sábado, 26 de septiembre de 2009

Venta de almas

18:29 PM. Grandes almacenes, sección de almas.

-Hola, señorita, ¿puede atenderme?
-Claro, ¿qué desea?
-Pues mira, estoy buscando un alma nueva, que por lo que parece la mía antigua se ha evacuado de mi cuerpo. Ha desaparecido completamente.
-Oiga, pues es raro, ¿cómo se dio cuenta de que ya no tenía alma?
-Pues hace unos días, que estaba tumbado en la cama. Y ya sabe, estamos en Septiembre y aún no hace frío, pero yo estaba helado. Me tapé con dos mantas y puse la calefacción a tope y aún seguía congelado. Además sentía como si algo se hubiese quebrado en mi interior, como si me faltase un pedazo o algo. Comprobé que tenía todos los dedos de las manos y de los pies, y entonces caí, y me dije "Oye, pues va a ser el alma".
-Es extraño, caballero. Normalmente las almas no se van así porque sí, algo muy malo habrá pasado. Normalmente se rompen y se quiebran, pero luego se pegan con el tiempo con el pegamento de la insensibilización. ¿Cuándo empezó usted a sentirse roto por dentro?
-Pues mira, fue el pasado domingo. Lo que pasa es que maté a hostias a mi mujer, ¿sabe? Le empecé a golpear con el puño en la cara hasta reducirla a una masa sanguinolenta, y creo que por eso se ha ido. Porque mi alma era de esas antiguas, ¿sabe?, no es de última generación, así que creo que no pudo soportarlo.
-Oh, vaya. Es lo que pasa, que los asesinatos pasionales van muy mal para las almas antiguas. ¿Me deja ver el hueco que ha dejado su alma, señor? Necesito examinarlo para ver qué almas irían bien con usted.
-Ah, claro, sí. Mire, está aquí, ¿lo ve? Junto al corazón.
-Vaya, vaya. Lamento comunicarle que está usted condenado, así que le tendré que dar almas que también que estén condenadas. Y es una pena, porque el pasado domingo nos llegó el alma de una señora, que era una bellísima persona, que murió a manos de su marido. Pero ya le digo, completamente incompatibles. También, eso que se ahorra, porque las almas que deben ir al cielo son mucho más caras que las condenadas.
-Joder... Oiga, ¿y de dónde sacan ustedes las almas? Curiosidad sólo, ya sabe.
-Ah, pues es sencillo. Verás, las cogemos de las personas que mueren antes de tiempo. Cuando una persona muere prematuramente, el alma aún no se ha preparado para evacuar el cuerpo, porque le pilla de imprevisto y tal, así que se quedan en el cuerpo. Nosotros las cogemos, y se las vendemos a otras personas, para que cuando mueran, las almas puedan alcanzar el cielo o el infierno.
-Bueno, ¿y qué almas cree usted que me vendrían bien?
-Pues mira, tenemos el alma de un joven que se murió hace poco. Uno de sus hobbies era tirarse a la vía del metro poco antes de que pasase para que la gente que había se tirase a salvarlo. Es un alma bastante depresiva, no creo que le dé mucho calor por las noches, pero supongo que si toma antidepresivos puede solucionarlo. Como parte buena, es un alma con la que no tendrá usted remordimientos, pues no sabe distinguir el bien del mal.
-Oh, ¿y cómo murió el chico?
-Pues... puso en práctica su hobby en una parada vacía, así que el tren le pasó por encima.
-¿No tiene otro alma mejor?
-Bueno, nos llegó una hace unas horas de un hombre de cuarenta y tres años. Era un hombre bastante egocéntrico y narcisista, así que gracias a ello, era feliz. Se creía perfecto; no le faltará autoestima ni calor nocturno con este alma. Además, tampoco tendrá usted remordimientos, pues es un alma fría, cruel y calculadora. Lo malo es que es bastante más cara que la del chaval.
-Hum, ¿y cómo murió el hombre?
-Pues se le cruzaron los cables, y salió a la calle armado con un fusil a disparar a todo el que se le cruzase por en medio. Montó una buena, mató a cincuenca y siete personas, de entre ellas, veintitrés policías. Al final un agente de policía logró reducirle de un disparo en la cabeza.
-Me gusta, me gusta. Se la compro.
-¿Para tomar aquí, o para llevar, señor?
-Para llevar, para llevar. Envuélvemela.
-Aquí tiene.
-Gracias... ¡Oiga, pero este alma tiene una mancha negra en el fondo! Y es bastante grande.
-Oh, no se preocupe. Dada su nula capacidad de culpabilidad, no le molestará en absoluto. Incluso puede quitarla, salta con facilidad si la ablanda usted rezando todas las noches, y luego frota con un poco de bondad.
-Hum, demasiado trabajo, ¿sabe? Pero bueno, si usted dice que no la notaré, me la llevo. Por curiosidad, ¿a qué se deben las manchas? ¿No tiene ninguna sin manchas?
-Oh, sin manchas hay muy pocas. Sin manchas sólo están las almas puras, las que aún no están ni condenadas ni salvadas; las almas de bebé. Sólo nos quedan tres almas de bebé que murieron por la muerte súbita, y ninguna de las tres es de su talla. Y, las manchas, pues se deben a toda una vida de maldad y pecados, por eso todas las almas de adulto tienen manchas. Tarde o temprano, todo el mundo comete pecados.
-Vaya... Pues muchas gracias, señora. Intentaré cuidar de este alma lo mejor que pueda. Adiós.
-Disfrute de su compra, señor. ¡Adiós!

lunes, 21 de septiembre de 2009

Hartos de todo (II)

La insípida pero sórdida naturaleza de la realidad me produce desasosiego, pero sólo sucede porque, según mi raciocinio, es el bajón post-cocaína quién hace que esas feas reflexiones que deberían ser fugaces perduren, atasquen las cañerías de mi sistema y le obliguen a uno lidiar con ellas. Voy con el pilóto automático encendido, pero me doy cuenta de que ahora me dirijo hacia la guarida de Carlos.
Su rostro consumido está pálido como la ceniza, pero se le iluminan los ojos al reconocerme. Cuando intento pasar, el astuto cabrón arquea el cuerpo sobre la puerta y me lo impide. Está de un espitoso que te cagas; esa masa negra dorada de cadenas, anillos y dientes raperos.
Noto el olor a amoníaco, y veo que tiene una pipa preparada. Me ofrece una calada. Una sola calada. Le pego una chupada larga y profunda mientras sus maníacos ojos me animan y su mechero quema las piedras. Al retener y aspirar lentamente, noto ese ardor sucio y ahumado en el pecho y una flojera en las piernas, pero me aferro al pecho de Carlos y disfruto del cuelgue frío y revoltoso. Observo cada anillo, cada grano negro, cada cadena y cada mancha del techo con una minuciosidad repulsiva, lo cual debería repugnarme, pero no lo hace, porque esa parte de mi psique se encuentra estremecido en el lado frío de la habitación.
Carlos no pierde el tiempo, ya prepara otra dosis en esa oxidada cuchara y extiende el lecho de cenizas sobre el papel con una delicadeza violenta que me deja asombrado. Primero mira la cuchara, después la parafernalia, y después pregunta algo.
¿Que si tengo la pasta? No, musito, no la tengo. Pero tú vas a darme otra calada de esa pipa. Pasará algún tiempo hasta que pueda permitirme siquiera un gramo de coca. Pero qué cojones, eso carece de relevancia cuando estás realmente enganchado.
Oh-oh, mala respuesta. ¡Vaya negocio! Ahora en lugar de sostenerme en el cuerpo de Carlos, lucho condecoradamente aunque sin esfuerzo por tratar de no cagar mis dientes mientras él me golpea frenéticamente, y yo busco mi navaja. Entonces una lluvia de su egagrópila sangre tiñe de rojo las proximidades, y el sentimiento de desprecio por mí mismo acaba jugando al parchís con el resto de mi psique en el lado frío de la habitación.

jueves, 3 de septiembre de 2009

Hartos de todo (I)

Mi enjuto rostro se contrae desde el otro lado del espejo y deja paso a una media sonrisa nerviosa, mientras me mira con esos enormes ojos glaciales. Exactamente, efectúo ocasionales visitas a los lavabos, aunque siempre para ingerir en lugar de excretar. Pero incluso mientras me meto por la tocha media economía colombiana, la cara hundida y mortífera del otro lado del espejo me evidencia la triste realidad: la coca me aburre. Nos abure a todos. Somos unos capullos apáticos hartos de todo, en un lugar que odiamos, destrozándonos con drogas de mierda para hacer frente a la sensación de que la verdadera vida transcurre en otra parte. Conscientes de que lo único que hacemos es alimentar la paranoia y el desencanto, pero pese a ello, siendo demasiado apáticos para dejarlo. Porque, por desgracia -o no-, no hay nada que tenga el sucifiente interés para dejarlo.
En cosa de diapositivas han pasado tres días y estamos en un piso para pegarle al crack mientras un capullo habla sobre todo lo que le costó conseguir el material y que más vale que lo paguemos o nos vayamos a tomar por culo. Los billetes arrugados aparecen a regañadientes mientras el tufo a amoníaco inunda el ambiente. Siempre que esa horrible pipa toca mis labios, haciéndome ampollas, me entra una sensación de derrota y de náusea hasta que la calada me envía al otro extremo de la habitación: frío, helado, contento, pagado de mí mismo, diciendo chorradas y tramando planes para dominar el planeta.