que está lleno de polvo blanco, Tommy se agacha, lo lame, y lo lleva de vuelta a su interior.
Jane y Aston están teniendo una fuerte discusión sobre quien tiene más derecho a chuparle la polla a Richy, que está tirado en el sofá, totalmente ido por las gelatinas de metadona.
Marc está bailando en calconcillos delante de la televisión. Su novia se va del piso, como protesta por su comportamiento. Para empezar, Marc está tan borracho que ni siquiera había reparado en su presencia.
Unos yoncarras con arpones hacen trainspotting sobre sus siniestros, mientras un oso blanco pasa entre ellos dejando una estela rosa allá por donde anda.
"Hostia puta, Adam, ¿has visto el oso?"
"Nah, tío, en realidad es un perro-oso, sabes."
Y así es. Así es todos los jodidos fines de semana.
Para muchos, esta forma de vida parece aterradora y deprimente, y en cierto modo lo es, si no estás demasiado pasado como para no sentir nada. Para otros, es una forma de vida que les ayuda a superar todos sus errores; una vía de escape a la depresión y el aburrimiento.
Para mí, no podría ser más aburrida. Pero así es la vida, escoges y andas un camino. Y siempre es tarde para volver atrás y escoger otro.

domingo, 19 de julio de 2009

La historia de tu vida

Probando, probando.
Aquí solo, sentado en un reconfortante filtro de soledad, veo el cielo azul y ecuánime que se extiende hasta más el allá. El sol es absoluto y ardiente justo delante de mí. Este es un día precioso, y será precioso para siempre.
Tengo apretado el botón de la grabadora.
Probando, probando.
Mientras las lenguas de fuego narantas y amarillentas se retuercen sobre todo lo que queda de este rascacielos. Las escaleras de los camiones de bomberos sólo llegan hasta el octavo piso. Si estáis en el piso número doscientos cincuenta y cuatro de un rascacielos en llamas lo tenéis jodido.
Si estáis escuchando esto, es que yo estoy muerto.
Y ésta es mi autobiografía.
En ella se cuenta la historia de Chester Branson. La historia de lo que todo salió mal, la historia de lo que nunca debió haber sucedido.
Probando, probando.
Estoy atrapado en mi vida, en el piso de un gran rascacielos, y el ecuánime cielo azul se acerca cada vez más deprisa. Tal vez mi historia termine envuelta en llamas. Tal vez esta cinta nunca llegue a ser escuchada.
Pero no me importa, sólo quiero dejar constancia de la existencia de un persona que realmente nunca vivió como tal. ¿Y si no se vive como persona, se puede morir como persona?
Ojalá pudiese irme y dejar atrás la vieja historia de mi vida. Porque hay muchas cosas que quisiera cambiar, pero ya no puedo. Ya está todo hecho. Ahora no es más que una historia.
Probando, probando.
Mi nombre es Chester Branson, y tengo treinta y tres años. Y es de lo más irónico, pero ahora siempre tendré treinta y tres años.
Y no seré nada. Me limitaré a ser una dedicatoria pobre en una lápida.
Sube al cielo, quizás.
Tu familia te acompañará siempre, tal vez.
A lo mejor, fue un fracasado para el mundo, fue el mundo para mí.
No lo sé. Y no me importa.
Ahora siempre sólo seré el recuerdo angustioso que os impida dormir. Tal vez me limite a ser un ramo de flores al año depositado sobre una tumba.
Probando, probando.
Trabajaba aquí, en esta oficina. No hay nada como una lista para ver la línea recta que va de la vida a la muerte. Mi vida se reducía a limpiar los despachos de jefatura los lunes. A limpiar los cristales los miércoles.
Según esa lista, ahora debería estar limpiando los ciento setenta despachos.
Con este sistema, toda tu vida se reduce a puntos en una lista. Tareas que cumplir. Toda tu vida aparece ante tus ojos, plana. La distancia más corta entre dos puntos es una línea temporal, el horario, un mapa de tu tiempo, el itinerario del resto de tu vida.
Probando, probando.
Jueves, 6:20 PM: quitar el polvo a los ordenadores.
Viernes, 12:30 AM: vaciar todas las papeleras y sacar la basura.
Sábado, 9:00 PM: morir incendiado.
La muerte no tiene nada de enigmático. Nada de heróico. Nada de doloroso. Sólo es otro punto de tu vida que cumplir. Para bien o para mal, es el último punto. Y entonces la libertad, la muerte. Tan perfecta, tan compleja. Creed en mí y moriréis para siempre.
Probando, probando.
Un helicóptero de la policía pasa junto a la ventana surcando el cielo, mientras yo me esfuerzo por morir.
El fuego me abrasa. Pero no duele. Por lo menos no de la manera que solía doler. Porque ahora, este dolor físico es lo único que tengo. Este dolor es mío, y de nadie más, y porque duela no se va a ir. Este dolor físico es lo único que me hace sentir vivo. Es lo único realmente mío, lo único que puedo crear en mí. El dolor es lo más puro que existe.
Probando, probando.
Aquí la vida y la muerte de Chester Branson. El cielo es azul y justo en todas direcciones. El sol es total y potente. Este es un día precioso, y será precioso para siempre.
Aquí, a continuación, la historia de Chester Branson. La historia de su vida. Lo que todo salió mal. Lo que tal vez nunca debió haber sucedido.
Probando, proban...

miércoles, 15 de julio de 2009

London Crawling (III)

Convierto la carta de Gemma en una pelotita y la tiro a la basura. La dura vida del apático emocional; la dura vida de un autista emocional.
Pero lo daría todo, lo daría todo sólo por ver en su cara reflejado el momento en el que tiro su carta a la basura. Lo daría todo sólo por tener uno de esos teléfonos en los que se oye todo para que, cuando me llamase, escuchase la cadena del retrete. O para que escuchase el sonido de un huevo friéndose. Y entonces sabría que me la suda.
Un espasmo de bienestar recorre mi cuerpo justo cuando veo cómo el papel arrugado se cuela en la papelera. Oh, qué bonito es dejar a alguien cuando aún quiere verte. Porque indudablemente tendrás que dejarla cuando no quiera volver a verte.

Hecho esto, bajo a comprar el periódico para ver las necrológicas. La muerte, la única prueba de que no todo es verdadero, auténtico e invariable. Todo se acaba, todo se pudre, todo se marchita, todo cambia.
Llega un momento en el que puedes medir tu propia muerte en función de las muertes ajenas. Cuando compras bombillas no sabes que estás limitando tu vida al registro de luz. No sabes que cada bombilla de esas dura unos cinco años aproximadamente. Entonces caes, cuando ya has cambiado unas siete bombillas, te das cuenta de que probablemente no vayas a poder cambiar otras siete.
Terminas el instituto, ¿y ahora qué? Universidad. ¿Y ahora qué? Te casas, compras una casa, crías una familia. ¿Y ahora qué? Terminas de pagar la hipoteca. ¿Y ahora qué? Y entonces te mueres.
Y te das cuenta de que no hay nada que haya justificado tu existencia. Has hecho todo lo que se supone que hay que hacer. Has sido obediente. Has criado una familia, y te has aburrido trabajando todos los días de tu vida. Has sido un buen ciudadano. Has cumplido tu papel en el ciclo vital de la vida dejando descendiencia. ¿Pero qué ha sido de ti? Has sido ciudadano, has sido padre, has sido contribuyente, has sido marido, has sido comprador, has sido mecánico. Has sido todo lo que se supone que hay que ser, pero no has sido .
¿Qué desearías haber hecho antes de morir? Escribe un libro, construye una casa, esculpe una estatua, pinta un cuadro, compón una canción. El arte es la única manera de inmortalizar. Convierte tu vida en una obra de arte. Inmortalízate.
Por eso miro las necrológicas, es la única manera de sentirme vivo. Treinta y dos años y no he vivido. Sigo siendo un niño de treinta y dos años. Por eso visito las tumbas todos los días.
Las juergas con alcohol y drogas tenían su gracia al principio. Pero dejan una cuenta de linfocitos espantosamente baja. Casi puedo sentir la tuberculosis incubándose en el interior de mis pulmones. Meciéndome suavemente con cada inspiración y espiración.
Me voy a morir y este no puede ser el final. Tiene que haber algo más. Necesito que lo haya.
Por eso siempre pego el oído a las criptas, intentando escuchar una respiración agitada y el sonido de los arañazos. Por eso siempre que veo a alguien saliendo de Bunhill Fields pienso que, por favor, que esté muerto.
Incluso yo acorralado por una horda sedienta de sangre de zombis sería feliz. Incluso si me matasen y me eviscerasen sería feliz. Porque sabría que hay algo más. Que no es el final.

jueves, 9 de julio de 2009

Dance tonight, revolution tomorrow

Me encantaban todos esos pequeños detalles. Esos minuciosos detalles, que cuidabas a la perfección. "Los pequeños detalles son los que rigen el mundo", solías decir tú. "Hay que cuidarlo todo a la perfección, todo error, por nimio que sea, puede tener su consecuencia negativa", decías. "Como la mariposa que bate sus alas y crea un huracán en el lado contrario del mundo". "Así nací yo", añadías, "un pequeño error en un preservativo, un pequeño agujero". "Y fíjate todo lo que he logrado, un pequeño agujero en un preservativo ha cambiado el mundo veintiocho años después", decías, "como la mariposa que bate sus alas".
Y lo recuerdo, lo recuerdo todo. Cada forma labial acompasada que dejaba sonido a una vocal, cada mirada. Lo cuidabas todo al más mínimo detalle.
También recuerdo que dijiste cuando me declaré. Dijiste "Lo primero que has de saber es que la esperanza es una fase que se deja atrás". "Deja atrás tu esperanza, olvídala". Te constesté que no lo entendía.
Entonces era una niñita presumida y tonta. Ahora sí que lo entiendo a la perfección, cariño. Tú me lo has hecho entender.
"No sirve de nada tener esperanzas, las cosas no se harán solas por mucha esperanza que tengas", me decías, "tienes que hacerlas tú". "Todo el mundo está solo en este mundo", continuabas. "No te entiendo", decía yo. "Nadie aprende metafísica en un sólo día", me contestaste, "ya lo entenderás".
Y así es, ya lo entiendo. Lo entiendo, todos estamos solos.
Te recuerdo a ti, encima de un pozo de sangre, en el lecho de tu muerte. Pero reías, eras feliz. "Todo ha salido según el plan", me dijiste. "¿Qué plan? ¡Te estás muriendo!", contesté. "En eso consistía".
Y entonces me explicaste. Me explicaste que tu verdadero sino en la vida era reducir la civilización a cenizas. Me explicaste que el trabajo de reconstruir un mundo mejor no te correspondía a ti. Y añadiste "Lo siento, amor mío, creo que no te hice entender que todos estamos solos en este mundo".
Te reíste y continuaste. "Quería saber qué se sentía, qué se sentía sabiendo que tu próxima bocanada de aire sería la última, tu estertor. Quería vivir ese segundo en el que la vida pasa ante tus ojos. Yo lo estoy viendo todo, cariño, y para empezar no es un segundo sino una agradable eternidad".
"¿Y qué ves?"
"Te veo a ti, nos veo a nosotros. En un bosque de arces, antes de la revolución, antes de la pistola, antes de la anarquía".
"Sólo quiero que me prometas una última cosa", continuaste, "recuerda todo lo que te he dicho. Y prométeme que les dirás a los chicos que volveré".
Aquello no lo entendí del todo. Pero hice correr la voz.
Día tras día, tu tumba se llenaba de pancartas.
"Te echamos de menos, señor", decían.
"Estamos continuando con su plan", decían.
"Hacemos del mundo un lugar mejor".

Pero seguí recordando, recordándolo todo.
La gente siempre te tenía por un sanguinario. Me preguntaban cómo podía amar al hombre que ahorcó a unos políticos. Cómo podía amar al hombre que quemó todas las instituciones públicas. Me preguntaban cómo podía amar al hombre que hizo volar por los aires siete campamentos militares.
Pero ellos no entendían, no entendían como eras tú en realidad. No conocían tu otra mitad de vida. Yo era la única que te veía recién levantado. Yo era la única que disfrutaba cuando me traías el desayuno a la cama. O cuando llorabas en mis brazos preguntando si tanta violencia tendría un fin positivo.
Yo era la única que conocía aquellos besos en praderas bordeadas por bosques de arces.
"¿Por qué lo haces?", te preguntaba.
"En realidad la gente no mata el tiempo, es el tiempo quien los mata a ellos", respondías. "Haz algo importante con tu vida, haz que el tiempo te resucite y no mate también tus recuerdos."
"No lo entiendo", decía yo.
"Verás... Mi corazón está dividido en dos mitades. En una mitad estás tú, y en la otra mitad está el resto de la humanidad. Eres mi mitad de vida. Quiero el bien para ti, pero también lo quiero para ellos".
Yo era tu mitad de vida.
Entonces no lo entendía.
Ahora he estado recordando. Ahora sí lo entiendo.
Tu plan tenía dos fases: destrucción y reconstrucción.
Tú eras una parte de tu vida, y yo era la otra.
Y dijiste que volverías.
Entonces no lo entendía, pero ahora sí. Ahora veo exactamente cuál es mi cometido en tu plan, en tu vida. Ahora sé que no has muerto, que en realidad sigues siendo otra mitad que sigue viva en mí. En el recuerdo de todo el mundo. Todos esos pequeños detalles, esas pequeñas palabras que tanto cuidaban... son las que cambian el mundo.
Cuando hagamos del mundo un lugar mejor, será mi turno. Podré ir al otro lado a visitarte. Podremos consumar nuestro amor. Si no lo hacemos en el otro mundo lo haremos en los recuerdos de todas las personas.
Ahora... ahora tengo una revolución que continuar.

martes, 7 de julio de 2009

London Crawling (II)

Algunos se creen es quedar con una tía, y ya se baja ella las bragas. Pero no... Primero toca aguantar sus pajas mentales en la cena de rigor -la cual por supuesto tendrás que pagar tú- sus comentarios y su insulsa y aburrida charla hasta bien entrada la madrugada. Y si después de semejante lobotomía y de un riguroso asalto a la cartera has sobrevivido, entonces a lo mejor, pero sólo a lo mejor, habrá sexo.
Demasiado rollo para echar un clavo, preferiría irme de putas: mucho más barato incluso con las mejores, además de que puedes escoger tú y no te dan la brasa.
Pero ya basta de aborrecerme a mí mismo y a la humanidad; hoy quedé con una chica que conocí en mi anterior trabajo como maquinista. Ella era mi superiora, la manda-más. Desde una oficina en lo alto de la entrada oeste de la fábrica dirigía todo el cotarro. Ocurre que quedamos a cenar una noche para hablar sobre lo de mi indemnización. La velada fue bien; tan bien que hoy, dos meses y seis días después, me ha vuelto a llamar.
Gemma, se llama; trajeada, entusiasta y bonita.

Cuando la cena acaba, no queda más remedio que ir a mi casa, a mi destartalada casa en Hackney. Mientras vamos en taxi adentrándonos en las miserias del barrio, las ladinas miradas de soslayo de Gemma, discretas y furtivas, me indican que sus expectativas se reducen con cada semáforo que dejamos atrás.
Cuando entramos, noto su decepción en estado de crispación, mientras hecha un vistazo y yo me disculpo por el desorden de la casa. Cuando en realidad creo que está a punto de lanzar el último pílum del rechazo, ahoga su crispación en un vaso de amabilidad, respira hondo y dice: "¿Podemos sentarnos a hablar un poco?".
Y así es todo, el conejo se ha metido en la madriguera del lobo. Nos sentamos en la cama y empezamos a hablar sobre trivialidades, mientras a mí se me hace todo más difícil, pues sólo encuentro ganas de decir: cierra la puta boca y bájate las bragas, nunca más volveremos a vernos y si nuestros caminos se cruzan disimularemos nuestro bochorno con estoicismo y fingida indiferencia.
Lo más difícil es escuchar, pero también es lo más importante. La charla de antes del polvo. Todo es un ritual. El ritual a partir del polvo se vuelve de lo más deprimente.
Intento evitar el silencio, aunque me es difícil, y algunas de sus miradas -demasiado autocensuradoras como para resultar coquetas- lanzadas durante los lapsos de la conversación me indican que tiene algo importante que decirme.
Y entonces lo dice. Dice: "Te quiero". Mientras yo, de repente, me doy cuenta de su elegancia, su piel impecable, y esa sonrisa generosa.
Mientras noto esa sacudida de bienestar que va de la espalda a la cabeza, mientras ella se me acerca para besarme, yo pienso: ahora. Ahora es el momento de enamorarse. Sólo tienes que subirte al barco del amor, dejar que la entraña del amor os envuelva en un turbio embeleso. Y entonces mirarse estúpidamente a los ojos, jurar amor eterno.
Pero no. Hago lo de siempre y utilizo el sexo como medio de socavar el amor. Me abalanzo sobre ella, nos desnudamos, nos morreamos y lo hacemos.
Hago esperar el clímax hasta que pasa el expreso de las 01:32 de Liverpool Street, que lo hace retumbar todo, y entonces llegamos; llegamos los dos; y ella me declara su amor imperecedero a gritos.

Cuando se va a ir, no soy capaz de decirle nada. No soy capaz de sacar nada bonito de mi boca. Se queda en la puerta esperando algo, algo que se supone que debería decir yo. Tiene en los ojos ese aspecto culplable y dolorido de los rechazados. Mientras sale por la puerta, se me humedecen los ojos al pensar en su hermoso rostro. Fantaseo con bajar las escaleras gritando su nombre con un ramo de flores, abrirle mi corazón, jurarle amor eterno. Hacer de su vida algo especial, ser ese príncipe azul montado en un corcel blanco.
Esa fantasía... Pero no es más que eso.
Una asquerosa sensación de desamparo se apodera de mí cuando la veo alejándose por la calle. Decididamente sí, el ritual se vuelve sombrío y deprimente después del polvo.
Pero esa maldita fantasía: es fácil amar a alguien ausente, imaginárnoslo a nuestra medida; es fácil querer a quien no conocemos en realidad.
Y en eso soy un maestro.

viernes, 3 de julio de 2009

Sin sentir nada

Quería morir. Y pensé que lo haría, podía sentir que lo estaba haciendo. Desde luego, no era una muerte física; sentía que algo dentro de mí se había podrido. Como unos pensamientos cancerígenos que se extienden intoxicando al resto de sentimientos. Hacía tiempo que ya no sentía nada.
Ya parecía haber llegado el momento. En cierto modo, hacía ya algún tiempo que sentía que había llegado el momento, pero siempre procuraba ocultármelo a mí mismo.
Y ella me estaba haciendo sentir. Sentir de la misma manera que yo la hice sentir a ella. Me daba patadas con fuerza mientras me apunta con ese enorme rifle.
Me miró a los ojos, y yo le intenté sonreir. Gracias a Dios que lo había recuperado, que había recuperado todo lo que le quité: es preciosa.
Comprendía su dolor, comprendía su sufrimiento, que sencillamente tenía que salir a la superficie. Era la única manera de devolvérmelo todo.
-Tú me enseñaste que sí tenías ese derecho... Que tenías ese derecho simplemente tomándolo. La fuerza equivale al derecho. El derecho se ejerce. Y ahora me toca a mí ejercer el derecho, Bruce.
Me apuntó a la cabeza y yo cerré los ojos, entonces algo ocurrió. La habitación desapareció, el miedo desapareció. El dolor se fue. Todo lo que tenía y había tenido ya no imporaba porque sencillamente había llegado la hora. Ese era el final.
Pero lo descubrí, descubrí la libertad. Cuando lo había perdido todo, ya era libre de actuar como quisiese. Ya no tenía nada que perder, y gracias a ello, era libre. Descubrí la libertad antes de morir. Y fue el más bonito regalo que me han hecho nunca.
Pero ella no disparó.
-¡Joder, Bruce! ¡Quiero que me mires a los ojos mientras lo hago! Yo siempre te miraba mientras me pegabas, ¿recuerdas? Te suplicaba para que parases, Bruce. No sé qué te pasó para que te convirtieses en la miserable coartada de persona que eres, pero ese no es mi problema. Tú eres mi problema, o más bien lo eras. Ahora yo soy tu problema.
Cuando abrí los ojos, esa agradable sensación de desesperanza desapareció. La miré a los ojos, a esos acuosos y menguados ojos...

Como aquella vez. Tú contra la pared, y yo doblándote los dedos hacia atrás. Atiborrado de alcohol, y tú mirándome con esos acuosos y menguados ojos, en un estado sobrenatural que iba más allá del miedo y del dolor, mientras me suplicabas, me decías que si aún me quedaba una pizca de humanidad que parase. Mientras yo trataba de pensar por qué debería parar, tratando de sentir algo que me hiciera parar antes de aquel crujido.
Aquel grito.
Aquel crujido.
Y el cambio en tu grito, entonces más roto y desesperado que nunca.
Yo te estaba haciendo sentir, pero yo seguía sin sentir.
Sin sentir nada.

Quería pedir perdón. Pero no podía hacer nada.
Estaba ahí, de rodillas intentando respirar. Sentía que mis huesos se agitaban de la cabeza a los pies, haciendo que mi cuerpo se estremeciese con un ritmo discorde y mareante.
Quería pedir perdón.
Pero las palabras se me atrancaban en la boca mientras observaba cómo ella cargaba el arma.
Quería pedir perdón. Quería morir, y pedir perdón.
El cañón estaba entre mis cejas. Un disparo y teñiría la pared de rojo con mis sesos. Un disparo y todo habría acabado, antes de que pidiese perdón.
-Bruce, amor mío... Ve despidiéndote.
Intenté disculparme, intenté razonar, intenté llorar, intenté suplicar, pero la voz se me secaba en la garganta mientras ella tensaba el dedo sobre el gatillo.